BODY COUNT IS IN THE HOUSE

Autor: Javier Lobo


Cierro los ojos mientras me concentro. Subo muy despacio la cremallera de mi traje estanco y me preparo mentalmente para lo que voy a hacer. Me ajusto la mascarilla sobre la cara, haciéndome parecer una versión aséptica y retrofuturista de un piloto de combate de la Segunda Guerra Mundial. Finalmente, me ciño los guantes. El nitrilo emite un chirrido de protesta cuando se amolda al contorno de mis dedos.


El hedor ya no me llega gracias a los filtros de la máscara, aunque tampoco me molesta especialmente. Saco el manojo de llaves que me ha dado la familia, busco la que corresponde, y abro. Las cortinas se agitan movidas por un viento frío que barre las calles atestadas de coches mientras el plomizo sol del mediodía se filtra por la ventana, haciendo que el aire de la vivienda se convierta en una masa tangible, densa y pestilente.


Soy recibido como un coro de moscas, ángeles de la muerte que danzan al son de un macabro coro celestial permitiéndome el acceso a la devastación que Hades vomitó en este lugar.

Una sirena aúlla en el aire, hiriéndome los tímpanos. Restos de proyecciones de sangre en las paredes. Vómitos por el suelo. Comida podrida sobre la mesa del salón con el servicio completo para cuatro comensales. Todo tendría una pinta estupenda cuando fue servido, pero las altísimas temperaturas estivales hicieron que comenzara el proceso de putrefacción, y mis entomológicos acompañantes se dieron un festín.

Con eso, y con los cuatro fiambres que había en esta habitación, claro que de eso ya no queda ni rastro. Se los llevaron los de la funeraria después que el forense hiciera su trabajo, con los de la Policía científica pululando por todas partes como moscardones con sus cámaras, haciendo fotos de todo, pasando sus pinceles y descubriendo huellas en lugares en los que antes no había nada, como por arte de magia.

Me inclino en una reverencia de respeto a los difuntos mientras sonrío. Pulso el botón de mis auriculares bluetooth, aprovechando que mis guantes aún son estériles, y la música se derrama en torrente por la cuenca de mis oídos.

Suena la versión de Body Count del Hey Joe de Jimi Hendrix


Sí, este es mi negocio. Gracias a esto me gano la vida: limpio lugares en los que se han cometido crímenes. Bueno, y en donde haya aparecido un muerto con muy malas pintas, por norma bastante podrido, ya con los fluidos licuándose fuera del cuerpo y con las cucarachas campando a sus anchas por el bufet libre que los hados han dispuesto por pura chiripa.

La verdad es que es el negocio de mi familia desde hace un montón de tiempo, y la verdad es que no me apetece mucho que me pregunten cuánto, porque no soy capaz de decir quién fue el primero que se metió en esto de ganarse el pan con la muerte.


De una manera u otra, la muerte siempre ha puesto un plato de comida caliente en nuestra mesa. Hasta mi bisabuelo, todos fueron enterradores. De hecho, hubo ramas de la familia tan prolijas que iban de un pueblo a otro para llevar a cabo inhumaciones en lugares en los que no había sepultureros. Algunos ganaron verdaderas fortunas por esos entonces durante las épocas de epidemias, como la viruela, la gripe, la tos ferina, y alguna que otra más.

Mi abuelo tuvo un poco más de ojo clínico y decidió diversificarse: viviendo en una aldea perdida de la Galicia más rural, no solo era el enterrador, sino el practicante, lo que vendría a ser por entonces un médico rural. Sin estudios en medicina, aunque aprendiendo por pura observación, hizo una buena bolsa que le permitió que mi padre se pudiera marchar a la Facultad a estudiar medicina, mientras otro de sus hijos seguía con la tradición familiar.

Y así hasta llegar a mí, la oveja negra de la familia. ¿Por qué? No tengo cabeza para estudiar medicina; de hecho, mi hermana es cirujana y mi hermano forense. Ni he seguido con la tradición de cavar y sepultar ataúdes, principalmente porque no soporto los llantos de la gente. Me pone especialmente nervioso.


Bueno, más bien me pone agresivo, muy agresivo.

Empecé limpiando para funerarias, como la de mi tío, pero pronto quise hacerme independiente, pero no tengo ojo empresarial, y una empresa de limpiezas especiales no funciona bien si no tiene encargos, y la limpieza de escenarios truculentos no es algo que se dé todos días, por lo que tuve que crear mis propios escenarios.

Es curiosa la cantidad de maneras de morir que tiene la gente. Por ejemplo, los ancianos. Es increíble la cantidad de personas que mueren solas, sin que nadie se entere. En Japón le tienen un nombre y todo: kodokushi. Yo me limito a acelerar el trámite: una caída en la bañera o por las escaleras, una ingesta equivocada de medicamentos, y todo un clásico: el suicidio. Si descubro que el anciano es cazador, la cosa se simplifica enormemente. Y me deja mucho por limpiar, con lo que mis honorarios aumentan, por emplear productos especiales para la desinfección y esterilización del lugar, sobre todo para evitar todo tipo de infección por pseudomonas, que pueden resultar letales.

En este caso, era un narco y tres matones que estaban escondiéndose de la poli, y de cuya presencia me enteré por pura casualidad. Vine, estudié el lugar y llamé al timbre bisturí en mano. Entré por la puerta dando estocadas y lanzando cortes al aire, y salí por el ventanal de la terraza, justo donde había aparcado. Todo sucedió deprisa y en silencio al ritmo de Body Count y su Body Count is in the house, y nadie se enteró de nada. Al cabo de nueve días, y a una media de treinta y siete grados Celsius día, los resultados no se hicieron esperar.

Contactó conmigo la familia propietaria del inmueble, que tenía el contrato de arrendamiento a unos amigos que venían a pasar el fin de semana: cerveza, playa y algo de sexo a la orilla del mar, aunque creo que se les fastidió el plan un poquito.

Y así seguirá siendo, porque, de lo contrario, servidor no come, y no soy el más listo de mi familia, y no me apetece tener que cavar tumbas en la tierra y aguantar lloros y llantos de gente que no me importa en absoluto.



Ahora, si me disculpan, tengo un trabajo que cumplir y suelo ser muy meticuloso y concienzudo en mi labor, y no me gusta faltar en el cumplimiento de mis contratos.

Ain’t no hangman gonna… Get a rope around me…




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