• Leanan Sidhe

Batallas



Llevo 4 mil años en el planeta tierra, he recorrido ríos, montañas, lagos y mares desde mi llegada, siempre buscando guiar a las almas que se desprenden de su cuerpo.

Durante todo este tiempo me negué a muchos placeres humanos, me prohibí ser como ellos, sin embargo, me enamoré...


Todo pasó en la época llamada edad media, donde enfermedades, guerras e ignorancia gobernaban el mundo. Pero he de decir que es la esencia de la vida en la tierra, siempre existen esos 3 elementos.

Él era un caballero que se perdía entre todos los demás, su armadura lo hacía ver más guapo, más alto, más fuerte.

La primera vez que lo ví estaba moribundo, le habían clavado una espada de bajo de la costilla, no creí que sobreviviera, por eso lo encontré, entre todos los demás cuerpos enterrados en lodo, tomé su mano para poder

llevarlo, cubrirlo con mi manto y alejarlo de éste mundo infernal.

Al momento de rozar su piel él me apretó la mano, sentí su calidez, sentí cómo sus venas seguían llenas de vida. Volteé para observarlo y nuestros ojos se encontraron, nadie me había visto con tanta bondad ni honestidad, sus ojos me pedían perdón, perdón por seguir vivo, perdón por no poder llevarlo conmigo.

No tuve más opción que dejarlo.


El suceso lo cambió, después de conocer la muerte la vida cambia, se volvió obsesivo conmigo, me quería encontrar, me quería volver a ver aunque yo me lo llevara.

Siguió luchando en batallas, arriesgando la vida, le gustaba, quería sentir que estaba a punto de irse solo para poder verme.

Nos encontramos en 3 ocasiones, él me sonreía y me pedía que me quedara, tuve que negarme, estaba contra las reglas, yo no podía llevarlo si su corazón seguía latiendo.

Fue así que la tristeza lo consumió, lo hundió, pasó años en la miseria, en la hambruna, nada lo hacía recapacitar, me llamaba, me esperaba con ansias. Pero no era su tiempo, no podía adelantarme, sufrí con su agonía, con sus deseos. Hasta que un día, un bendito jueves él cerró los ojos para siempre. Cuando lo encontré estaba irreconocible, el cabello largo, sucio, canoso, su rostro cubierto de arrugas, sus manos llenas de heridas, la piel pegada a los huesos. Había tenido una larga vida.

Tomé su mano y pude extraer su alma, nos reconocimos, un abrazo de amor y alegría me brindó mientras yo me lo llevaba.

Estaba tranquilo, estaba feliz de al fin poder estar conmigo.



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