Recuerdos de una mujer muerta

Autor: María Pinto

Era abril cuando traspasé la oxidada verja de la hacienda. Al fondo del paseo de robles se erigía la residencia. Los árboles se veían grises, pues sus hojas estaban muertas. No había vida en aquel bosque, ninguna flor crecía a la vera del camino. Distinguí unos únicos puntos de color: la fila de candidatas esperando frente a la puerta del caserón.


Me puse al final. Ninguna respondió a mi saludo de buenos días.


La puerta de la mansión se abrió y apareció en lo alto de la escalinata una figura esbelta ataviada con un largo vestido oscuro. Lleva el rostro cubierto por un velo negro y aunque no pude verle la cara, supe que era una mujer hermosa.

Desde su posición elevada examinó a las aspirantes y posó sus ojos en los míos.

—Tú. Contratada —me dijo.

Las otras se giraron para mirarme. Torcieron el gesto, más deshicieron la fila sin quejas audibles. Yo subí la escalinata y cuando nos quedamos solas, ella se levantó el velo. Pensé que nos parecíamos mucho. Le temblaban las comisuras de los labios al invitarme a entrar y cerrar la puerta tras de sí para siempre. Era la Srta. Anabel.

Me informó de que yo sería el único personal de servicio, pues la mayoría de las habitaciones se encontraban clausuradas, y me asignó el dormitorio de la primera planta. Tenía una gran cama con dosel y un baño privado alicatado en dorado. Parecía el dormitorio principal y me pregunté dónde dormiría ella.



Recuerdo los primeros días como silenciosos, recorriendo pasillos interminables en penumbra, escuchando el crujir de la madera, oliendo el polvo que se acumulaba en las habitaciones cerradas y que traspasaba las paredes embargando la atmósfera. Pocas veces me cruzaba con ella; la oía venir por el tintinear de dos llaves que llevaba colgadas del cinturón.

A él lo conocí un atardecer. Había terminado de limpiar mi propia ducha, que tenía una mampara de cristal, el sudor cubría mi piel y decidí ducharme, aunque tuviera que limpiarla de nuevo. Me desnudé arrojando la ropa al suelo. Abrí al máximo el grifo del agua caliente y el vaho se extendió, empañando los cristales. Me lavé la cabeza con los ojos cerrados sintiendo relajar mis músculos agotados. Entonces sentí que el cristal a mi alrededor vibraba, como si se hubiera abierto y cerrado violentamente la mampara. Abrí los ojos de inmediato. Observé a mi alrededor con el ceño fruncido, pero no aprecié nada fuera de lo común. Pensé que lo había imaginado. Hasta que descubrí algo: en la mampara estaban marcadas las huellas de unas manos abiertas. Acaba de limpiarla. No era posible.

Una nueva huella apareció lentamente frente a mis ojos. Y un segundo después, otra más. El grifo se cerró despacio. Se hizo un profundo silencio. Me quedé petrificada.

Adelanté una mano temblorosa y traté de empujar con el dedo la puerta de la mampara para salir, pero se cerró con una violencia que hizo temblar toda la estructura.

Abrí la boca para gritar, aunque solo articulé un patético gemido. No estaba sola. Las palpitaciones de mi corazón retumbaban en los oídos. Traté de calmarme para escuchar. Solo había silencio. Sentí una leve respiración detrás de mí. El vaho acariciaba mi nuca. Un gélido y huesudo dedo puntiagudo me rozó la espalda. No me giré. Permanecí inmóvil.

De pronto, se abalanzó sobre mis hombros mordiéndome como un lobo hambriento por todo el cuerpo, me arrancaba la piel girones, caí al suelo gritando. ¡Grité con todas mis fuerzas!, grité hasta desfallecer, hasta perder el conocimiento por el dolor insoportable.

Durante el desmayo seguí escuchando el eco de mis propios aullidos desesperados.


Cuando desperté, era de día. Estaba acurrucada en el suelo de la ducha y el vaho se había disipado. Me abalancé fuera de la mampara. Corrí hacia el espejo para revisar mis heridas, pero no tenía nada. Observé mis manos, mis brazos, la piernas y la espalda. Nada. Sin embargo, me sentía exhausta, consumida, marchita. ¿Qué se había llevado de mí, que no podía ver en un espejo? Bajé en busca de la Srta. Anabel y la encontré tomando un té:

—Por tus gritos entiendo que ya has conocido a papá —dijo sin apartar la mirada de la taza—. Tienes suerte; eso a mí me lo hacía de cuerpo presente. No sabes cuantas veces he tenido que limpiar el suelo de sangre y desechar los trozos de mi propia carne. —Se apartó la blusa y vi el escote deformado por las marcas de dentelladas.— Es el demonio. Lo quemé vivo. Pero no hay forma de escapar de él... Lo siento... Mejor tú que yo, entiéndelo. —Salí corriendo hacia la puerta principal. -- No vas a salir nunca de aquí, querida. No permite que nadie abandone esta casa: ni vivo, ni muerto. Pero no te preocupes, cuando él acabe contigo, yo cuidaré de ti para siempre.


Acompáñame.


Me condujo por interminables pasillos hasta un ala de la mansión donde nunca había estado. Nos detuvimos frente a una puerta blindada de metal que tenía dos cerraduras. Una para cada una de las dos llaves que portaba en su cinturón.

Al otro lado había una enorme habitación con dos hileras de camas enfrentadas, como en un hospital militar. Avanzamos de la mano por el pasillo central y vi horrorizada, a un lado y a otro, camas ocupadas por mujeres que parecían acartonadas, se movían con dificultad, con las bocas abiertas y los ojos vacíos.

—Ya no ven, ni hablan. La mayoría se ha tragado la lengua. A algunas les faltan miembros; a veces se le va la mano —dijo Anabel. Se paró al final del pasillo, al lado del tragaluz y me acarició el pelo:— Esta será tu cama.




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