Las chicas NO felices.

Ahí estábamos nosotras, a unos pasos de la puerta para entrar y sentíamos como la ansiedad nos empezaba a recorrer. Dimos unos pasos y entramos, es raro cómo cuando te rodeas de gente de pronto ya te vuelves una persona normal, ya eres uno más de ellos. Estás ahí entre la multitud, nadie parece haber escuchado historias de demonios acosándolos en las noches, nadie cuenta cuentos de cómo la ansiedad los hacía morderse hasta sangrar, no, ellos ven otro mundo. Era una turista en el mundo de los felices, me sudaban las manos, no eran los nervios de estar ahí, fue como un saberme distante.

-Ansiedad social- susurró en mi oído mientras yo planeaba cada paso a seguir.


Caminar en el mundo de los felices siempre sonó como algo imposible, solía pensar que eran especímenes extraños, pero entre ellos nos difuminábamos. Logramos escabullirnos hasta una esquina, es extraño cómo creciendo como parte de los invisibles logras el superpoder de localizar un lugar donde no ser visto. Le tomé la mano, ella me sonrió, me daba gusto saber que éramos dos, no estaba sola en un universo adverso.

Desde mi esquina pude ver cómo a las chicas bonitas las invitan a bailar, cómo la gente ríe sin pensar que hay alguien en un rincón escondido entre las sombras esperando poder vivir su vida.

Hubo fotos y yo sonreí en ellas, en el futuro la gente las verá y preguntará quiénes somos.


Avanza la noche y las preguntas extrañas empiezan a surgir, ellos quieren saber cómo se coló alguien no feliz a su fiesta, cómo es que alguien así llegó tan lejos. Hacen preguntas sobre mi cuerpo, quieren tocarme e intentan abrazarme como si esa fuera alguna forma de empatía. Cuando me soltaron caminé hacia el baño, cerré la puerta con ella dentro, nos abrazamos, me sostuvo mientras lloré ahogando mis gritos y mientras chocaba mi cabeza contra la pared. Quiso hablarme pero es muda, se acostó en el piso para abrazar mis pies mientras las lágrimas escurrían por mi cara. ¿De qué sirve ser invisible si vas a ser visto para poder ser humillado? ¿De qué servía que mi única compañía susurrara su dolor en mi oído si sólo yo podía escucharla?


-Vámonos. - Le dije mientras la ayudaba a levantarse del suelo, vi sus brazos rodeando mi pecho. Irme no es algo que yo sepa hacer, me da más miedo irme que encerrarme en la oscuridad a esperar que todo pase, pero esta vez no estaba sola y ella me daba valor.


Salimos de la puerta mientras llovía.

-Ansiedad social- volvió a decir

-No - respondí - es que este no es nuestro mundo.


Caminamos alejándonos del lugar, ella se subió a mi espalda y empezó a trepar por mi cabello. La lluvia caía sobre nosotras. Reí. Ellos nunca entenderán a los no felices, no estaba triste ni estaba sola, tenía al cuervo conmigo.

Mis lágrimas se iban junto con la lluvia, me gusta creer que en algún lugar llueve con mis recuerdos y alguien ríe de su falta de felicidad.

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