• Edgar, el coleccionista

Las malas lenguas

Hola, mis queridos amigos.


Deseo contarles una historia transcurrida con el deceso de Doña Prudencia, nombre que no cuadraba en nada con la conducta de la matriarca en su retorcido camino por la vida.


Prudencia, adinerada, cabeza de una gran familia, tenía dos grandes defectos: le gustaba manipular, controlar la existencia de todos los que orbitaban en su entorno, y cuando no conseguía con su riqueza lo que quería, usaba los chismes como un arma letal.


Con sus maledicencias se habían roto matrimonios, peleado amistades inmemoriales, dividido bandos entre familias unidas.


A maridos que salían a tomar una copita después de trabajar, les inventaba amantes, con nombre y apellido. Esas mujeres, eran, a su vez, acusadas de adulterio.


Adolescentes, tranquilas y felices, se veían en bocas de todos con embarazos ficticios que, al no prosperar, lógicamente, con el tiempo pasaban a ser "fabricantes de angelitos", en manos de alguna abortera clandestina. De paso, se ensuciaba la reputación de los supuestos padres, manchados con un prontuario de pedófilos, y de la pobre curandera del pueblo, como asesina de bebés virtuales, cuando la mujer sólo vendía yuyos para curar el empacho y estampas de santos en oferta.


Pero no me sorprendió en absoluto que para su velatorio la concurrencia fuera masiva.

La mujer había hecho correr el rumor de que una de las cláusulas de su testamento era que quienes fueran beneficiados como herederos, sólo percibirían el dinero si asistían a sus exequias.


Así que tuve que habilitar la sala auxiliar para cobijar a tanta gente y poner un libro adicional de firmas, ya que el primero se llenó de rúbricas en poco tiempo.

Sólo yo podía ver un fenómeno producido en el ambiente.


A la altura del techo flotaba una horrible nube negra que emitía rayos rojos, verdes y amarillos.


Estaba formada por el dolor y el disgusto creados por el malintencionado chismerío de la difunta sobre el ánimo de las personas asistentes. Habían causado tanto daño, que se corporizaron, sólo visibles para mí.


De todas formas, era evidente que en la funeraria, en vez de los normales llantos de pérdida, había duelos visuales de personas llenas de rencor, resentimiento, que se sentían obligadas a verse por interés y compromiso.


La densa nube de malas vibraciones me agobiaba.


Todos salieron del velorio con dolor de cabeza, y un malestar inexplicable.

Yo sabía lo que tenía que hacer.


Antes de cerrar el féretro de Prudencia, sin demasiados remilgos, le extirpé la lengua.


La corté, dejándola bífida, como la de una serpiente, y la coloqué en un frasco gigantesco. Yo sabía por qué.


Allí, flotando en conservante, se retorció como un bicho inmundo.


Recé una oración muy específica. Una que no encontrarán jamás en una biblia.


"Por cada rumor dañino esparcido, que se deshaga en su daño, crecerás, y crecerás, año tras año".


Fue notorio cómo después del infausto velatorio, se fueron arreglando matrimonios, uniendo familias, reuniendo amigos, limpiando reputaciones.


La lengua bífida, que tanto veneno había esparcido, se alargó a un tamaño increíble.

Ya casi no entra en el frasco.


Parecía una retorcida serpiente de carne.


Como nota de color, más allá de comentarles mi particular pieza de colección, les cuento que cuando se leyó el testamento de Prudencia, todos se llevaron una desagradable sorpresa, al saber que la artera mujer había legado todos sus bienes a un refugio de animales.


Los supuestos herederos, si bien se llevaron una gran decepción, ya no emitían esa feísima nube de odios y rencores nacidos de la lengua venenosa.


Cuidemos siempre nuestras palabras. Son poderosas herramienta


s. Pueden construir o destruir con mucha facilidad.


Seguramente, mis amigos, ustedes no terminarán con una lengua bífida creciendo en un frasco, para subsanar chismes putrefactos.


Por algo los espero, aquí, desde la morgue, para hablarles de mi extensa colección.

No dejen de venir.



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