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4:00 a.m.

--¿Policía? Vengan pronto… 

Ensayo la manera en cómo podría decirlo. Estoy fuera de mí. Soy capaz de observar mis movimientos y pensar fríamente. Recorro los pasillos. El aire muerto, las paredes y tapices marchitos; los aullidos de un perro afuera. Recuerdo que estoy en casa. Me siento sobre la cama, el mechón rojizo de su cabello que horas antes tuvo vida. Lloro y no quiero. ¡Policía! ¡Policía!

¡Venga pronto! El perfume en la habitación, el gato lamiendo la carne en la cocina. ¿Dónde estoy? 

Conocí su casa, calle nueve, esquina con la once. Durante semanas fui a tomar café en la cafetería frente a su casa. A las siete de la mañana, un baño con agua fría; a las ocho, un desayuno ligero. Estudiaba en casa libros en idiomas que no conozco. Semanas enteras de viajes sin saber nada de él.  En las noches, entre nueve y diez, una larga caminata en el parque. Ahí lo conocí. Unos ojos oliva me miraron a mí, no a ella. Guardaba una foto de ella en su habitación, adentro del clóset. Ojos oscuros y profundos, un rostro que no puedo recordar. Pero la mirada.  Él apoyaba su hombro derecho sobre ella, sonreía, cosa que no hace a menudo. Una relación discreta. El fondo: montañas sin sol. 

Cuelgo la bocina del teléfono. ¿Qué decir? Lo sobrenatural no existe, es la naturaleza invisible de las cosas. Lloro y no puedo dejar de llorar y no quisiera haber hecho lo que hice. 

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