Un cilindro estalló en el Santafé

Autor: Agatha Alabama



Eran las tres de la tarde de un domingo cualquiera. El cielo estaba despejado y en las casas todos planchaban la ropa del día siguiente, alistaban las tareas y los almuerzos correspondientes a la semana que estaba a punto de empezar. En el barrio Santafé, en el centro de Bogotá, todo era tranquilidad a esa hora, pese al ambiente que se vivía de lunes a sábado, en el que la música a todo volumen, las peleas y los gritos de una cuadra a otra eran pan de cada día.


Camilo López y Juan Angarita se habían reunido en casa de Camilo con el fin de armar un dispositivo explosivo que usarían al siguiente día en un reconocido sector comercial. A esa hora, en el edificio de apartamentos donde vivía Camilo casi todos habían salido a almorzar, a pasear o a hacer las compras de la semana. Solo quedaban el par de amigos y dos hermanos que atendían la carnicería del primer piso.


Camilo y Juan se habían conocido en la Universidad y formaron parte de un reconocido semillero de investigación. Ambos eran estudiantes excelentes y disciplinados, más sus principios, tildados constantemente de revolucionarios, eran a menudo cuestionados por sus padres, compañeros y profesores. Esto, sin embargo, no fue motivo para detenerlos. Es más, les dio fuerzas e ideas, muchas ideas. A la perfección lograron llevar a cabo todas y cada una de ellas. Hasta este domingo por la tarde.


Tres pisos más abajo, los hermanos Hernández recordaban lo mejor de su último viaje juntos: Santa Marta, Barranquilla y Cartagena. Las vacaciones con las que habían soñado por tantos años y por las que habían trabajado durante los últimos dos años. Huérfanos de padres a causa de la violencia, Pedro y Luis Hernández llegaron del Putumayo con una mano adelante y la otra atrás, y gracias a unas cuantas almas caritativas, lograron hacerse a la administración y atención de una carnicería en un barrio popular del centro de Bogotá. Allí eran queridos por todos los vecinos y clientes, quienes los reconocían como jóvenes “verracos y alegres”. Pues bien, mientras Pedro y Luis arreglaban con delicadeza los cortes de carne, cerdo y pollo de las neveras, Camilo y Juan sellaban, con mucho cuidado también, la sentencia de ellos cuatro.


La explosión duró apenas cinco segundos, cinco segundos en los que bastaron para sellar el precoz destino de los jóvenes. Cinco segundos después, en aquel edificio de apartamentos ubicado a unas pocas cuadras del Cementerio Central de Bogotá, no quedó en pie ni un solo vidrio en las ventanas. Cada puerta de madera de cada apartamento quedó convertida en astillas, al igual que los muebles y los espejos. Una nube de polvo y ceniza cubrió los cinco pisos, las calles y las casas aproximadamente un kilómetro a la redonda. Los sueños, ideales y proyectos de Camilo y Juan se esfumaron y volaron en múltiples partículas, haciéndole honor al similar destino que sufrieron sus cuerpos. Al escuchar el estallido, los vecinos que almorzaban tranquilos en sus casas, corrieron para descifrar lo que había acabado de suceder. Minuto a minuto, decenas de personas se fueron arremolinando frente al edificio, detenidos únicamente por una cinta de Peligro que habían instalado los policías de una patrulla que, casualmente, hacía ronda a unas pocas cuadras, cuando el artefacto hechizo explotó.


De Camilo y Juan no se encontró nada, salvo sus libretas de notas guardadas en sus maletas. Allí, en esas hojas ahora a medio quemar, reposaba detallada el plan que llevarían a cabo al día siguiente, confiando en que todo saldría bien. Afuera, dos vecinos hablaban acaloradamente y trataban de identificar las causas del siniestro. Una tercera se unió a la conversación y les reveló lo escuchado hace unos segundos a los agentes de policía: la cabeza de Luis Hernández había sido separada de su cuerpo y volado por los aires a causa de la explosión. Una cuarta vecina, que estaba parando oreja a la conversación de las otras tres, se les unió soltando una pregunta:

- ¿Y se murió?





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