El Grito que no se escucha

Hace ya muchos años, se me declaró un trastorno. “¿Cuál es la cura?” fue mi primera pregunta.

La mirada de la terapeuta fue, de alguna manera, devastadora. Ya era bastante complicada la vida de por sí, ser un monstruo cambia formas en el mundo moderno era agobiante, ahora debía agregar la ansiedad. La sensación del diagnóstico fue como masticar una pasa en la primera mordida a un rol de canela y no saben cuánto odio las pasas.


Ir y venir de consultorios y hospitales se volvió frecuente pero inconsistente, puesto que no dejo de ser indisciplinado, por lo tanto cambié de terapeuta muchísimas veces. Uno de ellos tenía un cuadro de “El grito” de Edvard Munch en una pared blanca y vacía. Era la pintura al centro, en un tamaño tabloide con un marco negro y nada más alrededor. Ni muebles, ni ventanas, ni adornos, solo un cuadro y la pared vacía.

 

Munch nació en Noruega en 1863.

La muerte de su madre y su hermana por tuberculosis y las exigencias de su padre ex militar y fanático religioso fueron lo que marcó su infancia adolescencia. Tenía miedo constante a morir de aquella enfermedad (pues en esa época se creía que la tuberculosis era hereditaria) o de tener que lidiar con alguna enfermedad mental, ya que la familia tenía un historial de trastornos como la ansiedad, la depresión y bipolaridad.


“Sin el miedo y la enfermedad mi vida sería como un bote sin remos.”

declaró el pintor. El arte fue su manera de “diseccionar el alma”: explorar las emociones humanas, principalmente aquellas más incómodas de tratar: soledad, miseria, muerte, dolor, enfermedad.

Sus primeras pinturas están cargadas de una amargura que entra por los ojos, se expande en el pecho y se aloja en el estómago. Las criticas a su trabajo fueron duras, sus obras estaban clasificadas como feas e inapropiadas, él fue llamado “degenerado” y “demente” tanto por artistas como por su propio padre, quien sentía verguenza de su hijo artista.


La pintura de “El grito” es, sin duda, su obra más famosa. Pertenece a una serie de 4 pinturas y una litografía que Munch realizó para diferentes museos, por lo tanto existen muchas copias de la obra. En la pintura vemos un personaje en primer plano, completamente neutral: no sabemos su sexo, ni su edad, ni de dónde viene, donde está o quien es. El personaje le da la espalda al resto de elementos que logramos ver: el cielo, la tierra, los barcos, las personas y el puente.


Las ondas del cielo y del mar combinan con las del personaje principal pero chocan con las diagonales tan marcadas de los barandales del puente dando sensación de desapego, de extrañeza. Los colores son complementarios, contrastantes, no hay un foco de luz concreto y eso agrega angustia al cuadro. La composición del cuadro nos invita a un recorrido visual rápido, de abajo hacia arriba, de izquierda a derecha, en una especie de rombo, pero sin dejar de prestar atención a la figura del centro. Este cuadro te mete al protagonista a la fuerza, no importa donde veas, no importa que tan rapido la observes, siempre vas a estar prestando atención a la figura principal.


Sobre el significado, muchos teorizan que es el “grito de la naturaleza” que Munch describe en sus diarios, convirtiendo la obra en un autorretrato. Muchos dicen que la figura escucha un grito, pero no lo emite. También hay quienes creen que es más una crítica al modelo socio-económico de la época o que la pintura es alguna especie de mensaje antibélico. Munch jamás lo deja muy en claro, al pasar de los años, comienza a tener problemas de alcoholismo y se interna en un hospital, se cree que su bipolaridad se dispara, comienza a perder la vista y sus últimos cuadros son autorretratos, quizá menos cargados de emoción en los trazos pero igualmente tristes y llenos de soledad.


La pintura de “El grito” rompió un récord de subasta en Nueva York en 2012, vendiéndose por 119,9 millones de dólares. Me parecía demasiado para la pintura con más memes y reproducciones paródicas en la cultura pop.

 

Yo no era fanático del cuadro, ni de Munch. “Quizá tengo que verla en vivo para sentir algo”, era un pensamiento que pasaba por mi mente cada vez que me encontraba con la pintura. Pensamiento que cambió cuando entré al consultorio del terapeuta ese día. ¿Qué era lo que me angustiaba? ¿El vacío? ¿El contraste? ¿Cómo podía sentir mis entrañas gritando a través de la boca del personaje de la pintura? ¿Quién es la persona de la pintura? ¿Es una persona? ¿Soy yo?


“¿Te gusta el arte?” preguntó el doctor, interrumpiendo la ola de pensamientos que yo estaba

teniendo en ese momento. “No.”, respondí de golpe y sin pensar, “Bueno, esa pintura no, no me

gusta, no siento que sea la gran cosa y no me está gustando como me hace sentir pero creo que es porque no hay nada más en la pared.”


“¿Seguro que es por eso?”

“No.”




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