• Edgar, el coleccionista

Rosas de sangre


Hola, mis queridos amigos.


Quiero contarles la historia de la señora Fátima.


Oficié su velatorio.


Su hija, a quien conocía de pequeña, estaba inmensamente triste. Pero más que por el deceso de su madre, por tener la sensación de no haber sido querida por esta en vida.


Yo sabía los motivos de tal impresión.


Y había tomado los recaudos para consolar, no solo a Mercedes, sino también a la finada.


Fátima había sido abusada de pequeña por un familiar.


En vez de ser defendida, su entorno se convirtió en cómplice de la atrocidad.


Cuando quedó embarazada, la obligaron a casarse con un hombre mayor, acaudalado, que se haría cargo del fruto de la violación como propio.


Don Miguel fue muy bueno y comprensivo con Fátima quien, si bien nunca llegó a amarlo, lo apreciaba por su dulzura y paciencia.


Al fallecer Miguel, y quedar viuda, se sintió abandonada, amargada y resentida, criando sola a su niña, sin poder evitar, al verla, el recuerdo de los abusos sufridos.


Así como le prodigaba un inmenso amor, a veces, cuando su trauma afloraba, en los momentos más inesperados, se ensañaba con Mercedes, que no comprendía la hostilidad de su mamá hacia ella. Esas oscilaciones de afecto, la confundieron e hirieron durante su crecimiento.


Cuando Fátima llegó a mis manos, para preparar su despedida, su imagen se me presentó.


En sus espectrales ojos llorosos, yo leía su último deseo de congraciarse con su hija, y liberarse del odio y dolor de su infancia.


Yo asentí y señalé su cuerpo, como pidiéndole permiso.


Ella movió la cabeza, dando su consentimiento.


Lavé su cuerpo marchito con agua bendita y extraje su útero.


Tomé un recipiente grande, de plata labrada, y lo usé como maceta, donde lo planté con tierra del camposanto.


A los pocos segundos del procedimiento, creció una impresionante rosa negra, de horrendas y retorcidas espinas plateadas que manaban sangre oscura.


La flor emanaba un olor nauseabundo, y emitía un sonido chirriante, como el crepitar de algo quemándose.


Cuando el flujo de sangre cesó, corté la rosa, e inmediatamente creció otra, también con espinas sangrantes, pero de un color más claro, y un hedor menos intenso.


Fui repitiendo la operación, una y otra vez, hasta que la flor que emergió fue una purísima rosa blanca, hermosa y fragante, luminosa y nívea.


Las flores anteriores las había puesto dentro de un pesado libro, para que se secaran y armar cuadros con ellas.


Ésta, la cortaría para regalársela a Mercedes. El solo perfume que esparcía le daría un mensaje de su madre.


Fátima se me presentó, con el rostro aliviado, y se esfumó mansamente.


En el velorio, me acerqué a Mercedes, y le conté con suma discreción la historia de su madre, afirmando que la había amado profundamente. Le di la prístina rosa blanca, y no bien sintió su puro aroma, la tristeza de su rostro se transfiguró en un gesto de comprensión, consuelo, y alivio.


En la maceta de plata siguieron creciendo rosas. De vez en cuando, una pequeña gota de sangre mana de las espinas, alimentando a la planta. Es sangre limpia, de reconciliación y cambio, por lo que el rosal prospera con flores hermosas, que decoran de vida mi colección de la muerte.


En cuanto a las flores cortadas, pese a haber estado apresadas en un libro, nunca se secaron. Armé de igual modo cuadros con ellas, con marcos del mismo color de las intensas emociones que expresan sus pétalos: odio, dolor, angustia, resignación, perdón, redención, y finalmente, amor, que todo lo cura y mitiga.


Cuando llega a mi establecimiento alguien sumamente triste, corto, con un respeto casi reverencial, una rosa de la maceta de plata, para que le alivie un poco la pena.


Y funciona…


Mi don de contactarme con los muertos, me hace recomendar tratar de solucionar los pesares en vida. Porque es corta y efímera.


Créanme. Sé bastante a respecto.


Les dejo mi saludo, desde la Morgue, esperándolos, como siempre, amigos míos.


No me olviden. Yo los tengo muy, muy presentes.

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