La inocencia

La noche en que llegó el Cuervo, la chica tuvo que esconder a la inocencia.

La ocultó debajo de su cama procurando que nadie la viera, nunca había visto un monstruo antes y no sabía de qué era capaz.

El Cuervo se veía asustado pero aún así no debía de confiarse; en algún lugar había escuchado que los monstruos comen niños, que los despedazan para poder tragarse su alma pura, que es la inocencia lo que buscan, entonces tenía que esconderla.

La inocencia nunca se imaginó estar lejos de la chica, habían nacido juntas y siempre había estado a su lado, pero esta noche era distinto, había miedo y del miedo uno tiene que correr.

Estaba debajo de la cama viendo cómo el monstruo se acercaba a la chica. Vio sus garras y sus plumas negras, se tapó la boca para no respirar, pensó que si no hacía ningún ruido podía ser invisible, pero el Cuervo sabía que ella estaba ahí.

Vio cómo la chica dejaba que el Cuervo se acercara, él le murmuró algo al oído y ambos asintieron en un acuerdo. El monstruo se agachó y jaló a la inocencia fuera de la cama.

-Enterrémosla donde no olvidemos su lugar, donde siempre puedas regresar a visitarla.

Ambos cargaron su cuerpo y la llevaron al jardín, ahí cavaron un espacio y pusieron el pequeño cuerpo en la tierra. La inocencia gritaba pero la chica comenzó a cubrirla con tierra.

-Adiós niña- dijo la chica echando el último montón de tierra.

El mundo se apagó para la inocencia que ahora vivía encerrada en la tierra húmeda. Cuando gritaba su boca se llenaba de insectos y cuando lloraba su rostro se volvía lodo, sólo le quedaba soñar con que algún día el monstruo volvería y la reuniría con la chica.

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