LA VENGANZA DE LA MADRE MUERTA

Mi querido asistente Tristán hizo pasar a mi oficina a la señora Evelia, una muy

apreciada enfermera retirada del pueblo.

Ya nos conocíamos. El solo hecho de estar uno frente al otro, nos hacía saber que ambos teníamos “el don”.

--Gracias por recibirme, Edgard. La verdad, sé que lo que tengo que pedirle no le va a agradar. Pero se trata de un asunto de justicia cósmica, por así decirlo…

--Si se explica mejor, Evelia, se lo voy a agradecer…

--Voy al grano. Como usted ya debe saber, en las afueras del pueblo, justo en el límite con territorios vecinos, opera un prostíbulo manejado por un mafioso de la peor calaña, con contactos políticos que lo hacen intocable.

Fierro, ese es su alias, siempre ha contado con una mujer encargada de practicarle abortos a sus chicas, cuando era necesario.

Un día que este ser aborrecible se despertó de mal humor, ultimó a la pobre, partiéndole el cráneo contra la pared, cuando le rogó un pago que le debía, y que necesitaba con urgencia para comprar medicación para su madre enferma, que pereció al saber del horrible fin de su hija.

El punto es que una de sus más populares pupilas, escondió su embarazo fajando su barriga con atractivos corsés, pero el desgraciado la descubrió, y maldiciendo la carencia de quién le resolviera “el problemita”, no tuvo mejor idea que traer a Azucena a mi casa, ya que conocía mi pericia en procedimientos obstétricos, pese a mis años de retirada de la profesión.

Al negarme de plano, Fierro sacó un arma y me la apuntó a la cabeza.

“—No te pregunté tu opinión, vieja bruja. O lo haces o mueres.

--Está muy avanzada. Si hago la aberración que me pide, la muchacha corre el riesgo de

morir.

--Tomaremos esa opción. Confío en su experiencia.

--Pero no tengo aquí nada de instrumental, ni anestesia, ni quirófano…

--Traje todo lo que la imbécil anterior utilizaba. Ya lo bajo del coche. Prepare a mi chica.

Azucena lloraba sin parar. Jamás he sentido un dolor tan terrible. Si hubiera sabido que, al matarme el mafioso, salvaba a la muchacha y a su bebé, no hubiera dudado en negarme. Pero mi muerte no lo detendría: solo buscaría a otra abortera, que quizá no tuviera la habilidad que yo poseía.

Fierro entró a mi casa con una camilla plegada, y una gran maleta con todo el material necesario para despojar a la pobre chica de su hijo.

--Lo siento, pequeña. Dios sabe que no deseo hacer esto…

--¡Cállate, bruja, y procede rápido! ¡Si la puta sigue llorando, ya mismo la mato para callarla! ¡Duérmela ahora mismo!”

Cuando Azucena se desnudó, constaté horrorizada lo que suponía: tenía más de cinco meses de embarazo, lo que representaba un riesgo enorme para su vida.

Tragué saliva, e hice todo que debía, con una pena en el alma tan grande, Edgard, que las lágrimas me humedecieron el barbijo mientras efectuaba lo que consideraba una blasfema carnicería sin sentido.

Logré arrancar de las entrañas de la joven el bebé, con el horror de verlo perfectamente formado: unos días más, y hubiera sido viable para nacer y sobrevivir.

En fin…

Azucena estaba anestesiada. Al menos no sufrió la pena de ver a su pobre hijito.

Le dije a Fierro que esperara un par de horas, para que despertara, pero se negó tozudamente.

La alzó en brazos y la subió desmayada a su vehículo.

Desesperada, le di las instrucciones para su cuidado, y le rogué que le administrara los fármacos que le mencioné.

Más tarde, me enteré que habían tirado en las puertas del hospital el cuerpo agonizante e inconsciente de Azucena, que pereció de una brutal hemorragia sin que los profesionales, pese al enorme esfuerzo que pusieron para salvarla, pudieran impedirlo.

Desde ese día, Edgard, el espectro de Azucena, que mañana le traerán de la morgue judicial para velar, me atormenta todas las noches, pidiendo venganza.

He perdido la cuenta del tiempo que llevo sin dormir…

--Puedo ayudarla, Evelia. Usted debe saber que he “empujado”, por así decirlo, muchas almas hacia el descanso eterno. Puedo hacerlo una vez más, con gran amor y respeto…

--No, Edgard. Esta vez no es posible de esa manera. Azucena está enferma por el brutal robo de su hijo. No va a descansar en paz hasta que se cobre su deuda con Fierro. Si yo pudiera cumplir sola el deseo de la difunta, le juro que no estaría aquí importunándolo.

Necesito que al concluir el velatorio, juntemos las energías de Tristán, de su novia, Aurora, la suya y la mía, para que Fierro logre ver a Azucena. Ese es su deseo…

--¿Cómo sabe que el infame vendrá a la ceremonia?

--Sus chicas quieren estar. La querían mucho. Para evitarse una rebelión, vendrá, con un par de matones, para supervisar la conducta de sus pupilas, ya que teme que alguna de ellas aproveche para huir.

Yo me encargaré de retenerle, para completar el pedido de Azucena. Se lo debo, Edgard. Aunque fue obligada, y bajo amenaza, lo que hice fue terrible.

--Está bien, Evelia. Confiaré en su criterio. Sé que es usted una excelente persona.

--Gracias, Edgard. Mañana nos vemos.

El velatorio fue muy triste. Las compañeras de Evelia estaban realmente desgarradas por la pérdida de su amiga.

Los pocos asistentes externos al prostíbulo, se retiraron temprano, una vez presentados sus respetos a la difunta.

Cuando eso ocurrió, automáticamente Evelia, Tristán y Aurora me tomaron la mano, mirando fijamente a Fierro, que nos observaba asombrado, al igual que sus esbirros.

Las pupilas se quedaron expectantes, como intuyendo el cambio de energía que se operaba en el ambiente.

Entonces, con la suma de nuestras energías, el espectro horriblemente pálido de Azucena se materializó ante los ojos de la concurrencia. Sus ojos, dos ascuas ardientes, fijaron su mirada cargada de odio en Fierro.

La difunta estaba desnuda, con los cargados pechos manando sangre, que la empapaba prácticamente en toda su figura enfermizamente blanca, y su otrora sedosa melena oscura se asemejaba a un erizado halo de rayos terminados en punta, parados de punta.

Bajo la parálisis de los demás asistentes, Fierro se orinó encima del espanto.

--El bebé que maté era tu hijo, desgraciado…-- le dijo Evelia al infame.

Ante la mirada atónita de todos, el matón se arrodilló suplicando piedad, como un niñito berreante.

Entonces pasó algo imprevisto: múltiples espectros de otras mujeres aparecieron señalando a fierro con sus dedos putrefactos, llenos de gusanos. Entre ellas, estaba la mujer encargada de los abortos, y su madre, además de muchas prostitutas que perecieron por la maldad del asesino.

La visión de ese cuadro del infierno, hizo que Fierro comenzara a aullar de terror como un animal salvaje. Lo hizo durante un eterno minuto, hasta que su corazón estalló, incapaz de soportar tanto miedo, culpa y horror.

Entonces, todas las mortificadas mujeres sonrieron, y sus imágenes de pesadilla, con sus cráneos reventados, y abdómenes abiertos, se transmutaron tal cómo eran en vida, en sus buenos momentos.

En las manos de Azucena, un fantasmal bebito se posó como un beatífico ángel, y ella lo abrazó amorosamente.

Con un saludo, la horda d