LA DEUDA DEL VERDUGO

Raulo temblaba por las noches, transcurrido por pesadillas donde cadáveres sin cabeza lo perseguían hasta un patíbulo, y allí, otros, con el cuello quebrado por el tirón de la soga en ahorcamiento, lo acosaban.

Corría en esos sueños, sin rumbo, con un hacha ensangrentada entre las manos, queriendo gritar que era su trabajo, que no podía hacer otra cosa, pero la voz no le salía.

Entonces, unas garras heladas lo tomaban por el hombro, y, de puro horror, se despertaba.

Esos terrores oníricos lo habían mortificado desde niño, y su madre, sin comprender el origen de su padecer, se limitaba a consolarlo, y decirle que nada de los sueños podía hacerle daño.

Se acostumbró a vivir con esa mortificación, noche a noche, y, de ser su madre quién lo apaciguaba, pasó su esposa a tomar el amargo lugar de espantar la terrible resaca de las pesadillas, siempre con los mismos protagonistas y escenarios.

Pero una madrugada en que su mujer estaba visitando a su mamá, en otra ciudad, al despertar transpirado de angustia, para su absoluto terror, los espectros lo observaban silenciosos al pie de su cama, con miradas de puro odio. Algunos sostenían sus cabezas cercenadas en alto, como exhibiéndosela, para demostrar su ira y resentimiento.

Detrás de estos horrores, otros seres, arracimados, penaban un dolor que helaba el aire, llorando lágrimas oscuras y silenciosas.

Raulo es un buen hombre. Trabaja como vendedor de productos químicos, que me provee para preparar los cuerpos de los difuntos en su despedida.

Si me contó su padecer, fue porque el peso de su desasosiego lo derrumbó, al estar su esposa lejos, y sumar un nuevo miedo al que cargó por años.

Los fantasmas, dijo, se fueron al decir en una letanía, sin saber por qué: “¡Perdón, perdón, perdón…!”.

Estoy convencido, Edgard, de que regresarán. ¿Me estoy volviendo loco?

No lo creo. Espero poder ayudarlo. Quédese esta noche a dormir aquí. Con Tristán, mi querido ayudante, estaremos atentos.

Raulo se acostó en la habitación de huéspedes, y junto a Tristán nos quedamos tomando café, y mate, una novedad que nos hizo llegar mi novia, Aurora.

A las 3:45 de la madrugada, un grito nos llegó del cuarto, y allí fuimos con premura.

Tal como lo había descripto nuestro invitado, horripilantes espectros mutilados lo miraban con ojos casi llameantes del odio, y tras ellos, una horda de fantasmones lloraba, desdibujados en un color gris enfermizo.

Con nubecillas de vapor al respirar, ya que la temperatura había descendido insanamente, nos interpusimos entre Raulo y las apariciones, extendiendo nuestras manos hasta rozar la ectoplasmática cuasi materia de los entes.

Una historia nos abofeteó con violencia: vimos un pueblo medieval, donde el abuelo y el padre de Raulo eran los verdugos.

Con su profesión de matarife, el abuelo fue escogido por las autoridades para desarrollar la infame tarea, que lo transformó en un paria.

No se le permitía tocar a nadie directamente, considerando su contacto de mala suerte. No era bienvenido en ningún lugar ni festejo. Nadie lo quería.

El mismo trato recibía su esposa, y su pequeño hijo.

El niño, al crecer, ocupó el oficio de su padre cuando este falleció. Estaba acostumbrado al repudio social, y la paga era muy buena.

Durante su gestión, innumerables asesinos y violadores perecieron bajo su hacha, o colgados en la horca, dependiendo la sentencia de los jueces.

También le tocaba eliminar a homosexuales y mujeres que se realizaban abortos, o eran acusadas de brujas.

Como los juicios eran sumarios, ante la horda de delincuencia asociada a las pestes y pobreza, muchos inocentes eran ajusticiados a muerte.

Los parientes de los acusados le daban propinas generosas al verdugo para que la agonía de los infelices fuera lo más corta posible.

Este hombre, pese a que se sentía inmune a la discriminación que sufría, a veces le pesaba la soledad.

Una prostituta a la que deformaron el rostro en una reyerta con un cuchillo, aceptó vivir con él. Por la amonestación de las autoridades, los hicieron casar por el mismo cura que lo acompañaba en las ejecuciones.

De esa unión nació Raulo. En esa encarnación se llamaba José, y a diferencia de su padre, sufría mucho el ostracismo social.

Tampoco tomó el oficio de verdugo con complacencia cuando su padre, ya viejo, le ordenó que lo hiciera: intentó huir, ganándose una serie de latigazos del alguacil de la aldea, por pedido de su propio progenitor. Su madre había fallecido al poco tiempo de parirlo, víctima de las enfermedades que asolaban el pueblo.

Fue así que tuvo que realizar la infame tarea de verdugo a disconformidad, teniendo una vida amarga y estéril, plagada de culpa y remordimiento.

El Karma se manifestó en esta encarnación de Raulo: veía a las víctimas de su trabajo, y tras ellas, los parientes acongojados que le habían dado sus últimas monedas para obviar sufrimientos a sus seres queridos.

Los espectros que se manifestaban con odio, eran de personas inocentes mal juzgadas. Por eso, desaparecían ante el pedido de perdón, que salía desde un inconsciente ancestral del pobre Raulo.

Se lo explicamos, y le pedimos que se sumara, y ante nuestra imposición de manos, pidiera perdón de todo corazón, desde el fondo de su acongojada alma, por el papel que le tocó desempeñar en otro plano del tiempo, y que dejaba aun impronta en esta encarnación, al no haber resuelto el conflicto en su momento.

Raulo, conmovido al saber por fin la naturaleza del agobio que sufría desde la infancia, y sintiendo las emociones que lo transcurrieron cientos de años atrás, oró desgarradoramente suplicando clemencia y disculpas a las almas torturadas, que, ante la sincera energía de la plegaria, se fueron esfumando en una bruma luminosa.

Los últimos en eclipsarse mansamente fueron los espectros de los dolientes parientes, que dejaron de llorar, y al evaporarse se sintió el tintinear de monedas al caer.

Raulo por fin fue libre de malos sueños: había hecho las paces con un pasado que ignoraba haber tenido.

Cuando se retiró, aliviado y satisfecho, juntamos las monedas antiguas, acuñadas siglos atrás, pagadas para mitigar dolores agónicos.

Están dentro de un saco de tela blanca, en los estantes de mi colección.

Cada tanto, tintinean, como recordando que no es bueno dejar asuntos pendientes, deudas sin pagar, o disculpas sin pedir.

Si tenía dudas sobre la reencarnación, obviamente, ya se han disipado, tal como los espectros de Raulo.

Hay un motivo para nacer. Una lección que aprender para evolucionar espiritualmente.

¿No creen mi teoría? Acérquense a La Morgue, y si quieren, tomando un café o mate, lo debatimos.

Muy buen fin de semana.

Edgard, el coleccionista

@NMarmor

Imagen tomada de las redes



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