• Edgar, el coleccionista

Deepweb

Estaba trabajando en mi escritorio, cuando mi asistente, Tristán, entró para anunciarme una visita, con cara de profundo desagrado.

-¿Qué te ocurre, mi amigo?

-Hay un caballero que desea hablar con usted. Trae una energía muy extraña, señor Edgard. Y no se retirará solo de aquí.

-No comprendo lo que dices.

-Lo verá usted mismo, si me permite hacerlo pasar.

-Por supuesto.


Entró un sujeto finamente vestido, de porte imponente y desenvuelto. Se presentó como René, sin aclarar si era su nombre o apellido.


-Estimado caballero: me han hablado muy bien de usted. Maravillas, realmente. Es una lástima el receso económico que estamos sufriendo todos. Y teniendo en cuenta su enorme prestigio, sería una pena que su actividad comercial se viera resentida por estas adversas circunstancias, ajenas a su excelencia y profesionalismo.

-Es verdad que no estoy exento a la depresión de divisas que nos acontece. Aun así, me gusta pensar que lo que ofrezco es un servicio, más que una transacción comercial. Pero no me comenta todavía a qué debo el honor de su presencia.

-Verá, Edgard. Soy un empresario, como usted mismo diría, de servicios, también. Estos son variopintos. Soy una persona que cubre campos desatendidos por el común de las empresas tradicionales. Hoy por hoy, mi acción se desarrolla en internet. Los tiempos han cambiado, Edgard. La gente tiene necesidades y pulsiones nuevas. Lo que socialmente es repudiado, por prejuicios sin sustento, encuentra un lugar en la red profunda, sin hacer daño a nadie.

-René: me está poniendo nervioso. ¿Quiere hablarme claro y sin vueltas?

-Solo estaba poniendo un contexto. Existe un grupo selecto de personas que tiene un gusto algo particular, que disfruta muy especialmente, y paga muy bien por ese placer. Verá: atesoran ver el proceso de putrefacción de un cadáver, tanto en tiempo real, como adelantando la filmación, tal como se ve la apertura de una flor, con la paciente toma de imágenes, aceleradas técnicamente. Yo tengo la tecnología para colocar dentro de un ataúd cámaras infrarrojas que capten el paso a paso del proceso para ser transmitido a mis clientes en la Deep Web, con excelentes ganancias. Las nuevas costumbres funerarias, donde predominan las cremaciones, y entierros tradicionales con personas inescrupulosas, que después de pactar conmigo la inserción de los elementos que le mencioné en los féretros recurren a chantajes y presiones odiosas, ya que nuestra sociedad retrógrada hace que mi negocio no sea considerado legal, me lleva a proponer este negocio a caballeros prestigiosos como usted, de lugares discretos, en pueblos alejados.

-Me ha dejado sin palabras. ¿Quiere violar el descanso de un cadáver para que un grupo de pervertidos se regodee viendo cómo se pudre? ¿Entendí bien? ¿Qué clase de enfermos pueden disfrutar con algo tan retorcido e inmundo? ¡Y usted lo comercializa!

-¡Por Dios, señor Edgard! ¡No estamos hablando de pedofilia, ni de prostitución! Es simplemente un disfrute poco convencional, lo admito, pero nadie sale dañado. Y le aseguro que si le menciono las cifras que están en juego, sus parámetros morales se ampliarían bastante. Estamos hablando de un negocio millonario.

-René: la gente me confía a sus seres queridos para brindarles su último descanso y homenaje de despedida, no para transformarlos en un espectáculo retorcido y abominable para enfermos mentales en internet. No estoy pasando un buen momento económico. Es muy cierto. Pero ´´mis parámetros morales´´ no son negociables. Me veo obligado a rogarle que se retire, por favor. Y que no se acerque a los empresarios fúnebres de los pueblos cercanos, porque me encargaré personalmente de que le cierren la puerta en la cara.


Lo que me propuso me asqueó totalmente. Una mueca de desprecio le atravesó la aristocrática cara.

-Lamento su falta de miras y estrechez mental. Como excepción, por si lo reconsidera, le dejo en mi tarjeta. Consúltelo con la almohada, y se dará cuenta de que se pierde una excelente fuente de ingresos por algo que no perjudica a nadie.


Me dejó su tarjeta en mi escritorio, y dedicándome una última mirada altiva, dio media vuelta hacia la salida. En cuanto hizo este movimiento, el aire vibró con una energía que me erizó la piel. Un innumerable cortejo de espectros, en un terrible estado de putrefacción infecta, lo siguieron de cerca. Me miraron llevándose dedos descarnados sobre las bocas reventadas de pústulas descompuestas, indicándome que callara lo que estaba viendo. No los defraudé. Uno de ellos señaló la tarjeta, que se carbonizó, quedando transformada en un pedazo de metal oxidado: la pequeña chapa de una lápida, con un epitafio terrible para René.

Posteriormente la guardé para mi colección. Escuché la voz entrecortada de impresión de Tristán despidiendo al arrogante René, ignorante del cortejo que lo acompañaba para cobrarse la ofensa que él creía inexistente. Cuando estuviera solo en su cuarto, sus ´´parámetros morales´´ cambiarían drásticamente.


No soy muy amigo de la tecnología. Ignoro cómo ingresar a la Deep Web. Pero si de algo estoy seguro, es que en sus profundas y tétricas aguas, habrá un empresario menos navegando. Y muchos sujetos carecerán de su espectáculo de cuerpos degradándose inmundamente dentro de sus ataúdes.


Tengan cuidado, mis amigos, cuando ingresan a internet. Cosas realmente terribles acechan ahí. Los saludo, profundamente, esperando su visita en La Morgue.




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