El pueblo del abuelo

Desde muy pequeña conozco el lugar donde mis abuelos crecieron, dos veces al año lo llegamos a visitar para alejarnos de la ajetreada vida en la ciudad, es un lugar muy tranquilo y silencioso. Se encuentra escondido entre cerros de la sierra madre y para llegar a él hay que saberse muy bien el camino, pues no hay carretera alguna que te pueda ir guiando, solo la intuición y la memoria.

Cada que llegamos los pocos habitantes de las pequeñas casas distribuidas 1 por cada 5 km se asoman curiosos al ver la llegada de una nueva visita, no es nada frecuente que entren coches a ciertas horas de la mañana.

Ahí todos se conocen y las noticias corren más rápido de lo que uno quisiera. Cuando nos acercamos un poco más a nuestro destino, la gente más cercana ya nos está esperando pues ya fueron avisados de nuestra presencia.

La rutina siempre es la misma, saludar, desempacar, cambiarse de muda de ropa por algo más cómodo, ir a visitar a cada pariente del lugar y terminar comiendo y bebiendo en cada una de las casas.

Esta vez la sensación del mes está en boca de todos, al parecer la mayoría que sale a caminar por las noches se ha topado con un animal que se comporta “diferente” a todos los demás.

Varios dicen que se puede observar que es demasiado inteligente y que hasta con los ojos se ha comunicado con ellos, tiene unos enormes dientes que solo muestra en forma de sonrisa porque jamás lo han visto enseñarlos de forma maliciosa. Sus patas son largas y las delanteras más gruesas que las traseras, su cola es larga y peluda, cuando la describen me imagino la cola de un caballo. En la estatura del animal nadie coincide, unos dicen que es del tamaño de los árboles, otros que es de la estatura de los hombres, la verdad es que nadie ha estado tan cerca de él como para poder saber realmente su tamaño.

Ninguno de ellos parece estar asustado porque hasta ahora lo único que hace es pararse a observar sin hacer otro movimiento, yo tengo curiosidad, jamás me he topado con algo así y quisiera verlo de cerca.

En el atardecer voy preparando mis cosas en una pequeña mochila para mi expedición, meto una linterna, botella de agua, una resortera que me compró mi papá hace meses, otra chamarra por si tengo más frío y unos guantes. No me atrevo a pedir permiso porque ya sé la respuesta así que espero que todos se duerman para poder escabullirme a media noche sin que ellos lo sepan.

Ya que estoy afuera el aire nocturno y frío acaricia mi rostro y me deja una sensación de frescura que termina por despertarme y darme la energía necesaria para empezar mi viaje.

Con mi poca experiencia podría decir que estamos a -1 grado de temperatura.

En éste lugar no hay postes de luz y todas las casas tienen apagados sus focos, así que la luna es lo único que alumbra, es tan intensa su luz que no tengo la necesidad de sacar la linterna porque claramente se puede ver el suelo y los alrededores.

Camino por la vereda como si fuera a visitar a los parientes más próximos y lo único que escucho son mis pasos chocando con la tierra y alguno que otro animal entre los cerros.

Después de caminar una hora empiezo a perder la esperanza de poderme topar con aquel misterioso animal, así que decido caminar de regreso mientras voy planeando mi siguiente escapada para la noche siguiente con la diferencia de caminar en otra dirección esperando tener suerte.

A mitad de camino escucho el crujir de una rama, mi corazón se acelera, siento como toda mi piel se pone de gallina, intento respirar sin hacer ruido pero resulta imposible, siento que mis latidos se escuchan fuertemente y solo cierro los ojos antes de atreverme a voltear con aquello que esté tras de mí.

Tomo unos segundos esperando escuchar algo más y me encuentro con el sonido de una segunda respiración, me tranquilizo pensando que escucho la voz de alguien más queriendo saludar o preguntarme qué hago a esas hrs fuera de casa, pero nadie responde.

Cuando volteo me encuentro con una bestia enorme, tan cerca de mí que podría matarme de un rasguño. Todas las descripciones aciertan perfecto con el animal excepto la de su tamaño, está sentado y es unos 30 cm más grande que mi estatura. Por primera vez temo por mi vida pero recuerdo que no ha atacado a nadie y eso me tranquiliza.

Subo la mirada poco a poco temiendo mostrarme superior o sin respeto. Cuando me topo con sus ojos me hipnotizan de inmediato y me pierdo en enorme pupila negra rodeada de un brillo ocre.

En ellos puedo ver la creación del universo, algo me dice que él es tan antiguo como la vida en la tierra.

Nos quedamos observando varios minutos y siento cómo mis manos se están congelando poco a poco, la sangre de mi cuerpo se está enfriando pero temo moverme y perder aquella conexión que estaba buscando.

De un momento a otro noto cómo se va formando una sonrisa en el rostro del animal, aquello no me da confianza pues sus enormes dientes se ven my afilados. Empiezo a retroceder y siento que mis pies hacen todo el ruido del mundo, el animal se para completamente y comienza a acercarse, sus ojos se tornan rojos y aquella sonrisa se convierte en algo feroz, quiero comenzar a correr pero mis piernas no responden, tropiezo y solo logro cubrir mi rostro con mis brazos gritando desesperadamente y llorando ante mi final.

De entre los árboles sale una persona con un leño encendido y comienza a decir varias frases en un dialecto que desconozco, el animal poco a poco se va haciendo pequeño y sus ojos se van tornando ocre de nuevo, termina siento tan pequeño como un perro y comienza a correr para perderse entre la oscuridad.

El hombre, de unos 60 años, me extiende la mano y me ayuda a pararme después de todo el ajetreo.

Se ve furioso, me pregunta que qué demonios estoy haciendo sola a esas horas y por esos rumbos, yo solo le cuento lo que había escuchado y que mi curiosidad fue más grande que todo.

Él me comienza a narrar que hace poco una maldición cayó en el pueblo, los habitantes perdieron a sus hijos pequeños sin saber que es lo que estaba pasado hasta que uno de los viejos más sabios se topó con el gran animal, hablaron el mismo idioma y acordaron que no tocaría a nadie del pueblo, pero que cuando llegaran nuevos visitantes harían todo lo posible por entregarles el cuerpo de alguno de ellos.

Así fue como yo caí en la trampa, siempre algún curioso que quería conocer a la bestia de la que todos hablaban terminaba entre los dientes de tal animal.

Regresé a casa esperando no hacer ruido, aquella noche ya no logré dormir y a la mañana siguiente inventé una excusa para poder regresar de inmediato a la ciudad, nunca más volví al pueblo, por más que mis abuelos me animaban siempre encontraba la excusa perfecta para no volver.

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