Alas de Cuervo

Fragmento del libro de terror: Alas de Cuervo.

Decimosegundo cumpleaños

Ese día fue el último que celebraron juntas.

Daphne regresó para recoger el envase de palomitas y colocarlo en el bote de basura. Miró hacia la sala, el chico que trabajaba en el cine aún estaba limpiando. Decidió ayudarlo recogiendo otros envases que tampoco habían llegado al bote, esperaba que el chico no se fuera a casa tan tarde.

—Apúrate —le pidió su mamá, desde la puerta de la calle—. Ya van a ser las nueve y media.

Daphne corrió hasta ella, dio un brinco y se colgó de su brazo. Ambas trastabillaron y casi cayeron al suelo encharcado.

—¡Oye! —se quejó su mamá—. Por poco me tiras.

—Ay, solo te levantas y ya.

—Mereces un par de chanclazos, mocosa. Espera a que te tenga cerca.

Daphne corrió alejándose y riendo. Su mamá sonrió también, se apresuró para acercarse a ella.

Ambas tenían la misma estatura, casi la misma complexión y, de no ser porque se notaba solo un poco la diferencia de edad, podrían pasar por hermanas; excepto por la tez clara de Daphne y sus ojos. Su madre siempre solía culpar al hombre desconocido que la dejó embarazada y que luego se largó, así nada más. «Es culpa de ese hombre que tengas la piel clara». Más bien, para su madre ese hombre tenía la culpa de todo, de los ojos azules de Daphne o incluso de que ella fuera tan malcriada.

—¿Mocosa yo? ¡Ña! —se burló Daphne, empujándola para que tropezara y luego huyó.

—¡Vas a hacer que nos arresten!

—¡Entonces corre! Ya solo faltan veinte minutos para el toque de queda.

Daphne se subió a una jardinera de cemento mientras su madre caminaba apresurada al lado de ella. Había más gente corriendo, otros pasaban en bicicleta y algunos caminaban sin tanta prisa confiados de que llegarían a tiempo a sus casas. Al bajar de la jardinera, Daphne se topó de frente con un hombre grande que fumaba en una esquina, traía una boina que le brindaba una ligera sombra en la cara, ella se disculpó intimidada por sus ojos fríos. Por el uniforme se trataba de un policía esperando las diez para comenzar a arrestar a quienes violaran el toque de queda. Esos policías siempre daban miedo. Lo ignoró y corrió al lado de su madre.

—Oye, Niki —le dijo a su mamá mirando el cielo estrellado—. ¿Por qué no te casas?

—¡Otra vez con eso! Porque no quiero —gruñó ella.

—¿No te gustaría tener un hombre contigo, Niki?

—¡Que no!

—¿Qué te parece tu jefe? Es guapo.

—Fuma como chimenea y a mí no me gusta ese tipo de hombres.

—¿Y el vecino que te mira como si fueras un pastel de chocolate?

Niki siseó y le golpeó el hombro. Daphne solo rio por sus bromas y se alejó para evitar otro golpe.

—Tu jefe solo tiene ese problema. Es amable conmigo y además…

—¡Cállate ya!

—Además le gustas mucho.

—Vuelve a decir eso y vas…

—¡Le gustas mucho a tu jefe!

Daphne continuó riendo, alejándose. La luz de las farolas creaba sombras espeluznantes en el asfalto, lucían como un ser demoníaco que perseguía a su presa con las fauces listas para devorar. Daphne comenzó a saltarlas, por esto no notó que su madre ya no la seguía. Miró hacia atrás para encontrarla intentando huir del policía que había visto antes, lo empujaba para poder pasar. Su corazón se aceleró al notarla en peligro, aún no eran las diez de la noche. Corrió hasta su madre sin pensárselo, y él se volvió con lo que paralizó a Daphne al instante. Los ojos de ese hombre brillaron en la oscuridad como los de un perro. De hecho, pareció gruñir como tal.

—Daphne, vuelve a casa.

La voz de su madre sonaba horrorizada. Tal vez quería asaltarlas, pero no tenían dinero ni nada.

No iba a dejarla sola. Miró a su alrededor. Todo estaba solitario, ya no había ni un alma que pudiera ayudarlas. Buscó en el suelo algo que sirviera como arma y encontró una piedra sobre una de las jardineras. La agarró e hizo el amago de arrojarla, pero el hombre se movió tan rápido que Daphne no notó cuándo le torció el brazo. La piedra rodó lejos de ella.

—No le hagas daño a mi hija —sollozaba su madre.

Daphne vio cómo el hombre acorraló a Niki, la tomó del cuello y la levantó

unos veinte centímetros del piso tan rápido que pareció irreal. Corrió hacia ella sin pensarlo, se arrojaría sobre ese hombre y… Algo la golpeó en la cabeza… De pronto, sin saberlo, estaba en el piso. Escuchó los gritos de su madre y la vio peleando con…

Su vista comenzó a emborronarse, se disolvió a negro. Lo último que escuchó fue el grito de Niki.

Cuando abrió los ojos vio a su madre en el suelo y a un ser monstruoso sobre ella. Algo estaba mal. Niki la miraba, pero sus ojos parecían ciegos. Daphne se limpió la sangre de la cara y trató de levantar la cabeza.

Ese ser mordía algo mientras su madre intentaba arrastrarse.

—Mamá.

El ser se volvió hacia ella. Sus ojos brillantes la miraron con dureza. Tenía sangre en el hocico y algo colgaba de su mentón.

Miró a su madre. Ya no se movía.

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