• Leanan Sidhe

La ciudad oculta

Salí de vacaciones con mi padre como cada año en vísperas de Navidad, nos tomó unas horas llegar a aquel lugar del que tanto nos habían hablado nuestros conocidos.

Se trataba de una ciudad en medio de un pueblo con muchos atractivos turísticos, y como estudiante de arquitectura su descripción me llamó al instante, por eso insistí tanto en hacer éste viaje.

Al llegar a la ciudad la vista nos pareció muy agradable, poca gente, la mayoría turistas, casas muy coloridas, pequeños parques con fuentes cada cierto número de calles y demasiadas cosas por explorar. Buscamos un estacionamiento de 24 hrs para dejar el coche y caminar por aquellas bellas calles.

Caminamos por un largo tiempo, nos fuimos metiendo sin ninguna orientación en las calles que se nos iban presentado, izquierda, derecha, derecha, me fui sintiendo como en un laberinto. Cruzamos una extraña reja, después de ella seguía una ventana sin cristal, nos pareció interesante y curioso, ya que del otro lado solo se veía la continuación de la misma calle.


Cada vez se hacían más estrechas las calles y fueron desapareciendo las banquetas, solo había paso para coches, pero no nos importó, nosotros seguimos nuestro camino.

Después de un trayecto largo sin banqueta, empezaron a aparecer vagabundos y más vagabundos, parecía que todos vivían en esas calles, lo más extraño es que las casas seguían siendo hermosas, mi cabeza no lograba entender el choque cultural que estaba observando. Por lo regular en colonias de alta sociedad lo último que se observa son vagos caminando por sus calles, ambos se la pasan evitándose, pero aquí no parece ser así.

Mi padre y yo comenzamos a tener miedo, pues los vagos iban siendo más y más y no sabíamos si nos querían hacer algo o simplemente estaban caminando.

De repente vimos pasar dos coches tan lujosos y extravagantes que todos se abrieron paso sin mostrar asombro alguno, parecían estar muy acostumbrados.

Al abrirse un portón de madera en una casa muy grande, los coches entraron y por unos segundos logramos observar un enorme y hermoso jardín en el interior de aquel terreno, varios guardias se encargaron de mantener la seguridad de quienes entraban y salían.

Observé que los guardias estaban cubiertos de pies a cabeza, en la parte superior traían unos cascos como de buzos y en las manos llevaban guantes, parecía que estaban evitando contagiarse de algo.

Volteé para ver a mi padre y me dijo que quizá era mejor regresarnos, pero honestamente ninguno de los dos sabía por qué camino debíamos dirigirnos, así que seguimos por el sendero hasta que encontramos una calle donde podíamos ir a la derecha.

De repente nos topamos con una calle más estrecha pero que terminaba con lo que parecía ser un restaurante. Decidimos acercarnos para preguntar por direcciones y poder salir de ahí lo más pronto posible.

Apenas y nos acercamos unos metros de la entrada cuando un señor de smoking salió corriendo a nuestro encuentro y nos dijo que nos quedáramos quietos.

“No den otro paso más”

“Disculpe la interrupción, solo queremos saber cómo volver al centro de la ciudad.”

“¿Cómo pudieron llegar hasta acá?, es muy peligroso.”

“¿Peligroso? Solo caminamos sin rumbo alguno y dimos por estas calles.”

“No toquen nada de ésta zona, no paredes, no postes no botes, nada.”

“Está bien, no lo haremos, ¿Nos podría decir cómo salir de aquí por favor?”

“La única salida es por las escaleras de caracol que están a unas 3 calles de aquí, pero les harán muchas preguntas de cómo han entrado y quizá los inspeccionen.”

“¿Inspeccionar por qué o para qué?”

“Están en una zona de alto riesgo de contagio”

Sin decir más mi padre y yo nos miramos con incredulidad, sentí un enorme nudo en la garganta y las piernas comenzaron a temblarme, empecé a sentirme cansada de tanto haber caminado.

“¿Por dónde dice que se encuentran esas escaleras?”

Aquel señor nos dio direcciones y nos apresuramos con mucho cuidado de no tocar nada de lo que nos rodeaba. Inconscientemente mi respiración se volvió más accidentada, cuando lo noté solo pude pensar en “zona de alto riesgo de contagio” y me di cuenta que me daba miedo respirar aquel ambiente aunque no nos había explicado a qué se refería realmente.

Llegando a la escalera de caracol vemos a mucha gente que está del otro lado con cámaras y trajes especiales. Es como si estuvieran en un zoológico y nosotros del otro lado de las rejas donde se exhiben a los animales.

Al llegar unos guardias como los que vi anteriormente corren a nuestro encuentro y nos hacen montones de preguntas, nos rocían completamente y nos dicen que deben darnos otra ropa y quemar la que llevamos.

Todo se vuelve más confuso, no responden a nuestras preguntas, solo se limitan a llenar un cuestionario que ellos tienen. Cuando por fin nos dejan cruzar el otro lado, varios turistas nos fotografían y nos empiezan a bombardear de preguntas sobre lo que hay más allá de la escalera.

Yo respondo que estoy muy confundida que por favor no nos molesten más, mi padre los observa amablemente y pide que tomen su distancia.

Apenas he dado unos pasos después de aquel alboroto cuando noto una enorme placa de metal en la pared que tengo a mi lado, me alejo un poco para poder leer el texto.

PELIGRO

“Ciudad Glabro”, lugar en restricción desde 1845.

No se reciben visitas turísticas, favor de no acercarse.

Noto que mi padre también se ha puesto a leer la placa metálica que ha logrado ponerme la piel chinita. De nuevo nos miramos sin saber qué decir, uno de los guardias que nos revisó al bajar de la escalera de caracol se nos acerca.

“Vaya, parece que no tienen ni idea de lo que acaban de hacer” Nos dice asombrado.

“La verdad no, solo estábamos explorando la ciudad, ¿podría decirnos por favor de qué se trata?” le dice mi padre con nerviosismo.

“Pues, con la información que hay en la placa supongo no es nada claro, la verdad esa placa es muy pequeña para explicar lo que ha sucedido aquí.

Ésta colonia es muy antigua, desde su creación ha sido hogar de las familias más ricas de ésta región, familias poderosas, podría pensar que son billonarios los viven por aquí. Sin embargo algo extraño les pasó a todas ellas, todos fueron encapsulados desde 1845, los rumores dicen que aquellas personas fueron hechizadas, una fea maldición les cayó y los ha seguido por generaciones, otros dicen que es algo biológico, que está en su sangre y en su linaje seguirá, hay muchas teorías al respecto, la única verdad es lo que se ve, todos aquellos que habitan Ciudad Glabro se han quedado calvos, no tienen ni un solo vello en todo el cuerpo, son lampiños de pies a cabeza, ni a pestañas llegan. Han buscado la cura por todo el mundo sin éxito alguno y cada que nace un nuevo miembro lo mandan lejos para librarlo del mal, pero siempre los persigue, todos terminan regresando a casa para evitar el mundo exterior ya que son rechazados vayan a donde vayan, ni todo el dinero que tienen puede pagar por la aceptación en la sociedad, es por eso que viven encerrados, van en coche a checar sus negocios pero evitan todo tipo de contacto, su servidumbre lleva trajes especiales, temen contraer alguna otra enfermedad y por ello nadie más puede acercarse. A nosotros nos pagan para mantenerlos vigilados, es por eso que nos sorprende que hayan llegado tan lejos, además, las calles están infestadas de vagabundos que fueron contratados para mantener a cualquier curioso alejado, tienen un trato con ellos, los dejan deambular día y noche por sus calles con el pretexto de espantar a los demás. Es un tratado muy viejo, cada quién tiene lo que quiere y no necesitan estar en contacto.”

“Vaya, es una historia muy compleja”

“Sí, así es, así que, tengan más cuidado la próxima vez que anden explorando, nunca saben en qué lugares pueden terminar”

“Muchas gracias, lamento todo el alboroto, no volverá a suceder” dice mi padre para terminar la conversación.

Vemos cómo se retira el guardia para retomar su posición, caminamos un trayecto en busca de un taxi y le pedimos que nos lleve al centro de la ciudad a la que llegamos.

En el camino ambos vamos callados, nos limitamos a mirar por la ventana para despedirnos de aquellas calles tan extrañas que rodean a gran distancia Ciudad Glabro.

Al llegar nos percatamos que fue hora y media de trayecto en taxi, vaya que caminamos demasiado.

Nos acercamos a un puesto de nieves y nos sentamos en una de las banquitas del parque.

“¿Te parece si olvidamos por todo lo que pasamos hoy?” Mi padre es el primero en decir algo.

“Claro, eso mismo estaba pensado, de solo recordar se me ponen los pelos de punta” lo digo con la voz entrecortada.

Disfrutamos de nuestra nieve mientras anochece y platicamos de temas completamente diferentes para olvidar aquél suceso tan extraño.



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