TAROT Y MUERTE

Cuando Laura se enteró de que era la única heredera de la tía Etelvina, no comprendió: la vieja bruja siempre la había odiado, criticándola y llenándole la cabeza a sus ya afligidos padres contra ella, sermoneando sobre lo irresponsable, haragana y falta de moral era la sobrina nieta.

Si nadie le ponía un freno, decía en tono indignado, la chica se transformaría en una ramera drogadicta.

En ese punto, los padres de Laura, horrorizados, calmaban a la tía, diciéndole que jamás permitirían que la muchacha llegara a semejante situación. Si bien era cierto que estaba atravesando una etapa de rebeldía propia de la adolescencia, todos juntos como familia conseguirían enderezar al “arbolito torcido” con amor y disciplina.

No bien terminó el secundario, en vez de buscar una carrera o un trabajo, Laura vivía de fiesta en fiesta, a expensa de sus padres, dormía todo el día, sin colaborar en absoluto con ninguna labor del hogar, generando desorden y malestar.

La mayoría de las peleas del matrimonio tenían como raíz la díscola hija, que se les había ido de las manos.

Justo cuando estaban a punto de darle un ultimátum en cuanto a su actitud, y correrla de la casa si no cambiaba su nocivo estilo de vida, llegó la documentación del abogado de la familia solicitando la presencia de Laura en su estudio para cumplimentar los detalles de la recepción del legado de Doña Etelvina.

La chica asistió, algo fastidiada, en principio, pensando que la mujerona le había dejado una biblia, o algo por el estilo, para informar que sus bienes pasaban a un refugio para gatos. Eso hubiera sido muy propio de la irascible tía, tan propensa a dar lecciones de sabiduría con su lengua viperina, y disfrutar el espectáculo desde el más allá.

Pero el leguleyo le informó que quedaba en posesión de la casona, el automóvil, y una cuenta bancaria nada desdeñable, con una renta por otras propiedades alquiladas que ingresaba mensualmente, con una cifra muy alta.

Laura abrió los ojos muy grandes, sorprendida de ese regalo caído del cielo: se podría largar de la casa de sus padres, que ya la tenían harta con sus consejos y quejas.

Apenas regresó a casa, comenzó a hacer las maletas y les dijo a sus progenitores:

Pónganse contentos: me marcho. Ya no tendremos que soportarnos mutuamente…

Sin cariño ni gratitud, mostrando desdén y desprecio, comenzó la mudanza, rompiendo el corazón de sus papás, que no comprendían la falta de sentimientos familiares de su hija, que se mostraba fría y desagradecida, y la extraña decisión de la tía Etelvina en legarle a esa mocosa irresponsable un verdadero pasaporte al desastre.

Al ver la casona por dentro, casi se desmaya de alegría: esperaba ver un polvoriento museo de cachivaches, y se encontró con un lugar de lujo, tecnología, buen gusto y confort.

El único ambiente que desentonaba, pero que no estaba a la vista de nadie, era el altillo, al que ingresó por curiosidad de ver qué guardaba allí la mujerona, y se topó con recuerdos de la vieja, agendando mentalmente ordenar a la mucama que contrataría, meterlos en bolsas y tirarlos, hasta que se topó con una bella cajita de madera labrada con motivos de esqueletos.

Adentro había un mazo de tarot, un pequeño librito con interpretaciones de las cartas, y una nota que decía: “Si esto llegó a tus manos, es que posees el don. Úsalo para el bien, puesto que, si no lo haces, cuando en tu tirada personal salga la carta de La Muerte, a ella le pertenecerás, y te tomará de la peor manera”.

Muerta de risa, se dijo que sería muy divertido en la reunión que tendría en unas horas con sus amigas, leerles la buenaventura.

Copas de por medio, bajando la música estridente, le dijo a Luz, luego de seguir los rituales de la tirada de cartas:

Tu novio te está engañando. Pero no te preocupes: la chica no vale nada. Pronto se presentará alguien diez mil veces mejor que él, y le pagarás con la misma moneda.

A Luz se le ensombreció el rostro.

¡Vamos, chica! ¡Arriba ese ánimo! Toma, la casa invita.

Le alcanzó un espejito con una línea de cocaína, y un billete enrollado para que aspirara.

La muchacha lo hizo, mientras todas las demás cuchicheaban, entre el asombro y la curiosidad del juego.

Laura sonreía en su interior.

Las cartas nada le habían dicho.

Ella misma se había acostado con el idiota en cuestión, que le había contado que engañaba a Luz con una jovencita muy pobre, desde el inicio de la relación con ella.

Como el tipo sabía que si la delataba perdería al proveedor de droga que lo abastecía, amigo íntimo de Laura, jamás mencionaría su desliz con ella. Pero la otra chica se evidenciaría por la cantidad de pruebas que había dejado en el camino.

En cuanto al nuevo candidato, Laura conocía un chico que estaba loco por Luz, y nada le costaría orquestar el encuentro.

A Jimena le anunció, mirando las cartas con gesto muy serio:

Debes tener mucho cuidado con el dinero: puedes sufrir un robo. Recibirás, por otro lado, una muy buena noticia…

Todas comentaron, y se arremolinaron esperando su turno.

Laura enviaría a uno de los vendedores de su proveedor de drogas a parodiar un robo, para que su vaticinio se hiciera realidad.

Y en cuanto a la buena noticia, se había enterado por el ayudante de cátedra de la carrera que cursaba Jimena, que había logrado una nota que le brindaría una beca. Era un secreto, y no se podía hacer público aún, pero se le aflojó la lengua tras una sesión en la cama, y un poco de la mercadería que Laura consumía como agua.

Se estaba divirtiendo muchísimo.

Usaba toda la información que obtenía de sus múltiples contactos con el bajo mundo y sus innumerables amantes para “leer el futuro”.

Pronto se hizo fama de ser una tarotista poderosa, que nunca fallaba en sus lecturas.

Mientras dilapidaba los bienes de la tía Etelvina en fiestas, drogas, y su nuevo entretenimiento: el casino, se volvió adicta también a hacer crecer su prestigio de visionaria espiritual, disfrutando con maldad el veneno que sembraba en sus “lecturas del futuro”, provocando discordias, enemistades, separaciones y tristezas, lo que le divertía de forma descontrolada.

Se olvidó de sus padres. Dejó de atender sus llamadas, y luego los bloqueó.

Cuando se acercaban personalmente a la casona, se hacía negar con la mucama, que anunciaba que “la señorita se encontraba de viaje”, hasta que, con el corazón partido, desistieron de insistir en contactarla.

El casino la envició al mismo ritmo que el maldito polvo blanco, que consumía cada vez en mayor cantidad.

Sin saber cómo, llegó a un punto en que tuvo que empezar a vender los lujos de la casona para solventar sus vicios, despojándose poco a poco de valores irrecuperables.

Lo que no podía dejar de hacer, eran sus sesiones de tarot, decretando desgracias, a las que a veces colaboraba en generar, para no perder su prestigio de espiritista, saboreando como un manjar el amargo sabor de la tragedia ajena.

En un momento dado, empezó a ofrecerle a su proveedor de droga intercambiar favores sexuales por dosis.

Comenzó a vender las propiedades que le brindaban su renta mensual para poder apostar en el casino.

Tuvo que despedir a la mucama.

Cuanto más perdía, más ganas de jugar tenía.

Comenzó a aceptar tirar el tarot a domicilio: ya casi no quedaban muebles en la casona, y cobraba para vaticinar desastres, porque, si bien necesitaba desesperadamente el dinero, no podía evitar la felicidad que le brindaba la desgracia ajena.

Llegó el día en que tuvo que poner en venta la casona: de casinos de lujo, había pasado a jugar en tugurios de mala muerte, donde las deudas se pagaban a costo de la vida misma.

Su vendedor de drogas se transformó en su proxeneta, y de pasar a entibiar camas de lujo, terminó en manos de malvivientes que la trataban como basura.

Lo único que conservó de lo heredado por Etelvina fue el mazo de tarot.

Una noche particularmente horrenda, en que un cliente violento le había volado los dientes delanteros de una trompada despiadada, y que no tenía su dosis para esnifar, sintió la necesidad de tirar las cartas, por primera vez, para sí misma.

Esperaba, mientras barajaba el mazo, que surgiera la carta de La Esperanza, La Transmutación, La Fortuna, La Sacerdotisa…

Pero la carta que le salió, representándola, fue La Parca.

Ofuscada, transpirando, tocando con la lengua las encías desnudas doloridas, barajó de nuevo.

Otra vez La Parca salió representándola.

Ya con desesperación, temblándole las manos, manipuló el mazo, y repartió las cartas con los ojos cerrados.

Los abrió con ansiedad desmedida, para gritar como posesa al ver que todas las cartas tenían la misma figura en la tirada: la de La Parca.

Enloquecida, salió del cuartucho que su proxeneta le había asignado, y entró al de él a escondidas, viendo que el hombre roncaba estrepitosamente.

Con un sigilo extremo, revisó el cajoncito del escritorio que siempre dejaba con llave. Milagrosamente, se abrió, mostrando un paquete entero del blanco veneno por el que cambiaba su cuerpo.

Salió con rapidez de allí, y en el baño, que trabó atravesando los palos de las escobas y trapeadores, se sentó sobre el sanitario dando cuenta de la droga, hasta que dolorosas convulsiones curvaron su espalda en una posición antinatural, arrojando en estertores espuma por la boca, como un perro rabioso, y cayó a los pies de la taza, con los ojos desmesuradamente abiertos, y la mano crispada sobre la carta fatídica, enrollada para darle el uso que la arrastró a la muerte.

Me tocó despedirla.

Fue muy difícil preparar el cadáver para dejarlo presentable para sus padres, que estaban destrozados.

Mi querido ayudante Tristán, me asistió con gran pericia, y juntos conseguimos, dentro de lo posible, el mejor resultado.

No pudimos remediar la delgadez extrema, pero su rostro estaba casi bello…

Una vez terminada la penosa ceremonia, donde los progenitores lloraron todo el tiempo, el espectro demacrado, lleno de moretones, y la figura esquelética, llena de espuma la boca hinchada, y la nariz necrosada por el veneno blanco, apareció ante nosotros.

Impusimos, junto a Tristán, las manos, y captamos la tristeza infinita y el arrepentimiento absoluto que emanaba su energía oscura y penosa.

Pero lo que más transmitía era un pedido desesperado: quería rogarles perdón a sus padres, decirles que el amor que le quedaba en su alma corrupta era solo para ellos, los únicos que realmente que se habían preocupado desinteresadamente por ella, que los despreció sin piedad.

Le prometimos que sería transmitido su mensaje, que podía marcharse en paz, anticipándole el perdón de ellos, que ya se lo habían brindado de antemano.

Y, soltando la carta de tarot maldita, retomando la belleza de su época anterior al de la decadencia, se elevó esfumándose mansamente.

Nos contactamos con los padres, y le contamos la experiencia, esperando incredulidad, pero, para nuestra sorpresa, la pareja se abrazó, sollozando de alivio, y nos agradeció, diciendo que, dentro de la tristeza, era un consuelo saber que su hija estaba con Dios.

La tía Etelvina, ¿había colaborado para coronar la tragedia de Laura?

¿Estaría riendo desde el infierno con el desenlace de su malsana profecía?

Yo no lo sé.

Tengo la carta de La Parca, semienrollada en los estantes de mi colección.

A veces, cuando la extiendo para verla mejor, la sonrisa descarnada parece ampliarse, y en las fosas sin nariz se ven restos del maléfico polvo que tantas vidas abduce despiadadamente.

Quizás, si se llegan a ver a La Parca de Laura en vivo y en directo, algunas ideas del consumo de las llamadas “drogas recreativas” desaparezcan de pronto de su mente.

Seguramente a ustedes ni se les ocurre pensar en el tema. De igual modo, los espero en La Morgue, para apreciar mi colección y mis historias.

Edgard, el coleccionista

@NMarmor





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