• Edgar, el coleccionista

Rancho de adobe


Me tocó asistir a una terrible tragedia. Se incendiaron bosques nativos cercanos a mi pueblo, con el horrible desenlace de personas calcinadas que vivían entre la naturaleza.


Necesitaban gente que no se impresionara y transportara los cuerpos en ambulancia. Me puse a disposición junto a mi asistente, Tristán. Hablando con los valientes bomberos, quedó más que evidente lo que todo el mundo sospechaba: fue un acto intencional.


Había mucho interés por esas bellas tierras, que no se podían construir, protegidas por la ley de bosques. Ahora, los emprendedores inmobiliarios, no habiéndose todavía enfriado la ígnea desgracia que devoró flora y fauna, mutiló animales y se llevó vidas humanas, cerraban sus fructíferos negocios.


Recogimos y transportamos los cadáveres. A los pocos días desaparecieron misteriosamente los trece empresarios artífices de la masacre ecológica. Aquí tengo que hacer un paréntesis. Una bifurcación de mi historia. Conocí en las tierras arrasadas a una mujer. Muy especial. No sólo tenía una belleza impresionante, sino que también tenía el don.


Cuando se cruzaron nuestras miradas comenzamos a vibrar en la misma frecuencia. Aurora clavó sus oscuros ojos en los verdes míos y no hubo mucho que decir. Vivía cerca de donde ocurrió el incendio. Allí comencé a viajar con toda la frecuencia que mis obligaciones me lo permitían. En mi última visita me dijo:


¡Mi querido Edgard! Quiero compartir contigo un lugar. Necesito tu opinión.


La acompañé sin dudarlo a un paraje ignoto, muy alto. Era un mirador natural desde donde se observaba la magnificencia del paisaje, ahora enlutado de cenizas. En el punto más alejado, cobijado por árboles que no fueron alcanzados por el fuego, llegamos a un primitivo ranchito de adobe.


No bien entramos, percibí trece presencias. Oscuras resonancias se desprendían de las humildes paredes, que olían a herrumbre, y a algo más siniestro.


¿Qué ocurrió aquí, Aurora?


¿Lo sientes?


Sí. Pero deseo que me lo cuentes.


Sabes bien lo que pasó con los incendios. Fueron provocados por unos desalmados para hacer negocios. Yo lidero un grupo de personas que protegen a la tierra.


El culto de la Pacha Mama.


Así es. Sólo les faltaba este mirador que escapó de las llamas. Que, dicho sea de paso, si es por propiedad, me pertenece legalmente. Estos perversos se sintieron muy felices cuando el anónimo dueño del lugar los contactó con la intención de vender. La única condición fue que vinieran personalmente.


"No les pareció mal. Aprovecharían para ver todo su nuevo patrimonio. Cuando llegaron al lugar acordado, me encontraron, sentada en el piso, esperándolos, con un maletín delante de mí.


"Si bien les disgustó ensuciar sus ropas elegantes para sentarse sobre el suelo a mi alrededor, se regodearon de encontrar a una mujer. Consideraron que me manipularían y se aprovecharían de mi debilidad.


"Se les borró la sonrisa cuando fui sacando del portafolios grandes fotografías de los cadáveres calcinados de personas y animales.


¿Qué significa esto, señorita? Vinimos a hacer negocios. ¿Acaso pretende extorsionarnos?


Sólo los miré con odio. No merecían siquiera mis palabras de desprecio más oscuras.


"Levanté el brazo, y chasqueé los dedos. De la misma nada aparecieron las personas de mi culto, y para la total sorpresa e indignación de los empresarios, los apresaron y maniataron sin prestar atención a sus bravatas.


"Ignoraron sus gritos, y amarrados de los pies, los colgaron en los árboles, disponiendo bajo cada uno sendas tinajas. A una indicación mía, sacaron sus cuchillos y los degollaron, cuidando muy bien de recolectar la copiosa sangre.


"La agonía de los tipos fue tremenda. No lograron entender qué les había ocurrido. Cuando murieron, recogimos las tinajas. Nos sirvió para hidratar la reseca tierra arcillosa y preparar ladrillos de adobe, los que conforman las paredes de este rancho.


"Hicimos un ritual de sanación para la tierra, rogando su pronta recuperación y pidiendo perdón por el agravio perpetrado. Para completar el rito, bajamos los cuerpos y se los ofrendamos como alimento a los pocos animales carnívoros que consiguieron salir con vida del incendio de los bosques.


"Y acá estamos, Edgard. En un lugar embrujado por trece espectros de asesinos. No puedo avanzar contigo con este secreto en el medio. Sé que tú liberas a las almas. Quizá quieras hacerlo con las que quedaron atrapadas penando en este lugar, entre los muros fabricados con su propia sangre.


"Está en ti decidir. Te voy a dejar solo, para que pienses qué hacer.


Aurora se retiró. Contemplé a los trece fantasmas. Eran espantosas visiones de cuerpos mutilados por filosos dientes, con las heridas de los cuellos cercenados abiertas como segundas bocas infernales.


Me concentré todo lo que pude. Sólo capté un aura de maldad abyecta. Sufrían, pero no se arrepentían de nada. Se me cruzaron por la mente las imágenes de los inocentes que perecieron, la visión de los animales mutilados, cegados por el fuego, los majestuosos árboles que hoy eran cenizas.


Por primera vez desistí de ayudar a un alma para encontrar la paz celestial. No la merecían, mientras no se arrepintieran del daño ocasionado. Si hubo un segundo de duda en mi decisión, me la despejó el odio feroz y egoísta que irradiaban los trece espíritus malignos.


Salí del rancho de adobe. Aurora me esperaba, nunca tan bella, contrastando su figura contra el cielo del atardecer.


Vámonos, mi querida. Ciertas almas deben expiar sus pecados antes de alcanzar el descanso, y merecerlo.


Si no me contestabas eso, Edgard, no volvías a verme.


Nos abrazamos. Ella sacó de su cartera un pequeño ladrillo de arcilla y sangre.


Tómalo me dijo para tu colección.


Su sonrisa iluminó la tarde muriendo. Retomamos el camino de regreso hacia su casa. Ahora me pregunto: ¿hice lo correcto? Quizá ustedes tengan la respuesta.


Los espero, mis amigos, para escuchar todas las historias de mi colección.

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