EL GUALICHO

No confío en esa mujer, Edgard.

No tengo opciones, Aurora. Tú y Tristán están enfermos, sin posibilidad de salir de la cama. Necesito ayuda para esta noche. Tengo un velatorio al que acudirá mucha gente. Si voy a ser sincero, yo tampoco me siento muy bien, y no percibo buenas vibraciones de Ágata. Sé que quiso integrar tu grupo de adoradores de la Pacha Mama, y que no fue aceptada.

Todos mis amigos están comprometidos para hoy, y no puedo fallar.

Me siento terrible al no poder ayudarte…

No tienes por qué. Todo saldrá bien. Descansa, y despreocúpate.

Aurora volvió a la cama, pero su gesto de angustia me perturbó.

Recibí a Ágata. Le pregunté si se sentía segura para dar la bienvenida y atender a tanta gente.

Con una sonrisa deslumbrante me contestó que sería más que competente para el trabajo, y que podía contar con ella todo el tiempo en que los míos estuvieran enfermos.

Me aseguró que quedaría tan conforme, que, con seguridad querría emplearla, posteriormente, de manera fija.

Por cierto. No quiero ser impertinente, pero usted tampoco tiene buen semblante…

Es verdad. Lo más seguro es que un virus nos esté atacando. La dejo, entonces, como recepcionista, mientras yo me ocupo de mi labor con el difunto. Permiso…

Luego de preparar el cuerpo, y presentarlo en el salón, observé con satisfacción que el lugar resplandecía de limpieza, orden y pulcritud.

En la cocinita anexa ya estaba todo listo: café refrescos, y las tazas y vasos dispuestos de forma accesible y ágil.

La propia Ágata también se hallaba sobriamente arreglada para la ocasión.

Un mareo inesperado me sorprendió caminando hacia ella.

Rápidamente se acercó a mí, sosteniendo mi brazo.

¿Está bien, Edgard? Le dije que se lo veía decaído…

Muchas gracias. Seguro ya pasará…

Pero el malestar persistió durante todo el velatorio.

Ágata me auxilió varias veces, cuando en conversaciones con los deudos perdí el hilo, confundido, interviniendo en el momento justo con preguntas, excusas para que no se notara mi distracción.

Fue notablemente eficiente.

Realmente yo estaba ya considerando contratarla como asistente.

Empecé a marearme cada vez más, mientras despedíamos a los asistentes.

Cuando se fueron todos, mi consciencia flotaba en una nube de desconcierto: veía a Ágata como la mujer más bella y deseable del mundo, y tenía desagradables deseos de deshacerme de Tristán, a quién empezaba a considerar un estorbo, en vez del incondicional amigo y ayudante que era, y de Aurora, percibiéndola como una bruja repulsiva, y no el gran amor de mi vida.

Ágata se acercó a mí, susurrando melodiosamente.

Ahora nos quedamos solos, Edgard. Podría hacerte una infusión, para que te mejores, y darte unos masajes, así te descontracturas…

No entendía qué me ocurría: por un lado, algo interno me decía que debía huir de esa mujer, y por otro, me sentía absolutamente embelesado por ella.

¡Aléjate de Edgard, sucia hechicera! gritaron a coro Tristán y Aurora.

¿Cómo es que están en pie? ¿Cómo lo lograron?

¡El afecto real es más fuerte que la magia negra, y la hechicería barata! ¡Nos quisiste matar, y aquí estamos, defendiendo a quién queremos de verdad! bramó Tristán con una voz indignada que no le conocía.

Mira, Edgard, lo que tenía esta mujer entre sus cosas:

Observé, espantado, los tres muñecos vudús que nos representaban: el de Aurora y Tristán, con los pinchos clavados en un hechizo para traer muerte a corto plazo, y en el mío, las marcas para apoderarse de mi razón y voluntad.

¡Malditos! ¡Lo quería para mí! ¡Lo he deseado desde que nació! ¡Entrometidos!

¡Te ordeno, bruja, que muestres tu verdadera imagen!

Aurora impuso sus manos conjuntamente con Tristán sobre Ágata, y el cuasi momificado rostro de un ser maléfico y muy añoso se presentó con su repugnante faz ante nosotros.

¡Ahora nadie quedará impune! ¡Los mataré cruelmente a los tres! ¡Si lo que yo quiero, no lo puedo tener, lo prefiero muerto, y de nadie!

No lo creo Ágata.

Mientras decía eso Aurora con mansedumbre, sacaba del bolsillo de su bata un muñeco vudú que representaba a la hechicera.

Presionó la cabeza del juguete, y Ágata bramó de dolor.

Dando tumbos de borrachos se acercó a la salida, y se esfumó en una nube de vapor hediondo mientras gritaba:

¡Van a arrepentirse, cerdos!

Ya no tendrás nunca poder sobre nosotros. Lo sabes mejor que yo. Contestó Aurora mientras se desvanecía el horrible engendro por el que me había sentido atraído unos minutos antes, y tentado de eliminar a mis seres más queridos.

Tristán y Aurora me abrazaron.

¿Estás bien?

Solo gracias a ustedes. ¿Cómo se dieron cuenta de lo que era este ser?

Tristán lo percibió con su don, a través del amor de la amistad. Y yo, porque eres el amor de mi vida. Juntamos fuerzas de donde no teníamos para levantarnos, y accionar antes de que te clavara sus inmundas garras…

El muñeco vudú que había manipulado Aurora quedó hecho un puñado de cenizas, pero los otros tres estaban intactos, y, ahora, en los estantes de mi colección.

Al verlos, recuerdo que el amor no puede conseguirse con artimañas, brujerías o gualichos.

Pueden venir a verlos a La Morgue, y, de paso, me cuentan si conocen a alguien que alguna vez quiso ganar el corazón de un amor imposible con esos oscuros manejos.

Los espero.

Muy buen fin de semana.