FÉRETRO DE ALTA SEGURIDAD

Recibí en mi oficina a Armando, que venía a pautar la despedida de su esposa, Rita.

La mirada de Tristán, mi querido ayudante, que alzó significativamente las cejas al hacerlo pasar, me advirtió que el hombre no venía solo. Una presencia lo acompañaba.

Pero ya contaré de eso…

_ Señor Edgard: debo hacerle un pedido un tanto particular. No me importa el costo. Espero que sea factible…

_ Lo escucho, Armando. Póngase cómodo.

_ Necesito que el ataúd de Rita tenga cerrojos bien seguros. De ser posible, un candado.

_ Todos nuestros ataúdes cuentas con cierres más que seguros. Cumplen las normas de la industria funeraria en todos sus aspectos.

El hombre se puso incómodo, y se sonrojó.

_ Le voy a contar algo, y espero no me tome por loco, o por cobarde…

_ Hable tranquilo, por favor.

_ Mi vida con Rita no ha sido, lo que se dice, un lecho de rosas. Ella era una mujer obsesivamente controladora y celosa. Me perseguía y espiaba todo el tiempo. Incluso, descubrí que mi móvil tenía aplicaciones agregadas por ella para supervisar los más irrelevantes aspectos de mi vida.

“Mis ganancias económicas, mis horarios, la gente con la que me relacionaba, mis tiempos y aficiones, eran analizados bajo su mirada reprobadora, y disponía siempre de mi dinero, horarios, salidas, amistades…

“No siempre fue así. Cuando tuvo un accidente, y le quedó la cara marcada con una quemadura, le dejó una obsesión: pensaba que yo la dejaría de amar por eso, y que la engañaría con la primera mujer que me cruzara.

“De nada sirvió decirle la verdad: su cicatriz me importaba un pepino. Solo la recordaba cuando ella la mencionaba, y en nada cambiaba mis sentimientos hacia ella: era el amor de mi vida.

“Creo que por eso le tuve tanta paciencia con sus ataques de celos e inseguridades. “Quise ayudarla, sugiriéndole la ayuda profesional de un psicólogo. En vez de tomarlo a bien, estalló violentamente, acusándome de querer hacerla pasar por loca para deshacerme de ella. Su control se volvió más y más agobiante.

“Una noche, me despertó con un cuchillo en el cuello. Fue horrible. Me dijo, entre lágrimas:

_ Si se te ocurre dejarme, Armando, te degollaré como a un cerdo. A ti, y a la vagabunda con la que me engañes. Te estoy vigilando todo el tiempo. Sé de tus gastos y actividades, minuto a minuto. Tenlo presente, cada vez que veas la quemadura de mi horrible rostro, piensa en que puedes terminar en una forma mil veces más terrible.

“Luego del espeluznante discurso, se dio media vuelta, y sacudida por sollozos, no aceptó mi abrazo, ni me permitió hablarle. Solo me repetía, entre lágrimas:

_ ¡Déjame en paz! ¡Sé que soy un monstruo! ¡Pero no te atrevas a fallarme, porque te arrepentirás!

“Desde ese día en adelante, mi vida con Rita fue un verdadero infierno.

“Quiso la desgracia que se enfermara, y su intensidad cobró un ritmo terrorífico.

“Como los médicos me confirmaron que su estado era terminal, y que ya nada podían hacer para mejorar su condición, ni impedir el avance del tumor que la invadía, decidí atenderla yo mismo en casa.

“Cuando me acercaba a asistirla, si bien me agradecía por mis cuidados, y mi permanencia constante a su lado, en cierta forma mitigaban su obsesión, comenzó con una nueva y horrible idea, que me la expresaba con una continuidad torturante:

_No te creas, Armando, que la muerte te va a liberar de mí. ¡Te juro por Dios que hallaré la forma de salir de mi tumba, y seguir vigilándote, segundo a segundo! ¡Ningún artilugio creado por el hombre me impedirá regresar de la muerte para estar contigo!

“En principio, lógicamente, tomé esas palabras como un delirio, y me dieron mucha tristeza, ya que yo no había conseguido mitigar sus angustias por el absurdo complejo de la quemadura, ni siquiera en el momento en que le quedaba muy poco tiempo de vida.

“Pero no bien falleció, Edgard, le juro que comencé a sentir su presencia. No puedo explicárselo con lógica, pero siento que Rita me espía malignamente todo el tiempo, como si me odiara por estar vivo, y quisiera hacerme daño. Debo estar loco, pero la percibo pegada junto a mí, y no dejo de captar olor a quemado…

“Sé que es ridículo, pero esa sensación constante, más las palabras sobre su promesa de regresar de la tumba, me tienen sumido en un terror absurdo.

“Sería de gran alivio para mí, si usted consiguiera un sistema de cerrojos de alta seguridad para el féretro. Era una mujer tan intensa, que no me extrañaría que consiguiera burlar hasta a la misma muerte para conseguir vigilarme…

Armando estaba avergonzado por haberme confesado sus miedos.

Yo no le dije que, en cierta forma, no eran infundados: pegado a él, en todo momento, el espectro de Rita lo acompañaba con una mirada de odio feroz, horrendamente deformado el rostro por una quemadura espantosa, de la que salía un insano humo negro.

Para no aterrar más al pobre hombre, nada le dije de mi visión, y le prometí cumplimentar su pedido.

Él se retiró agradecido, pero agobiado por la presencia de Rita, que no se despegaba de él. Armando no la veía, pero sus emociones eran interferidas por la energía dañina de la mujer muerta.

Le conté todo a Tristán. Esperamos la llegada del cuerpo, para prepararlo.

Tal como Armando nos contó, la cicatriz de Rita era irrelevante. Solo ella la veía como un defecto espantoso, y eso le había enfermado la psiquis, y amargado a su pobre esposo.

Ya lista, y maquillada, parecía una bella mujer dormida. Invocamos su presencia, orando frente a sus restos.

Llegó llena de furia, mostrando los dientes como un animal salvaje, entre la horrorosa quemadura humeante, como si quisiera mordernos, al vernos como un impedimento de conseguir su propósito de mortificar a Armando.

Le impusimos las manos, levantando las cadenas que había traído para asegurar su ataúd.

_ Rita: mira estas cadenas. Son las que tú misma forjaste al creerte que una cicatriz insignificante te quitaría el amor de un hombre que te adoraba. Aún si hubieras quedado marcada como tú creías, él te hubiera amado igual.

“Mira tu verdadera imagen: entiende lo presa que estabas de las enfermizas construcciones de tu mente.

“En principio, su odio hizo que las cadenas vibraran desagradablemente, haciendo tintinear el candado como una campana del infierno, por el malestar que producía su sonido.

“Luego, al ver su cuerpo yaciendo en el ataúd, una mirada de asombro absoluto la desconcertó al observar que los estragos que siempre creyó ver en su rostro por el accidente, habían existido solo en su mente perturbada.

“Su agobiada energía se cargó de culpa por el maltrato que había ejercido sobre su pobre marido, y amargas lágrimas de hollín corrían por su cara, de la desaparecieron las infaustas marcas de la quemadura, que había dañado más su alma que su cuerpo material.

“Con un gesto de súplica, extendió los brazos, tomando las cadenas que sosteníamos, y aferrándolas, las deshizo, cayendo los eslabones transformados en llavecitas doradas.

_ Rita, concédete la paz del descanso. Perdónate. Armando te perdonará. Él siempre te amó. Deja que ese sentimiento noble te deje alcanzar la luz…

Sin dejar de llorar lágrimas de hollín, con las manos cruzadas en el pecho, su espectro se tornó cada vez más brillante, hasta que se esfumó en chispas luminosas.

Tomamos las llavecitas del piso. Eran un símbolo de las puertas que se podían abrir con la comprensión y el perdón. La principal, la que le permitiría a Armando salir de su encierro tras los barrotes del miedo y la opresión que toleró tanto tiempo.

Al culminar el velatorio, le entregamos una de las llaves, para que la atesorara, luego de contarle la experiencia vivida, asegurándole que nada tenía ya que temer, y que Rita se había marchado en paz, consciente del amor que los había unido, y liberada del tormento de sus falsas percepciones.

Pudo irse tranquilo, para retomar una vida normal.

En una bandeja, sobre los estantes de mi colección, se lucen las llavecitas, esas que abren las oxidadas cerraduras de los miedos y complejos que nos arruinan la existencia.

Pueden venir a verlas, y usarlas, si las necesitan. Todos, de alguna manera, estamos atrapados tras puertas de convicciones erróneas que nos quitan energías y desgastan.

Los espero en La Morgue, mis amigos, con mi colección y mis historias.

Tengo toda la paciencia del mundo. Porque sé, que tarde o temprano, de igual modo, vendrán por acá.

Edgard, el coleccionista

@NMarmor





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