Recuerdos desde la oscuridad

Desde hace una semana una voz me despierta en punto de las cuatro cuarenta y cinco. Susurra a mi oído palabras roncas que no entiendo: Ardet non lucet… El sueño es recurrente: está el desierto, no hay nadie, observo todo desde el horizonte; el viento comienza a soplar y la arena se eleva tapando el cielo estrellado. Una mujer camina desnuda en medio de la tormenta de arena, su piel es verdosa, sus caderas respetan el ritmo de la sensualidad del péndulo, dos serpientes anudan su cuello, el sol sobre su cabeza y la luna a sus pies.

Despierto y en los pasillos del departamento se escuchan pasos pesados. Ardet non lucet, repito entre dientes. Me miran, sé que alguien me mira aunque la habitación esté vacía. No soy creyente, sin embargo puedo ver que debajo de ese marco de la puerta hay alguien, aunque pueda distinguir sin obstáculo alguno la entrada a la otra habitación. Puedo ver el color de sus ojos. Me quedo inmóvil. El pecho comienza a arder y la respiración es difícil. El sol se escurre por la ventana. Las sombras se han ido. No hay pasos en el pasillo. La paz del amanecer.

Le he pedido a Graciela que me permita quedarme a dormir en su casa. Me dice que solo podría darme alojo por una semana, que sus padres llegan a la ciudad y que sería bueno ver a un especialista. Yo sé que las cosas que veo son reales, le digo. Deberías probar con un sacerdote, es lo que siempre responde. ¿Pero qué me va a decir? ¡Que es mentira? De niña solía ir con la Madre Superiora para contar lo que el padre Octavio hacía a las nenas del kínder. Un día el diablo va a venir en la noche y te va a sacar los ojos. Durante años ponía crucecitas en la entrada y en las ventanas de mi habitación. Un día cuando el Padre Octavio tocó mi cabeza colapsé. Fui internada durante una semana en una clínica del sueño. Mi madre prefirió no hablar del tema. Comenzaron a darme clases particulares. Desde ese momento comencé a confundir las letras y escribir la palabra “obsesión” resultaba un reto que terminaba siempre en lágrimas, porque aunque conocía que llevaba doble “s” terminaba escribiendo contra mi propia voluntad: obsceción.

Mi madre se hace vieja y espera que vaya a visitarla. Graciela me dice que está cambiada, que tal vez sería mejor irme a vivir con ella mientras todo se calma, además te necesita, remata la frase con cierto sentimentalismo que me provoca nausea. Preferiría vender mi casa antes de regresar con ella. Me quedaré en este hotel mientras decido qué hacer. Ayer me llegó el anuncio de “La casa de piedra”, un remate realmente tentador. Para comprarla solo necesitaría vender mi casa en el campo, aunque mi deber sería avisar a los posibles compradores que llevé hace una semana a ver la casa. Estoy segura que de decirle la cifra la comprarían sin pensarlo. Pero hay algo en ellos que no me causa confianza. Además, pienso que de vender también el departamento podría hacer las adecuaciones para restaurar todo su exterior y comprar los muebles.

Tuve un sueño mientras dormía en este hotel. Estaba en mi departamento, era de día, una mujer caminaba desuda por todo el departamento. Es tiempo de irte y continuaba preparando el desayuno.

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