PARTIDO SANGRIENTO

El comisario Contreras me vino a avisar que tendría, a la brevedad, muchísimo trabajo.

Lo sabía. Había visto las funestas noticias.

Nuestro pueblito, como casi todos los del mundo, tenía una tonta rivalidad con el pueblo vecino. Siempre se estaba compitiendo por cosas frívolas: quién tenía la muchacha más bella, el hombre más fuerte, (también la muchacha más fuerte y el hombre más bello), los mejores paisajes, las comidas más ricas, la resistencia alcohólica más sólida…en fin. La historia era interminable. Así que los intendentes de nuestro pueblo, y el rival, tomaron la decisión de promover eventos culturales, artísticos y deportivos, donde se divulgara la participación y la sana competencia.

Fue una idea muy buena, en principio. Todos los comerciantes, incluido este servidor, aportamos donaciones para los premios y estadías durante las jornadas.

Don Vicente, el profesor de gimnasia mítico, que había inculcado amor al deporte a varias generaciones de vecinos, con su fortaleza intacta, pese a sus años, se encargó de convocar una selección de jóvenes para que nos representara en los torneos futbolísticos que se llevarían a cabo en el marco de las acciones comunales.

Vicente se entregó en alma y vida a enseñarle a los muchachos elegidos, no solo técnicas de juego, sino también el concepto de nobleza, caballerosidad y empatía, sin el cual, decía, el deporte no tenía sentido. Los chicos absorbían como esponjas sus conceptos, entrenando con alegría y orgullo.

Hasta donde yo sé, el joven director técnico rival hizo lo mismo con sus alumnos, generando un clima sano y positivo.

Quiso la desgracia que unos degenerados vejaran y mataran a dos chicas. Tanto las víctimas como los asesinos integraban como habitantes las dos comunas: ambas tenían el dolor de las pérdidas, y la mancha de los perversos.

El mal humor de la gente, las habladurías y pullas fueron in crescendo, al margen de que se apresaron a los malvados de ambos lares, para ser juzgados con todo el rigor de la ley.

El día del partido inicial entre nuestro equipo, y el rival, había un ambiente nefasto.

Se respiraba en el aire un aura de odio abyecto.

Mi amada Aurora estaba pálida, descompuesta.

Tristán, mi ayudante, se mostraba nervioso y atemorizado.

Yo mismo, que en principio iba a asistir al juego, sentía una rara opresión en el pecho, y decidí cerrar muy bien las puertas de mi casa y la funeraria, y quedarme con los míos.

Los muchachos comenzaron a jugar en una cancha del pueblo acondicionada especialmente para la ocasión.

El césped relucía. Los arcos estaban recién pintados, con redes flamantes. Las gradas, donadas por madereras, se veían hermosas y cómodas.

Pero el malestar que había en el aire afeaba el encuentro.

Los chicos iniciaron el primer tiempo con los valores aprendidos durante el entrenamiento: deporte limpio, y diversión sana.

El público de ambos bandos comenzó a insultarlos, e incentivarlos con las más groseras frases, y un odio que los torturó durante los primeros minutos.

La transformación de los atletas, si bien fue sutil en principio, se hizo claramente notoria ante los asistentes, que ya no celebraban avances deportivos, sino, faltas y actos violentos en el juego.

El réferi, alarmado por la agresividad sin sentido de los chicos, los amonestó, sacando tarjeta roja para los capitanes, que fueron expulsados.

Esta acción, más que justa, desató la masacre.

De ambas tribunas llovieron piedras sobre el pobre hombre, que cayó, ensangrentado, al recibir muchas en la cabeza.

Fue el comienzo de una lucha enloquecida, dentro y fuera de la cancha.

Aparecieron, vaya a saber cómo, toda clase de objetos punzantes, con los que la concurrencia se atacaba, en una vorágine de violencia sin límite.

El césped se tiñó de un rojo intenso.

La lucha alcanzó un pico de ferocidad espantosa.

Vicente, y Aníbal, el joven entrenador del otro pueblo, consiguieron huir a duras penas para buscar apoyo de la policía, ya que el único agente que estaba presente en el evento, yacía muerto, con los sesos esparcidos en el suelo.

Intentaron, vanamente, calmar los ánimos de sus alumnos, y parar el partido, pero, según sus posteriores declaraciones, todos parecían poseídos por una fuerza maligna.

Las miradas de la gente, tenían un extraño brillo rojizo, como si en el fondo de sus miradas ardieran llamas, que quemándoles alma y consciencia, los privara del más elemental raciocinio.

Cuando por fin llegaron las fuerzas policiales, la gente estaba calmada, con cara de salir de una larga pesadilla, sin entender qué había sucedido, pese a las armas y la sangre que los embadurnaba de pies a cabeza.

Incontables cadáveres yacían en todo el predio, en las poses más abominables, con gestos de horror y odio funestos.

Pese a las investigaciones posteriores, y las declaraciones de los implicados, tanto los muchachos que jugaron, como el público, afirman haber sentido, en un momento en que recordaron los crímenes de las chicas violadas, la sensación de un ´´ardor helado´´ en el pecho y la cabeza, y juraron no recordar nada más, hasta que llegó la policía y los encontró, mirando incrédulos a los muertos mutilados y eviscerados, entre los cuales había amigos y vecinos, casi irreconocibles por su estado.

Contreras, también confundido y asustado, me trajo la pelota manchada de sangre que hoy forma parte de mi colección.

Es un amargo recordatorio de que las rivalidades estúpidas y los malos sentimientos, son una puerta de entrada al mal.

¿Será que, si todos los pueblos subyugados se unieran en un solo abrazo solidario y empático, expulsaríamos a los malvados invasores que aprovechan nuestras debilidades para empobrecernos y tenernos a sus pies?

Les dejo este interrogante, mis amigos, con la sensación de que vivimos jugando un partido sangriento, que no tiene fin, para alimentar a las opresivas fuerzas del mal.

Los invito a visitar La Morgue, y mirar mi colección.

La pelota ensangrentada estará en primer plano, para que cada uno, saque sus propias conclusiones a respecto….

Edgard, el coleccionista

@NMarmor





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