• Edgar, el coleccionista

La cabeza perdida


Tristán, mi asistente, me avisó que vendrían los parientes de un sujeto fallecido, para pautar su despedida. Lo vi muy nervioso, por lo que le pregunté qué ocurría.


Me parece, don Edgard, que sería conveniente que el comisario Contreras se diera una vueltecita con un par de agentes cuando oficie el velorio.


¿A quién velaremos, hombre?


No recuerdo el nombre del tipo. Pero está en las noticias. El violador, Edgard. El que la gente linchó antes de que lo apresara la justicia. Si bien ya se expidieron sobre la culpabilidad del mismo, porque las víctimas hablaron del tatuaje en el cuello del perverso, hay un detalle puntual: a alguien se le ocurrió cortarle la cabeza, y esconderla.


"Nadie logró encontrarla, hasta el momento. Tampoco se sabe la identidad de quienes lo ultimaron. Pero ha generado un odio muy grande. Es posible que la gente quiera desquitarse con el cuerpo. Aún puede negarse a aceptar velar aquí al difunto.


No, Tristán. Jamás rechacé una ceremonia. Tengo una reputación para cuidar. No va a ser un mal hombre quien me haga cambiar mi forma de trabajar. Y en cuanto a la gente, todos me respetan. Nadie se portará mal, te lo prometo. No será necesario llamar a nadie.


Tal y como dije, no hubo interferencias con el velatorio. Habilité una puerta lateral para la muy reducida concurrencia que vino a despedirse del sujeto, que obviamente, se veló a cajón cerrado, por la carencia de cabeza.


No bien terminó el oficio, ya solos con el féretro, vimos, con Tristán, en el medio de un humo rojizo, la espantosa cabeza del tipo, putrefacta y llena de gusanos, bullendo en forma horrible, mientras gesticulaba con muecas grotescas y la mirada llena de ira.


Reposaba en el suelo del salón, cerca de la puerta de salida. Cuando nos acercamos a ver mejor el espantoso fenómeno, la cabeza se esfumó, reapareciendo en distintos lugares y desapareciendo luego, como indicándonos un camino a seguir. Y así fue.


Fuimos persiguiendo en la oscuridad de la noche a la espantosa testa, que refulgía con luz rojiza, dejándonos un rastro. Ya adentrados en el campo, y bastante cansados, pero sin darnos por vencidos, llegamos hasta un viejo aljibe de una granja abandonada.


La enfermiza luminosidad escarlata que salía de la boca del pozo nos indicó qué había en el fondo. Extenuados, volvimos a la funeraria y llamé al comisario para contarle la noticia. Finalmente, Tristán había acertado, pues terminamos recurriendo a la policía. Le pedí que viniera sólo con gente de confianza, que fuera discreta.


Al rato nos encontramos todos en el aljibe abandonado. Un agente delgado y flexible ingresó en el pozo, con una escalera, y rescató la horrenda cabeza. La colocaron sobre un tronco grueso. Habían iluminado todo con reflectores.


Nos acercamos, con Tristán, siguiendo a la extraña energía que vibraba en el aire, que olía a putrefacción y a ozono, como si en cualquier momento se estuviera por desatar una tormenta. Y si bien no fue de lluvia y viento, la tormenta llegó.


La cabeza comenzó, para el horror del comisario y los agentes, a esplender la luz roja. Los racimos de gusanos se sacudían como si sufrieran descargas eléctricas. La boca, se abría y cerraba mostrando una ennegrecida lengua, en gestos repulsivos. Y los ojos refulgían de un odio tan perverso, que uno sentía que hacían daño de solo mirarlos.


Los policías estaban congelados. Ya muy cerca, impusimos las manos sobre la asquerosa cabeza del perverso. No capté el mínimo sentimiento de arrepentimiento o remordimientos. Interrogué mudamente, con un gesto a Tristán, que comprendió al instante, y me contestó con otro, de negación. Mi voz se elevó como el trueno de la tormenta que no fue.


¡Inmundo ser corrompido! ¡Retírate ahora de este plano! ¡No tienes un solo lugar aquí donde seas bienvenido, engendro del mal! ¡Te repudiamos! ¡Fuera!


Entonces, bajo el fulgor colorado, ocurrió algo impensable: bajo un gesto de sorpresa, que reemplazó al de maldad, los gusanos devoraron la carne podrida de la infausta cabeza, con una velocidad de pesadilla. La visión fue particularmente espantosa cuando sólo quedaron los desorbitados globos oculares purulentos sobre la calavera descarnada. Luego, los bichos devoraron eso también. El cráneo desnudo movió la mandíbula un par de veces, y después quedó inerte. Los gusanos comenzaron a devorarse entre ellos, hasta que sólo quedó uno, gigantesco, que explotó como un globo lleno de sangre.


La luminiscencia se disipó lentamente, como una niebla con una bocanada de viento. El comisario rompió el silencio.


Aunque lo haya visto, no puedo creerlo, Edgard.


Me parece, comisario, que nadie va a echar de menos esto dije señalando el cráneo limpio, salvo por las salpicaduras del obeso gusano estallado—, me lo voy a llevar, si no está en desacuerdo, Contreras.


En absoluto. Nos vamos a descansar. Ha sido un largo día. Buenas noches, caballeros.


Los policías se fueron en silencio. Los pobres agentes tenían un gesto de asombro y espanto por partes iguales. Regresamos a la funeraria con otra pieza para mi colección y una duda en el alma. ¿Se había hecho justicia? ¿Realmente teníamos los hombres esa potestad?


Sólo sé que mi ira, la misma que llevó a la gente del pueblo a linchar al perverso, había sido aplacada favorablemente. Los saludo, amigos míos, esperándolos en La Morgue, como cada semana.



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