LA CHIMENEA

Una casona señorial había devenido en una ruina desolada, luego de mucho tiempo de abandono, a la salida del pueblo.

Una pareja, en espera de un niño, que deambulaba con un auto desvencijado, de pueblo en pueblo, en busca de una oportunidad laboral, la vio como última alternativa para pasar unos días bajo techo: ya no tenían reservas económicas para alquilar un cuarto de pensión, y estaban agotados con el interminable viaje de penuria e incertidumbre. Además, el embarazo de Brenda ya se hacía notar, con un cansancio que se apoderaba de su delgado cuerpo voluntarioso.

No fue difícil romper el candado que protegía la puerta: la herrumbre del tiempo había hecho la mayor parte del desgaste, delatando que la propiedad llevaba añares sin ser visitada.

Pese al polvo y las telarañas, el techo parecía intacto, y no había daños estructurales.

Para sorpresa de Brenda y Federico, luego de abrir las canillas y escuchar como tosían las cañerías, después de un chorro amarronado, comenzó a fluir agua potable.

Federico, con conocimientos variopintos en construcción y sus accesorios, se lució al brindar electricidad a la casa con un cable conectado ilegalmente al que pendía del añejo poste que privilegiaba a la vieja mansión tan apartada con ese avance tecnológico “para ricos”, en su época.

Poco a poco acondicionaron a fuerza de trabajo, agua y jabón, ambiente por ambiente, espantando a las ratas, y descubriendo tesoros de vajilla antigua y servicios de plata, que, al venderlos como antigüedades en la ciudad, les brindó una inesperada fortuna para comenzar una nueva etapa.

Me da miedo de que nos acusen de ladrones, o usurpadores, Federico…

No lo somos. Esto lleva mucho tiempo abandonado. Me acercaré a la oficina municipal, y solicitaré pagar impuestos por el uso de la propiedad. Es obvio que nadie la ha reclamado. Siento que el equivocar la ruta, y dar con la casona, fue un regalo del mismo Dios.

Luego de un titánico trabajo de limpieza, desmalezado de la zona, y reparaciones en general, Federico consiguió que lo contrataran en la misma oficina donde pidió hacerse cargo de los impuestos de la casa, en una brigada de reparaciones. No podía estar más feliz.

Como aún no conseguían la habilitación de gas natural, y se arreglaban calentando con la vieja cocina a leña, al comenzar días fríos, encendieron la enorme chimenea de la sala.

Dos cosas ocurrieron con esa acción: una dolorosa contracción atenazó el vientre de Brenda, y un humo muy desagradable invadió el ambiente.

¡Qué feo olor, Federico! Se ve que al niño no le agrada: siente cómo se ha revolucionado…

Tosiendo, Federico tocó la dureza de la panza, alarmado.

Es lógico que huela mal. No se ha encendido en años. Vaya a saber si no hay ratas u otros animales muertos en alguna grieta del tiraje. O quizás pueda estar obstruido. Lo apagaré, y revisaré mañana, al regresar del trabajo.

Tú, descansa. Si no mejoras, nos vamos al médico.

Esa noche, unos golpes los despertaron. Somnolientos, buscaron el origen de los mismos. Temían que la vieja casa se estuviera resquebrajando.

El sonido los guio por el pasillo hacia el techo: muy disimulado con el corte del machimbre, se veía una entrada a un desván, de los que suelen tener una trampilla con escaleras.

Federico se valió de sus herramientas para destrabar las maderas que impedían el acceso a la puertita, que finalmente se abrió, desplegando, entre una nube de polvo, la escalerilla para subir.

Con una linterna ascendió hacia ese lugar desconocido de la casona.

Se topó, entre la suciedad acumulada, con un cuarto muy austero. Un baulito albergaba unas pocas posesiones, presumiblemente, de una niña.

Envuelto entre unas enaguas que casi se deshacían al tocarlas, había un cuaderno de hojas amarillentas, escrito con letras bastante rudimentarias.

Era un milagro que las ratas no hubieran dado cuenta de los elementos de ese lugar escondido.

Federico bajó para mostrárselo a Brenda.

Cuando comenzaron a leerlo, quedaron anonadados.

Era el diario de una niña de doce años, criada de la casa, Aura.

Hija ilegítima entre el amo del lugar y una sirvienta que falleció al darla a luz, la esposa del dueño la odiaba aborreciblemente, más aún al saber el secreto de su origen, y su incapacidad de engendrar un legítimo heredero para Iván, su marido y padre de Aura, criada por otras mujeres de la servidumbre. Era maltratada por ella cada vez que Iván se ausentaba por asuntos de negocios.

Aura había aprendido a escribir a escondidas, ya que Maribel le negó la posibilidad de ir al colegio, como a los demás hijos de los miembros del servicio de la casa y de los campos de la propiedad.

Al cumplir los doce años, Iván sintió mucho remordimiento al ver a la niña haciendo los trabajos más sacrificados que su esposa le imponía a la pobre niña, y, sin saber que era escuchado furtivamente por Maribel, le propuso a Aura enviarla con unos parientes en la ciudad, reconocerla como hija, y brindarle los beneficios de una inclusión social acomodada.

Casi loca de la ira, Maribel esperó pacientemente al próximo viaje de su marido, y envió a todos los sirvientes de la casa con recados diferentes a pueblos vecinos, quedándose a solas con Aura.

Luego de sorprenderla a latigazos con un fino cinturón de cuero, y tratarla con los peores insultos que la niña había escuchado en su vida, la encerró en su habitación del altillo, y le dijo que a primera hora se preparara, que la enviaría a un orfanato de monjas, como huérfana delincuente, acusándola de ladrona, para que las hermanas fueran implacables al disciplinar a una bastarda que no conocía las leyes de Dios.

Aura anotó en su cuaderno que esa misma noche intentaría escapar trepando por la chimenea, ya que Maribel no cesaba de gritar como una loca, en su propia habitación en el extremo de la casa, con horrendas amenazas. Aura escuchaba como la mujer, en sus ataques de rabia golpeaba las paredes, al parecer, por cómo sonaba, con su propio cráneo.

Su último escrito ponía que, al haber un poco de silencio, suponía que al fin Maribel se había dormido, e intentaría el escape.

Allí terminaba el diario de la pobre niña.

Federico y Brenda estaban horrorizados con la historia.

Casi sin mediar palabras, Federico limpió las brasas apagadas de la chimenea, y con una linterna de minero, escaló el interior del tiraje.

Dejó escapar un grito de horror al encontrar un cadáver momificado, en una antinatural posición con un brazo desprendido del hombro.

No bien clareó el alba, se dirigió a la comisaría, y contó allí lo ocurrido.

El Comisario Contreras, luego me relató todo, pidiéndome que velara los restos de la niñita, a pedido del matrimonio.

Así lo hicimos. Fue muy triste, ya que no había más deudos que la pareja, conmocionada por el cruel hallazgo, mi querido amigo y colaborador, Tristán, mi amada Aurora, y el comisario.

En el medio de la ceremonia, nos sorprendió una luz que salía del féretro cerrado, se refractaba, y alumbraba el vientre de Brenda.

Vimos cómo se materializaba la espectral figura de una niña muy delgada, de facciones finas y melancólicas, marcadas con trazos de latigazos, quemaduras y hollín.

Cerca de ella, con una mortecina luz verde, apareció también el espíritu de Maribel, deformado por un odio enfermo, que le retorcía los rasgos volviéndola monstruosa.

La pareja y el comisario estaban paralizados de la sorpresa.

Mientras ellos observaban perplejos, con Tristán y Aurora impusimos nuestras manos a las apariciones, y captamos las energías de lo que aconteció por entonces.

Vimos, como en una película, la desesperada escalada de Aura por el interior de la chimenea, que al pisar mal unos ladrillos salientes, resbaló, y cayó metros abajo, con el hombro quebrado, apresada en una dolorosa posición.

Escuchamos sus adoloridos pedidos de auxilio.

Maribel, que la había escuchado, en vez de intentar rescatarla, encendió una hoguera gigantesca, a la que arrojaba combustible.

La pobre niña tuvo una horripilante agonía, sumando a su desgracia quemaduras por el líquido que alimentaba el fuego, y la sofocación del humo insano que le llenó los pulmones, mientras Maribel reía a carcajadas.

Y así la encontraron su marido y la servidumbre al regresar a la casa: riendo como una loca, tiznada de hollín, hediendo a sus propios excrementos, ya que llevaba horas junto a la chimenea, con la cordura esfumada, al igual que el paradero de Aura.

Iván, sin poder entender lo ocurrido, y viendo que el estado mental de Maribel era inmanejable, decidió internarla en un sanatorio, y cerrar la casa del campo, trasladándose con la servidumbre a la ciudad.

Aunque buscó a Aura en todos los pueblos vecinos, sospechando que Maribel la había corrido de la casa, sin imaginar siquiera que las respuestas estaban en el hollín y las cenizas que tenía en el cuerpo su enloquecida esposa, jamás la encontró, ni dejó herederos que reclamaran la casona, que quedó suspendida en el olvido hasta que la pareja rompió el herrumbroso candado que protegía la entrada.

Maribel, deja ya de penar. Sentimos que te arrepientes del pecado que cometiste, vete, mujer, en paz. Descansa.

El espectro se veía realmente agotado de arrastrar pena y remordimiento por su terrible accionar.

Cambió el color de su imagen, haciéndose más clara.

Se le distendió el rostro. Unió las manos en un gesto de perdón, y de entre ellas se cayó al piso una caja de viejos fósforos. Luego, se esfumó con mansedumbre, elevándose lentamente.

Aura: lamentamos tu padecer. Perdona a Maribel. Ella te lo ha pedido, realmente arrepentida. Sé que no te marcharás: tu luz nos anuncia cuál es tu misión actual…

Ella asintió. Las marcas de su rostro habían desaparecido.

Con una sonrisa miró la luz que mencioné, que apuntaba al vientre de Brenda.

En un remolino de bellas chispas de colores, se fundió con la luz, que se focalizó en la panza de la embarazada.

Una energía de paz nos invadió a los presentes.

La pareja se fue con tranquilidad en el espíritu. Sabían que Brenda daría a luz una niña, con el alma de Aura. Lo que no sabían era que esperaban mellizos, y que el otro bebé era un varón, encarnación de Iván.

Juntamos los fósforos, y le pedimos a Contreras que nos trajera el diario.

Ambos objetos están juntos en mi colección, ya que forman parte de la misma historia.

Gracias a Dios por la bendición del perdón: puede transmutar maldiciones y dolor en alivio y redención.

Quedan invitados a pasar por La Morgue para vivenciar todas mis historias y los objetos que las representan.

Muy felices Pascuas.

Edgard, el coleccionista

@NMarmor

Imagen de Pinterest



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