• Edgar, el coleccionista

Tras los muros



La casa contigua a la funeraria estuvo desocupada durante años, luego de un muy largo litigio sucesorio. Finalmente fue adquirida por un hombre de fuera del pueblo a un muy buen precio.


Don Leandro, un comerciante retirado, se presentó como nuevo vecino, ofreciéndome una cartera de inversiones en la bolsa, de lo cual desistí, pero quedé a su servicio, para guiarlo en lo que necesitara conocer de nuestra comunidad, elegida por él para descansar.


No pasó una semana de instalado en su nuevo hogar, que me tocó encontrarlo en el banco local, saliendo ambos. No parecía el hombre que siete días atrás tomaba posesión de su bella vivienda. Ojeras violáceas subrayaban unos ojos enrojecidos y hasta el escaso cabello parecía haber encanecido de golpe.


¿Se encuentra bien, Leandro?


No sé qué decirle, Edgard. Es algo confuso…


—Venga conmigo hasta mi casa. Tomamos un café y me comenta.


Llegados ya, Tristán nos recibió, asombrado del mal semblante de mi invitado.


Cuénteme, por favor.


Es algo raro lo que le voy a decir.


No se preocupe. No tenga pena.


Desde la primera noche que pasé en la casa, me despertaron unos gemidos. En principio pensé que podía ser algún gato en el tejado, y no le presté mayor atención. Con los días, esos sonidos se intensificaron, y empezaron a ser acompañados de golpes en los muros. ¿Escuchó algo usted, desde su casa?


No, para nada. Pero tenga en cuenta que no tenemos paredes colindantes: nuestros jardines separan las viviendas, con su cerca. Deberían ser ruidos sumamente estridentes para oírlos desde aquí.


Lo supuse. El tema es que ya me estoy arrepintiendo de haberme mudado allí. Porque no sólo es eso, Edgard. Cuando me he levantado a investigar, sentí unos dedos helados en mi nuca. Y el aire parecía haberse congelado. Imagínese que me di vuelta con un susto de muerte, por ese contacto, y alcancé a ver una especie de figura horrorosa: una momia pálida como la muerte misma, con la boca abierta en una espantosa mueca. Sólo permaneció unos segundos, pero casi me lleva al otro mundo.


Para más disgustos, cuando fui a la cocina a reponerme con un vaso de agua, comenzaron a sonar golpes en las paredes. Con el corazón en la mano, seguí los ruidos, que me guiaron hacia el muro central dela sala. Allí me esperaba otra amarga sorpresa: la pared frontal, al lado de la chimenea, mostraba un horrible moho, cosa impensable, habiendo sido restaurada y pintada la vivienda antes de instalarme.


Hagamos una cosa, Leandro: si a usted no le molesta, podemos ir con Tristán a ver qué ocurre. Y si lo desea, puede hacer noche aquí. Tenemos un cuarto de huéspedes desocupado. Tiene cara de no haber dormido bien hace bastante.


¡Cómo se lo agradezco, Edgard! Los espero con gusto. Los fenómenos comienzan luego de la medianoche. Si no les resulta muy engorroso, los espero a esa hora, vecinos.


Quédese con nosotros, si lo desea, hasta esa hora. Así no aguarda solo.


El hombre suspiró, aliviado. Se le notaba el temor en su rostro demacrado. Cuando llegó el horario indicado, nos apersonamos en la casa. Lo primero que percibimos, tal como nos había contado Leandro, fue la baja temperatura, pese a la calidez del clima exterior, que amenazaba con una tormenta, luego del agobiante calor.


Al pasar a la sala, Leandro emitió una exclamación: la pared que había mencionado, estaba feamente manchada con moho, hongos, y exudaba una viscosa baba verdosa, de un húmedo olor nauseabundo.


Un gemido ululante, angustioso, nos erizó la piel, a la vez que desesperados golpes se sentían en la pared. Como corolario del fenómeno, apareció la figura horrible de una mujer momificada, con el rostro estirado en una mueca de espanto inenarrable, que me recordó al cuadro ´´El grito´´.


Leandro estaba paralizado. Con Tristán nos acercamos al espectro, que extendía sus blancas y esqueléticas manos, como buscando una ayuda que jamás llegaría. Ambos percibimos una terrible angustia, un dolor indescriptible.


Tocamos su materia sobrenatural y captamos la terrible historia. La aparecida era una bella joven, casada con el antiguo dueño de la casa. En una estúpida discusión, por un tropiezo desafortunado, Amelia cayó al suelo desvanecida. Su marido, presa del pánico, y creyéndola muerta, la lapidó en el muro de la sala, sin sospechar que sólo estaba desmayada.


Falleció asfixiada, en una terrible agonía: despertó en una oscuridad absoluta, sin poder moverse, hasta desfallecer por la falta de oxígeno.


Al poco tiempo, el esposo, presa de remordimientos y tristeza, murió, dejando casa y fortuna en un litigio familiar que duró demasiado tiempo.

Si te sacamos del muro, Amelia, ¿descansarás en paz?


El espectro asintió, mientras de la pared seguía manando la horrible sustancia verdosa y nauseabunda.


Por favor, Leandro: busque algo para romper el muro.


¡Ay, Dios mío! ¿Quién me mandó a venir a este pueblo? dijo, mientras corría por herramientas.


No bien abrimos un agujero en el lugar señalado por el moho, encontramos un cuerpo momificado, con la terrible mueca de agonía plasmada en su rostro. El espectro tornó en una imagen pulsátil. Aparecía y se desvanecía.


En la última visión que tuvimos de ella, se dejó mostrar como una bella jovencita, con una sonrisa de alivio, y una mano agitándose en una niebla difusa, hasta desaparecer con un tintineo, al dejar caer una llave plateada, que tomé inmediatamente. Estaba grabada con una palabra: ´´paz´´.


Llamamos a la comisaría para dar parte del evento, que se archivó rápidamente. Don Leandro se marchó del pueblo, poniendo nuevamente la casa en venta. No creo que nos visite en los próximos años, pero cada tanto, me envía saludos y agradecimientos en forma virtual. Parece que poco a poco olvida el suceso ocurrido, o se deja ganar por la negación, ya que cuando menciona su marcha, la asocia a inconvenientes familiares, que obviamente, jamás existieron.


Nada ganaría con recordarle tal cual los hechos. La llavecita de plata, con su palabra tan significativa, forma parte de mi colección. Perdí un buen vecino, lamentablemente, pero los espero a ustedes, en La Morgue, para contarles nuevas historias que discurren por mi existencia. Y les deseo eso tan importante para todos en la vida: paz.

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