LA BELLA Y LA BESTIA

EDGARD, EL COLECCIONISTA


LA BELLA Y LA BESTIA


Quiara, la mujer más hermosa del pueblo, había fallecido. Era tan bella que todos la conocían como “La Diva”.

Llegó a la funeraria en el momento de su espectacular esplendor maduro, por una muerte natural que dejó consternado a todo el mundo.

Josué, su añoso marido, se encargó, con gran pesar, de tramitar la despedida.

—Siempre pensé, don Edgard, que yo partiría primero. Esta tragedia me ha destrozado totalmente. Imagínese, que tengo horribles visiones desde que mi Diva me dejó…

—¿A qué se refiere con “visiones”?

—Pues, se lo cuento en confianza. Le ruego discreción, porque no quiero que me tomen como a un viejo loco.

“No bien se llevaron el cuerpo de Quiara, un monstruo espeluznante se me presentó, en forma muy amenazante. Era una masa obesa, amorfa, con gelatinosa piel, donde se translucían hinchadas venas azules, plagada de horribles pústulas y espinas.

“Emanaba un olor nauseabundo, y llevaba puesta una máscara con el rostro de Quiara, que se le corría, develando una cara demoníaca, realmente de pesadilla.

“Noté su impotencia para comunicarse conmigo. Era como que quería decirme algo, y al no lograr hablarme, me enviaba unos impulsos de fétido viento que me arrojaban al piso.

“Como le dije antes, Edgard, solo puede ser producto de mi imaginación. Es alienante…

“El punto es que temo regresar a mi casa. Creo que si vuelvo a ver a esa criatura del infierno, me va a fallar el corazón.

—Hagamos una cosa, Josué: quédese a descansar en mi cuarto de huéspedes.

“Tristán, mi ayudante, puede ir por sus cosas, así se cambia tranquilo para cuando comience el velorio.

“Créame que no es tan extraña su visión. Confíe en mí. Verá que todo tiene una solución, más allá del doloroso trance por el que está pasando.

El pobre hombre aceptó agradecido, sintiendo que le sacaban una enorme carga de encima.

Tristán se encargó de buscar sus pertenencias, y cuando regresó, me comentó:

—Hay un rastro de energía funesta en esa casa, Edgard. Y sigue hasta aquí, donde se encuentra el cuerpo de “La Diva”.

—Comienzo a percibirlo.

Como si la hubiéramos invocado, se materializó Quiara, con la espeluznante forma que me había referido Josué.

El horripilante ser, loco de rabia e impotencia, intentando cubrir su satánica cara con la máscara, nos arrojaba hediondas ráfagas de viento, para tirarnos al piso.

Por puro instinto, impusimos al unísono nuestras manos sobre la abominación, captando la realidad del odio que emanaba, y, a la vez, frenando sus ataques.

Pudimos ver a Quiara de niña, absolutamente malcriada por sus padres, atendiendo sus más insólitos caprichos, y obteniendo de todo su entorno lo que deseaba, en base a su belleza y simpatía, abusándose siempre de quiénes la rodeaban.

Ya adolescente, aprobaba las materias de la escuela con trabajos ajenos, que conseguía usando su encanto y seducción.

Cuando sus padres dejaron de brindarle sus ilimitadas pretensiones económicas, arregló, justo al cumplir la mayoría de edad, un accidente con el coche, dónde al perecer sus progenitores, ella quedó como única heredera. Descubrió entonces que no había fortuna familiar. Solo del sacrificio enorme de sus padres, quedaron enormes deudas contraídas para darle los gustos. Empezó entonces una “cacería humana” de marido que la mantuviera al nivel de sus exigentes ambiciones.

Luego de pasar por varios hombres en círculos de dinero y poder, encontró en Josué a la víctima perfecta.

Lo enamoró y manipuló como siempre acostumbraba, hasta conseguir ser su esposa.

Durante todo su matrimonio, lo engañó innumerables veces con hombres jóvenes, a quiénes mantenía con el dinero de su esposo, según sus caprichos.

Nunca le dio el gusto a Josué de brindarle un hijo. Le mintió diciéndole que buscaba el embarazo, cuando en realidad se cuidaba con un dispositivo, mientras el hombre, esperanzado, soñaba que llegara su heredero.

Desde la misma infancia, Quiara no dudó jamás en valerse de la manipulación, la mentira, el engaño, la traición, y cuántos recursos malvados le permitieran acceder a sus caprichos egoístas.

Rompió parejas solo por el placer de hacerlo. Arruinó amistades por envidia. Dio pésimos consejos a quienes la consideraban su amiga. Y lo peor de todo: fue una asesina despiadada, que no tuvo reparo en eliminar a sus propios padres para conseguir independencia económica.

Ahora, esa alma enferma, deformada por los vicios de la maldad, mostraba la verdadera faz de “La Diva”: la de un monstruo desalmado y horrendo, que no aceptaba haber sido tocada por la muerte, y loca de rabia, quería atacar para volver al plano terrenal a alimentar sus apetencias insaciables.

—¡Quiara: arrepiéntete de tu maldad! ¡Estás muerta! ¡No hay modo de que regreses!

“¡Tu única salvación es admitir tus pecados, y recapacitar, para marchar en paz hacia la luz!

Como respuesta, el repulsivo espectro nos arrojó un golpe de viento de olor asqueroso.

El ser solo quería seguir haciendo daño.

Nos miramos con Tristán, y asentimos.

Tomados de la mano, dirigimos toda nuestra energía, que canalicé en mi voz, alterada por la violencia del ente dañino.

—¡Ya que no quieres redención, inmundo engendro, te expulsamos al inframundo, donde moran los seres malvados como tú!!

“¡En nombre de la luz sagrada, lárgate ya de aquí, sucia abominación!

Una extraña electricidad atravesó el aire. Quiara, quien ya en ese momento no se molestaba en cubrirse con la máscara, que arrojó al piso con rabia, comenzó a “desinflarse”, por huecos que se abrían de su gelatinosa piel inmunda, y por los cuales salía un humo negro espeso.

Lo último en desintegrarse fue su horrenda cara demoníaca, cuya mirada de odio enfermizo hubiera matado al pobre Josué, de haber tenido que contemplarla.

Luego de unos segundos eternos, la masa de la aparición cayó como un pellejo vacío y reseco, y se desintegró en pequeños insectos como arañas, que desaparecieron incendiados mientras intentaban huir.

Solo quedó del espíritu corrupto la máscara con el bello rostro de “La Diva”, que ocultó siempre tras su hermosura una bestial maldad y corrupción enfermiza.

Josué no tendría nunca más “visiones”.

Velaríamos a la mujer más hermosa del pueblo en paz.

Seguramente, su belleza sería una leyenda por estos lares.

Solo nosotros sabríamos que tras la bella se escondía una bestia horripilante y venenosa.

Y es lo que me hace reflexionar la máscara con su rostro, en mi colección: la manía de la humanidad de venerar los dones físicos por sobre la bondad del alma, y la pésima costumbre de juzgar por las apariencias exteriores.

Espero, mis amigos, que no se cruce jamás en su vida un ejemplar de esa clase, y que sepan valorar el interior de las personas.

Los espero en La Morgue, y con gusto les mostraré el bello rostro que escondía los pecados más terribles.


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