• Edgar, el coleccionista

El Dibbuk

Nada más triste, queridos amigos, que oficiar el velorio de un niño. Me tocó organizar la despedida de Ángel, hijo de una conocida de mis padres, Adela.


Me sorprendió la falta de reacción de la madre durante el velatorio. Se lo atribuí a un estado de shock. Aun así, no se me pasó por alto su mirada temerosa, cada vez que sus ojos se posaban sobre el ataúd del bello pequeño, que parecía un ser celestial en la calma de la muerte.


Tristán, mi asistente, se removía incómodo, presa de una extraña inquietud. Algo ocurría, que se me estaba escapando. Cuando concluyó la ceremonia fúnebre, y todos se retiraron, descubrí qué era lo que molestaba a Tristán, y asustaba a Adela. Se materializó una presencia con la imagen del niño. Su energía no era la de un espectro. Era otra entidad. Una realmente maligna.


El ser abrió la boca, llena de colmillos afilados como navajas, y expelió una bocanada de inmundo viento fétido, con un aullido horrendo, que nos hizo tambalear, alejándonos del féretro.


Enloquecido de furia, intentaba entrar en el cuerpo del niño, que, al carecer de vida, no le servía de portal de intrusión. De puro odio, nos escupió una sustancia verdosa, vomitiva, que nos quemó como ácido al tocarnos. Nos tomamos de las manos, para crear un campo energético que contuviera en un cerco al espantoso y agresivo engendro. Logramos una débil barrera, que no lo limitaría mucho tiempo. El monstruo chocaba con ella, enloquecido de odio, para liberarse.


Debemos ir donde Adela, Tristán, para saber de dónde viene esto.


Vamos, don Edgard. Pero estoy casi seguro que es un demonio. Lo siento en la piel. Y hoy, precisamente, treinta y uno de octubre, es un día portal.


Tragué saliva. La fecha se me había pasado por alto. La fuerza del ente se multiplicaría. Adela nos recibió con una cara de profundo terror. No nos anduvimos con vueltas. Le pedí que nos diera información sobre la muerte de su hijo, para poder expulsar al maléfico ser que nos atacaba.


Lo que les voy a contar me puede llevar a la cárcel. Pero a esta altura, será un paraíso, comparado al infierno que pasé.


"Cuando tuve a Ángel, era un precioso niño normal. Al cumplir los seis meses, algo extraño ocurrió. El bebé no paraba de llorar. Parecía todo el tiempo disgustado. No era hambre, ni dolor, ni sueño.


"A medida que crecía, su enojo iba en aumento. Sus primeros pasos fueron acompañados de toda clase de maldades. Sus primeras palabras, blasfemias. Yo sentía que no era el niño que había parido. Era como si lo hubieran cambiado por otro. Pensé que eran locuras mías. Pero, en un supuesto accidente, falleció en su cercanía un sobrinito, apenas un bebito. Y yo pude ver su gesto de maligna satisfacción.


"Mi familia empezó a dejar de frecuentarme. Nadie me lo decía de frente, pero sabía que era por el niño. Luego ocurrió otra tragedia: apareció mi esposo con el cuello roto, en un nuevo y sospechoso accidente. Vi nuevamente el repulsivo gesto de triunfo en su malévolo rostro.


"Cada tanto, me llamaban de la escuela para alertarme sobre su comportamiento cruel con sus compañeritos, que le temían muchísimo.


"No me hacía falta ser muy inteligente para asociar la masacre de mascotas en mi barrio con el accionar de Ángel, que volvía de jugar por las tardes con manchas de sangre en la ropa, y una perversa sonrisa en el rostro.


"No podía dormir bien por las noches. Apenas conciliaba el sueño vigilando que mi supuesto hijo, que no sentía como tal, no se escapara para hacer daño por ahí, al amparo de la oscuridad.


"Una madrugada que me venció el agotamiento, me desperté sobresaltada, por una diabólica risita. Ante mis ojos, velado por las penumbras, con un filoso cuchillo en las manos, reía Ángel, con una mueca perversa, sacudiendo el arma ante mis ojos.


"Entendí que mis días estaban contados, y al azar del capricho de un ser malévolo, que, si yo moría, iría a parar a un orfanato, donde cometería toda clase de atrocidades.


"Entonces tomé una decisión. Muy desagradable, pero no veía otra opción. Debía matarlo. Sólo dormía un par de horas a la noche, sin horario fijo. Me dediqué a vigilarlo furtivamente. Cuando lo hallé entregado al sueño, tomé la almohada, y lo asfixié.


"No fue natural la fuerza con que se defendió. Parecía un animal salvaje, dotado de una energía sobrenatural. Si no hubiera estado convencida de que se trataba de un ser maligno, no hubiera podido llevar a cabo mi amargo plan.


"Logré mi cometido después de lo que me pareció una eternidad. Todo mi entorno pareció aliviado con el deceso del "niño". Y lo menciono sarcásticamente, señor Edgard, porque esa cosa que maté puede haber tenido el semblante de mi hijo, pero le aseguro que su espíritu no lo era. Algo se apoderó de su cuerpo cuando tenía seis meses. Algo me robó a mi bebé, y sumió mi vida en una pesadilla sin fin.


Señora Adela: temo que debo darle la razón. Creo que estamos ante la presencia de un Dibbuk, un demonio que expulsó el alma de su Ángel, que se halla en la paz del eterno descanso, para valerse de su cuerpo. Es un ente malvado y dañino. Debemos volver urgente, para que no escape, e intente ocupar una nueva víctima.


"Guardaremos su secreto, Adela. No sienta culpa, ni remordimientos. Su instinto la llevó a hacer lo correcto. Nos marchamos a buscar al sacerdote más anciano del pueblo, el Padre Gabriel, ya retirado. Pese a lo avanzado de la noche, nos atendió inmediatamente. Al escuchar la historia, no indagó nada. Nos pidió que lo esperáramos. En un breve instante, vestido con la ropa consagrada, y un maletín en mano, nos dijo:


Estoy listo, señores. Sabía que Dios me tenía una misión antes de marcharme.


Llegamos casi con lo justo. El Dibbuk ya no consideró necesario tomar la apariencia de Ángel, y se mostró con su horrenda cara infernal. Apenas nos vio, con un rugido gutural, se abalanzó sobre nosotros. El Padre Gabriel, crucifijo en mano, y rociando de agua bendita con la otra al demonio, que retrocedió chillando, procedió a leer los textos sagrados.


El féretro se sacudió hasta arrojar al piso al cadáver del niño. Fue algo espantoso. Los ornamentos de adorno, las cruces colgadas en las paredes, volaron por los aires. Con Tristán unimos manos y pensamiento en oración para respaldar al Padre Gabriel.


El Dibbuk parecía furioso. Reventaron los vidrios de las ventanas. Los trozos atravesaron el aire como cuchillos asesinos. Cuando ya creíamos que no se rendiría, el ser escupió una llamarada de fuego hacia la cruz del sacerdote, que no la soltó, pese al dolor de la quemadura.


El crucifijo, de simple madera, transmutó en luminoso cristal. Cuando el rayo de luz emitido tocó al demonio, éste chilló, dolorido, y con movimientos convulsos, fue desaparecien

do en un agujero que se abrió en medio de la sala de velatorios. Horrendos gritos salían de ese hoyo tenebroso.


Asomaban garras, tentáculos, pedazos de seres inimaginables. Se cerró por fin la nefasta puerta del infierno. Se tambaleó el Padre Gabriel, sus energías agotadas. Lo asistimos de inmediato.


Gracias, amigos. Hemos vencido al mal. Déjeme obsequiarle, Edgard, esta cruz. Es testimonio de la fuerza de la fe. De la luz doblegando la oscuridad. Hoy la cruz de cristal ilumina con sus rayos benignos mi querida colección.


Este, amigos, es mi testimonio de un día portal, 31 de octubre, donde es permeable la barrera delgada que nos separa de las dimensiones más oscuras. Los espero, mis queridos amigos, para contarles más historias.


Que pasen una excelente noche de brujas, y un muy buen Día de los muertos.

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