TIERRA YERMA

Cayetano era un viudo recién jubilado, que compró con los ahorros de toda su vida tierras y una casita en el campo, con la idea de sacarle provecho a gran escala.

Su pasatiempo era la jardinería y horticultura.

En el patio interior de su casa sembraba verduras, que en cada cosecha compartía con sus vecinos, encantados con los productos frescos y orgánicos.

En el patio frontal, las flores más hermosas se lucían como protagonistas absolutas de la cuadra.

Así que, feliz, pensó que su hobby podría, por ejemplo, ayudar a alimentar a la gente necesitada de comedores comunitarios, y hacer bellos arreglos florales para festejos. Se mudó pronto, con Felipe, su perrito mestizo y sus proyectos a cuestas.

Con ese espíritu, comenzó a trabajar los terrenos, trazando amorosamente dónde sembraría cada vegetal, teniendo en cuenta los puntos cardinales, la salida y puesta del sol, y la disposición de su sistema de riego.

Pero, para su congoja, nada crecía en esa tierra, que, a simple vista, parecía bien apta para su soñado vergel.

Las semillas se pudrían, o bien daban unos brotes raquíticos y deformes que se secaban.

Compró abono, fertilizantes y siguió consejos de blogs para mejorar el suelo.

Su frustración era cada vez mayor: nada nacía de su campo, al cual, inexplicablemente, Felipe se negaba obstinadamente acompañarlo.

Siempre que Cayetano se dedicaba a la huerta o al jardín en su antigua casa, el perro no se le despegaba. Él le contaba lo que hacía, y Felipe parecía asentir con un ladrido y un bailecito de aprobación. Pero en el campo, gemía lastimeramente si tenía que estar sobre la tierra de labranza en la que vanamente se empeñaba su amo.

Algo de allí le molestaba.

Cayetano ya no intentaba retenerlo a su lado mientras trabajaba. Era obvio que al animal algo le disgustaba de allí. A él mismo le transcurría, al largo de los días, una extraña sensación de desasosiego, no bien pisaba el terreno de labranza, reemplazando al cálido entusiasmo de los primeros días.

Cansado de no conseguir resultados, tomó una muestra de tierra en una bolsa, con la intención de hacerla analizar en la ciudad al día siguiente, y que le dijeran cuál era la falencia, para comenzar sobre seguro.

Dejando la bolsita en su mesa de luz, se fue a acostar, cansado de otra frustrante jornada infructuosa.

A mitad de la noche, los gruñidos de Felipe, que dormía junto a su cama, lo despertaron.

Casi creyendo que seguía soñando, vio al pie de su lecho una figura de pesadilla: un hombre de una fosforescencia verdosa, gigantesco, con un hacha clavada en la cabeza, manando sangre y pedazos de sesos, e inmunda baba de su boca amenazante.

La cara furiosa y torva le observaba con un odio asesino. Hasta las manos, que abría y cerraba con un ritmo de latido, expresaban una ira sin límites.

Felipe, siempre presto para defender a su amo, se abalanzó sobre la horrenda figura, pero la atravesó con un gemido lastimero: algo de ella, pese a su inmaterialidad, le había hecho daño.

Al ver a su perro atacado, Cayetano venció la parálisis de estupefacción, y levantándose para auxiliar a Felipe, le gritó a la aparición:

--¡Fuera de aquí, demonio maldito! ¡No te atrevas a volver a tocar a mi perrito!

El espantoso espectro desapareció, dejando el aire helado, y a Cayetano en absoluta oscuridad. Prendió la luz, y revisó a Felipe, constatando que no tuviera ninguna herida.

El perro estaba bien. Al parecer, el hecho de atravesar el lugar donde estaba el ente, le había provocado dolor.

Retiró la bolsa de tierra de su cuarto, a la cual Felipe le ladraba y gemía, por lo cual sacó la conclusión de que estaba relacionada con la aparición.

Luego de la noche mal dormida, se subió al coche y se dirigió al pueblo, a visitar un amigo en común, el comisario Contreras.

Contándole la curiosa historia, y sin miedo a ser considerado un viejo loco, por la mutua confianza con el hombre, vio cómo palidecía a medida que desarrollaba su relato.

--Es curioso, Cayetano. Siempre creí que era una especie de leyenda urbana…

Hace unos cincuenta años, por lo que me contó mi padre, en la casa que compraste vivía una pareja, bastante despareja.

El tipo era un bruto, tosco, mal educado, grosero, siempre de mal humor. Le llevaba muchos años a su esposa, una jovencita dulce, frágil y muy bella.

Se dice que el tipo maltrataba cruelmente a la muchacha, que las malas lenguas susurraban, había terminado casada con ese ogro, entregada por su propio padre para cancelar una deuda de juego.

Cada tanto, se acercaban con sigilo unos críos a espiar al “gigante malvado”, y tirarle piedras con una honda. Cuando le atinaban, mientras él estaba distraído en sus labores rurales, huían muertos de risa y miedo, escuchando los insultos y amenazas del hombretón.

Se dice que una vez, tan sigilosamente como siempre, vieron una escena escalofriante.

El tipo traía arrastrando del cabello a su pobre esposa, que lloraba desconsolada, bajo la lluvia de palabras soeces y golpes que recibía mientras era transportada brutalmente.

El gigante arrojó al suelo a la chica, y se agachó con la intención de seguir golpeándola cruelmente.

La muchacha, desesperada, tomó un hacha que se hallaba en el piso, y con un impulso de fuerza impensado, se lo clavó en la enorme cabezota.

El bruto la miró con incredulidad, y después de gruñirle una terrible amenaza, cayó, haciendo temblar la tierra.

Los niños, escondidos estratégicamente, estaban congelados de horror.

Así se quedaron, mientras la joven, sollozando, fue hasta un cobertizo, y con una pala que tomó de allí, cavó una tumba en la tierra de labranza.

Cuando llegó el momento de llevar al despiadado marido al foso, se largó a llorar, vencida: no podía arrastrar ella sola semejante peso.

Entonces, los chicos salieron de su escondite, sobresaltándola, y con un gesto de silencio que la tranquilizó, la ayudaron a enterrar al gigante.

Dicen que les dio una moneda de oro a cada uno, pidiéndole que guardaran el secreto, y no bien se marcharon, hizo las maletas, y se esfumó, sin que se conociera su paradero.

Nadie corroboró nunca la veracidad de la historia, y luego de muchos litigios de parientes lejanos, abogados y querellas que pasaban de una generación a otra, recientemente se pudo vender la propiedad, amigo, la que tú has comprado…

--¿Qué voy a hacer ahora? Tal como le prometí a mi difunta esposa, que le encantaba mi pericia con las plantas, quería pasar mis últimos años trabajando tranquilo la tierra…

No voy a soportar esas horribles apariciones de ese ser maléfico…

--Quédate tranquilo. Acompáñame a visitar a un amigo que sabrá ofrecerte una solución.

Así es cómo Cayetano llegó a mí, acompañado por el comisario, con la bolsita de tierra en las manos, por consejo de Contreras.

Me contaron lo acontecido. Toqué la bolsa de tierra, y sentí una malvada energía. Llamé a Tristán, mi querido colaborador, para que me ayudara, y con la presencia de los dos hombres, comenzamos a orar, tomados de las manos, frente a frente, con la bolsa en medio de nosotros.

El aire se puso helado, y tras un sonido similar a un trueno, con la sensación de electricidad en el aire, como si hubiera caído un rayo, se manifestó el gigante, horroroso, con el hacha hendiendo su testa.

Mostraba los dientes, como un perro rabioso, e igual que él, babeaba una sustancia repulsiva de color verdoso, con el mismo caudal con el que se le escurría sangre y sesos de su herida craneal.

Le impusimos nuestras manos, rogándole se serenara, y se elevara a la luz Divina.

No solo no nos escuchó, sino que nos empujó. Sentimos un dolor espantoso, como de electrocución. Entendimos los gemidos de Felipe cuando intentó atacar a la aparición.

Intentamos nuevamente, pese al dolor, rogarle al ente que desistiera de su odio, y eligiera la paz.

Recibimos como respuesta otro brutal ataque, bajo la mirada aterrorizada del comisario y Cayetano.

Con una furia que le desconocía, Tristán tomó la bolsa, y arrojándole un puñado de tierra al nefasto gigante, le gritó:

--¡Te mereces el fin que tuviste, engendro! ¡Vete a penar al infierno, que es el lugar que te corresponde, y deja ya de hacer daño!

El espectro se retorció horrendamente al recibir la lluvia de tierra, como si lo hubiera bañado un ácido corrosivo: empezó a derretirse, y girando como un tornado, fue absorbido, con otro sonido de trueno, por una nubecita negra que apareció junto a él.

Con un ruido similar al que produce el descorche de una botella, desapareció todo rastro del fenómeno.

Todos respiramos hondo, aliviados.

Cayetano, me agradeció, conmocionado, prometiéndome hacerme llegar las mejores verduras de su huerta no bien comenzara a producir, y los ramos de flores más hermosas, para los velatorios que no tuvieran ornamentos por falta de recursos de los deudos.

Les cuento otra pequeña historia: los niños que mortificaban al gigante con sus piedras, y que ayudaron a la joven, nunca rompieron su pacto de silencio.

Hoy son todos prósperos empresarios. Las monedas de oro que recibieron como recompensa por su solidaridad, eran valiosas joyas de colección, que el malvado gigante había ganado al padre de la pobre chica jugando a las cartas…

La bolsa de tierra está en las estanterías de mi colección, muy bien precintada, ya que dentro de ella se retuercen unos repulsivos gusanos que emiten pequeños rayos de electricidad.

Pueden venir y verla, si quieren, llegándose a La Morgue. Eso sí, no les recomiendo que la toquen…

Muy buen fin de semana.

Edgard, el coleccionista

@NMarmor

Imagen tomada de Pinterest



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