• Edgar, el coleccionista

La delincuencia ataca

Hola, mis queridos amigos.


Quiero contarles algo que no le es ajeno a nadie en la realidad que vivimos: un intento de robo.


Sólo que esta vez los ladrones no buscaban dinero o bienes materiales. Ni siquiera eran seres humanos comunes.


No sé de qué manera, algún adorador de la oscuridad se enteró de mi colección. Ésta, es una fuente de poder y energía de transmutación. En mis manos operan para el bien, pero en las indebidas la consecuencia de su uso podría ser catastrófica.


Me desperté en medio de la noche alertado por Cerbero, mi fiel perro guardián.

Bien entrenado, no ladró. Se acercó a mi lecho y con el hocico sobre mi cara me dio a entender lo que debía saber: un intruso había ingresado a mi hogar.


Enseguida capté que la presencia no era espantable con un arma. La tomé, de todos modos.

Los sonidos furtivos me guiaron hacia el salón donde guardo mis preciados objetos, ofrendas de vida y muerte.


Un hombre repulsivo, de oscura energía, acompañado de un compinche, intentaban llenar maletas con mis tesoros.


Ni se te ocurra acercarte, Edgard. Y baja ese revólver. Sabes que no servirá de nada con nosotros.

Pero si disparo, alertará a la gente, y vendrán por ayuda.

Te lo advierto: desatarás una masacre.


Elevó, junto con su adlátere, las manos, y se formó un aura de fuego, que seguramente podrían dirigir a voluntad. Yo no deseaba que nadie saliera herido, pero no podía permitir que mis preciados objetos fueran usados con fines malignos.


Negociemosdije, para ganar tiempo.

Nada puedes darnos, que no podamos tomar por la fuerza. Resígnate. Ya te llegarán más elementos para formar una nueva colección de aberraciones dijo riéndose.

¡Nunca permitiré que se lleven mis cosas para hacer el mal, sirvientes inmundos!


La ira se apoderó de mi persona, normalmente entregada a la mansedumbre. Invoqué, inconscientemente, a todas las fuerzas que alguna vez me acompañaron en mis visiones.

Para sorpresa de mis visitantes, y mía también (no voy a negarlo), los espíritus guardianes de las almas ascendidas, y aquellas que aún vagaban en el limbo por sus pecados, se apersonaron en el recinto rugiendo en forma feroz.

Créanme, amigos. No era un espectáculo agradable de ver.

Horrendas materializaciones de cuerpos putrefactos, se formaron frente a mí como un ejército de pesadilla.


Los ladrones, asustados, pero seguros de sus poderes malsanos, impusieron sus manos, enviando un halo de siniestra energía candente, que me hubiera carbonizado, de no haber tenido adelante a mis protectores, que, si bien tambalearon ante el impacto del ataque, no se vieron afectados. Entonces, las caras de los intrusos, se transfiguraron en máscaras del más puro terror.


Hasta Cerbero, mi mastín, de porte temible para quienes no conocieran su bondad y ternura, empezó a gemir con el rabo entre las piernas.


La horda protectora abrió cada una de sus terroríficas bocas espectrales, y emitió un sonido infrahumano, con un viento helado dirigido a los ladrones.


Éstos, hicieron un desesperado intento de huir, pero fueron alcanzados por el vendaval justiciero. Quedaron petrificados, con sus gestos de espanto infinito, transformados en negras estatuas de piedra brillante, como de oscuro cristal.


Mis defensores se tomaron las manos, miraron mis ojos abiertos más allá del asombro, y con un gesto amable, impensable de seres que matarían de un susto a aguerridos luchadores, se esfumaron con la misma rapidez con que se convocaron para socorrerme.


Me acerqué a ver las estatuas de los delincuentes. Estaban cargados de símbolos del mal: cruces invertidas, amuletos nefastos, elementos de vudú y magia negra, neutralizados por la vítrea cárcel que los amarraría a la eternidad.


Aunque me costó muchísimo moverlos, los acomodé en el salón estratégicamente. Realmente, son impactantes. Verdaderas piezas de colección, simbolizando la caída de la malignidad.


Quemé en el jardín las maletas, también adornadas por signos nefastos. Ardieron con un malsano fuego verde, emitiendo un olor pútrido.


¿Qué maldades horrendas hubieran llevado a cabo esos esbirros de la oscuridad, de haberse llevado mi querida colección? Me estremezco de sólo pensarlo.


También me asustó el potencial de ira que cargo. No sabía que tenía el poder de traer entidades desde otra dimensión.


Sopesé la posibilidad de hacer terapia.


Tranquilicé a Cerbero. Esa noche durmió en mi cama.

También, posteriormente, contraté un servicio de alarmas, pensando en robos comunes y corrientes, de esos que padecemos tan a diario.


Todos tenemos un potencial enorme para canalizar nuestras energías, dirigiéndolas hacia el bien o la maldad. Está en nosotros administrar sabiamente esa fuerza enorme.

Piénsenlo seriamente, amigos. Y cuídense mucho.


Yo, aquí, desde la morgue, los espero para narrarles mis historias.


No dejen de visitarme.

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