EL NONATO

EDGARD EL COLECCIONISTA


EL NONATO


No bien recibimos el cuerpo de la desafortunada Eva, comenzaron a ocurrir fenómenos extraños.

El aire parecía vibrar en forma desagradable. Se sentía un olor nauseabundo. El suministro eléctrico oscilaba, a riesgo de quemarse todos los aparatos, y algunos objetos se sacudían y caían al piso, haciéndose añicos.

Vimos el espectro de la jovencita, que se había volado los sesos con el revólver que el padre guardaba para proteger la casa, mutilada y tenebrosa, con un gesto de horror, en un grito mudo que pedía auxilio, pero luego, una sombra horrorosa y helada, nos arrebataba su imagen, dejando flotar una velada amenaza.

Decidí, con la absoluta aprobación de Tristán, mi ayudante, aplazar la ceremonia hasta no resolver el enigma que rodeaba el deceso.

Los padres estaban demasiado destrozados como para indagarlos. La empleada de la casa, al ver mi frustración, me dijo, en un aparte, al despedirme:

—Vaya, don Edgard, a hablar con Angelita. Ella se lo va a explicar todo.

—¿No puedes contármelo tú, Dolores?

—No, don Edgard. Es largo, y no quiero dejar solos a los señores. Están muy tristes, y quiero ayudarlos en todo lo que esté a mi alcance.

—Comprendo. Iré con ella.

Si a Angelita le asombró mi visita, no lo demostró en absoluto. Hasta parecía, con la premura con que me hizo pasar a su casa, que me había estado esperando.

—Usted me conoce desde hace años, Edgard. Sabe que en mi profesión de enfermera he traído al mundo suficientes niños como para ocupar un pueblo entero. Y también debe saber que ayudo a interrumpir embarazos. No es que esté orgullosa de esa actividad, pero debo decir a mi favor que lo hago a sabiendas de que son casos extremos, en los que las mujeres están realmente desesperadas. E inclusive, he logrado hacer cambiar de opinión a muchas de ellas a último momento…

—Angelita: como usted misma dijo, la conozco desde hace mucho tiempo, y nada más lejos de mí juzgarla. No soy quien. Sabe mejor que yo cuál es el motivo de mi visita.

—Entonces, podemos ir al grano sin protocolos.

“Los papás de Eva la trajeron para que le practicara un aborto. La niña se encontraba terriblemente mal. No dormía por las pesadillas siniestras que tenía, y no dejaba de repetir que había sido atacada por el demonio.

“Cuando empezaron sus malestares, la llevaron al médico, en una clínica de la ciudad, donde constataron que estaba embarazada, pese a que, para estupor de los doctores, su himen se encontraba intacto. Encontraron algunas teorías tontas a respecto, que eran más cómodas que aceptar la idea de la niña, que decía haber sido violada por un diablo.

“El punto es que Eva no podía comer sin vomitar cualquier alimento que no fuera carne cruda. Para su propio espanto, se descubrió, como despertando de una ensoñación, devorando un ratón vivo, por los desesperados chillidos de la alimaña.

“Era evidente que la muchacha estaba al borde de un colapso nervioso, y los padres no dudaron en traerla conmigo, para que terminara con ese constante malestar abominable que la aquejaba desde el anómalo embarazo.

“Preparé todo. Para poder iniciar el procedimiento, debía romper el himen, por lo que saqué un bisturí de mi caja de instrumental. No bien lo hice, sentí, absolutamente confundida y aterrada, que una garra de hielo me aferraba la mano, y me impedía accionar.

“La niña estaba inconsciente, pese a lo cual lanzó un grito de agonía, como si algo la atacara también a ella.

“Luego, una fuerza brutal e invisible me empujó. Una voz horrible me susurró: “-Todas las torturas del infierno serán una caricia si haces algo en contra de mi hijo-“

“Me invadió un pánico terrible, y me paralicé. Fui incapaz de intentar seguir con la intervención.

“Salí temblando de la habitación, y así se lo comuniqué a los padres, contándoles lo ocurrido. Ellos se santiguaron, pidiendo que Dios los asistiera.

“Lo peor fue cuando despertó la niña, al enterarse de que aún continuaba su embarazo. Estaba inconsolable. No había forma de calmar su llanto.

“Me quedé impotente, sin saber qué hacer ni a quién acudir. Esto sobrepasaba cualquier experiencia de mi vida. Y mire que he pasado cosas bastante extremas, en mi profesión. Debo confesar que, de alguna forma, me siento culpable del terrible fin de la pobre niña.

—No debe pensar así, Angelita. Hay algo muy maligno y poderoso. Usted no tenía fuerzas ni recursos para luchar contra él. Buscaré ayuda, y al menos me aseguraré de que Eva descanse en paz.

Me puse inmediatamente en contacto con el Padre Gabriel. Retirado, muy anciano y cansado, pareció rejuvenecer ante lo que le conté.

También llamé a mi amada Aurora, quien, a su vez, se puso en contacto con un adorador de la Pacha Mama, Nahuel, también muy añoso, y sabio conocedor de ancestrales misterios.

Ya en la funeraria, Nahuel trazó un perímetro con hierbas molidas y sales alrededor del terreno, mientras salmodiaba oraciones, haciendo signos que arrancaban sonidos de electricidad estática.

Entre tanto, el Padre Gabriel se vestía con las prendas ceremoniales, mientras tomaba su cruz y su agua bendita en un frasco de tapón dorado.

Tristán nos esperaba junto al cuerpo de Eva.

El espectro de la niña no tardó en hacerse visible, con su cabeza reventada, humeando y rezumando masa cerebral, y un gesto de angustia y horror indescriptibles.

Como para justificar el espanto de la pobre alma en pena, un demonio espantoso, negro brillante, con rojos ojos que parecían emitir rayos de furia, se nos presentó, elevando sus garras, y rugiendo de ira infernal.

—¡Caro pagará la ramera por haber matado a mi hijo! ¡Jamás tendrá descanso! ¡La arrastraré al infierno, y a ustedes los mataré como a las cucarachas inmundas que son!

El Padre Gabriel comenzó a rezar, la cruz en alto, arrojando agua bendita, mientras Nahuel oraba y danzaba en trance, con los ojos en blanco, desparramando hierbas que crujían al contacto con el aire enrarecido por la presencia maldita.

Tristán y yo imponíamos al unísono las manos, direccionando nuestra energía contra el malvado engendro infernal.

El espíritu de Eva convulsionaba de espanto, y su cuerpo, en la camilla, se sacudía bajo la sábana, desafiando a la muerte.

El demonio se enfureció al sentir una resistencia contra su perfidia.

Entonces, como poseídos por una fuerza de otro mundo, coordinados, Tristán y yo elevamos nuestras manos, desde donde parecía salir luz que impactaba en el ser. El padre Gabriel elevaba sus plegarias, y el agua bendita se tornaba ácido sobre el asqueroso ente.

Las hierbas de Nahuel ardían también sobre él al tocarlo, mientras alzaba la voz con sus oraciones que vibraban como un instrumento musical de la mismísima tierra.

El odio del demonio parecía oscurecer la habitación, donde el cadáver de Eva levitaba, y su alma se abrazaba para intentar detener el torbellino que la atravesaba.

Entonces, con un grito infrahumano, el maligno empezó a presentar agujeros por donde salían destellos de luz, que se multiplicaron hasta hacerlo desaparecer, dando un último grito desesperado y una dentellada salvaje al vacío, desarmándose en cenizas, que se esparcieron al ser tocadas por las luces.

El cuerpo de Eva cayó sobre la camilla.

Ante mis compañeros, sin dudas ni demoras, lo despojé de la sábana que le cubría, y con uno de mis instrumentos, rasgué el vientre, arrancando del mismo un feto monstruoso, horroroso, el nonato del mal, que quiso surgir en la tierra cobrándose una inocente muchacha como víctima.

Los cuatro rodeamos el alma de Eva, que mostraba lágrimas de alivio.

—Ve en paz, muchachita valiente. Descansa.

Y entre nuestras presencias humanas, se desvaneció en chispas de colores, con toda nuestra tristeza por su vida truncada, y el deseo de su liberación hacia la eternidad.

Al fin pudimos organizar su despedida.

El horripilante fruto del mal está encerrado en un frasco lleno de agua bendita.

Reconozco que, de todas las piezas de mi colección, es uno de los pocos que me causa una repulsión extraña, y un temor que me recuerda que el mal jamás descansa, y que se vale de los más inocentes para buscar emerger entre nosotros. Y en nosotros está la voluntad de no darle lugar para que florezca como una enfermedad contagiosa e inmunda.

Los saludo, amigos, invitándolos a La Morgue. No sé si estaré de ánimo para enseñarles esta pieza en particular, pero tienen todo el resto de mi colección disponible.


@NMarmor

Edgard, el coleccionista


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