Somnifobia

Autor: Vampirlykos


Le temo al sueño y no puedo evitarlo. Tengo quince años durmiendo de día y desvelado de noche. Mi fobia empezó en la pubertad, con mis sueños húmedos. También fue la época en que lo sobrenatural me traumó: «¡Fui violado por un demonio!». Desde entonces, el miedo, la culpa, la vergüenza y el silencio me afligen. No quiero revivir el horror de ser ultrajado por ese monstruo lujurioso.


Esta vigilia obligada me consume a diario y envidio al resto de los mortales que se rinden al influjo de Morfeo. He sido creyente toda mi vida y me pregunto: «¿Qué hice para merecer este martirio? » En el paroxismo de la locura, resolví confrontar mi miedo a dormir. Después que la fe me falló, busqué ayuda psicológica. La psicóloga me dijo que mi fobia era tratable, que era causada por ideas irracionales y traumas irresueltos, que confiara en la eficacia de la terapia y también trató de convencerme en vano de que «los monstruos no existen…».


Heme aquí, solo y en la fría oscuridad de mi dormitorio. Estoy asustado y ansioso. Esperando en mi lecho a que el sueño me venza. Entonces, cuando la inconsciencia me invade al fin, un hedor sulfúreo impregna la atmósfera. «Es ella, viene a por mí». Cuando despierto del sopor, descubro horrorizado que mi erección incipiente no fue causada por un sueño húmedo sino por una mujer monstruosa, pero voluptuosa.


Tiene una larga cabellera pelirroja que le llega hasta las nalgas, un par de cuernos de merino, es lívida, tatuada con extraños jeroglíficos refulgentes y engalanada con brazaletes, zarcillos y tobilleras. También tiene grandes alas coriáceas, garras mortíferas, cola vermiforme y está sentada a horcajadas sobre mi pubis.

Un súbito escalofrío electriza mi espina, irradiándose a mi torso. Tengo la piel de gallina. Mi respiración se torna agitada y entrecortada, me ahogo, los violentos latidos de mi corazón desbocado torturan mis sienes, muñecas, cuello y tobillos. Estoy sobrecogido, con la frente y las palmas de las manos sudorosas. El pánico me apresa con sus garras glaciales mientras la súcubo empieza a cabalgarme sin que pueda evitarlo.


Ilustración por: Succubus


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