El cuerpo se acaba

Ya tenía mis primeros cabellos blancos cuando aprendí a bailar. Me tomó una vida entera llegar a ese momento de felicidad en el que mi cuerpo giraba y me hacía sentir fuerte, toda una vida el entender que podía hacerlo, sin embargo, cuando mi cabello se llenó de canas blancas, uno de mis tobillos se debilitó y terminé en una silla de ruedas.


Mi cuerpo se marchitó mientras yo veía la vida desde la silla, aun así levantaba las manos para fingir que bailaba, pero su sombra parecía más bien un monstruo acechándome.

El salir a la calle se había dificultado, poco a poco esta casa se estaba convirtiendo en una prisión para mí, hasta que un día terminaría siendo mi ataúd.

Como veía el mundo desde mi ventana, el mundo me veía a mí ahí, con monstruos por manos y con sombras que crecen cada vez más. Me volví una leyenda, un mito urbano, los niños pasaban fuera de mi ventana tratando de verme, yo, ya había olvidado ese mundo, sólo recordaba la música e intentaba volver a girar atrapada en esta silla.


Con el tiempo mi cuerpo se empezó a romper, la leyenda se volvía cierta, mis manos se deformaban y parecían garras y mi cerebro me confundía. Sin saberlo, yo me volví el monstruo.

La silla que cuidaba de mi cuerpo se volvió parte de mí, me hundió en ella y me volvió una sombra más en la casa, una sombra que extrañaba bailar.


Aún al día de hoy hay quienes hablan del ruido de las ruedas, de la música que tarareo y de las garras que se reflejan en las paredes, pero yo sé que que todo eso es un mito, mi cuerpo se rompió desde el primer día que me senté en esa silla, todo lo que queda es un eco del monstruo que alguna vez fui.




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