PULSIÓN DE MUERTE

En el pueblo estaba ocurriendo un extraño fenómeno: había una “pandemia” de suicidios.

Los hechos se sucedían con personas de todas las edades, condiciones y clases sociales, sin puntos en común ni relación de ningún tipo.

Sus formas de matarse tampoco eran similares: algunos optaban por armas de fuego, pastillas, ahorcamientos. Otros se arrojaban delante de automóviles en plena ruta, o se tiraban al vacío desde altura, y los más extremos, llegaron a incendiarse vivos.

Una sensación de terror se apoderó de la gente, temiendo por sus seres queridos y por sí mismos, dado que nada indicaba en los suicidas indicios de sus intenciones o motivos para obrar en forma tan terriblemente drástica.

Los cuerpos permanecieron en depósitos forenses, a la espera de que expertos de la ciudad dictaminaran si alguna condición neurológica, o contaminación química o bacteriológica podían haber intervenido en los más de cien casos sin explicación.

Había otras conductas raras, que, si bien no eran tan extremas, llamaban poderosamente la atención: personas, sin motivo aparente, comenzaban con ataques de llanto imparables, o de furia, destruyendo objetos personales, sobre todo fotos y recuerdos de seres queridos. Hubo también quienes se ponían a gritar angustiosamente, hasta que prácticamente se quedaban sin voz.

Esta gente también fue objeto de los estudios que se practicaban sobre las víctimas de los suicidios.

Por prevención, aislaron al pueblo.


Una noche en que cenábamos, conversando sobre el tema con mi amada Aurora, y mi querido asistente, Tristán, sentimos que el aire se tornaba progresivamente frío, hasta ponerse helado, y nos invadía una extraña desazón.

--Algo malo se está por manifestar, Edgard…-- me dijo Tristán.

No bien concluyó sus palabras, un ser horripilante se presentó ante nosotros.

No existen un vocablo en nuestro idioma para describir la negrura absoluta del ente, de forma humanoide, con tentáculos oscilantes que salían de toda su silueta.

Los ojos, gigantescos y protuberantes, del que asomaban gusanos, manaban sangre como lágrimas.

La boca, dentro de un estirado hocico, con una mueca de espantoso odio y tristeza, estaba colmada con varias hileras de afiladísimos dientes serrados, como los de un tiburón, babeando una gelatinosa sustancia verdosa, con el olor de una tumba abierta.

El espectro estiró sus babosos tentáculos vibrátiles hacia nosotros, que, si bien impusimos las manos para defendernos, no pudimos evitar el malsano mensaje energético que nos hacía llegar.

Esta entidad hurgaba en nuestras mentes buscando los recuerdos más tristes, debilidades, traumas y conflictos sin resolver.

Nos hacía plantear el escaso sentido de la vida, las injusticias, la falta de motivos por los cuáles luchar y seguir respirando.

Pretendía hacernos sentir que no éramos necesitados, que encontraríamos liberación en la muerte, y que nadie nos quería.

Casi sin darnos cuenta, empezaron a manar amargas lágrimas de nuestros ojos, anegados con las imágenes más tristes a las que puede ser sometido un ser humano.


--¡¡Basta!!—gritó Tristán, rompiendo el malsano estado de hipnosis al que nos estaba sometiendo

el engendro. --¡Todos somos valiosos y necesarios, y tenemos una misión en la vida por cumplir!


Entendimos, entonces, que el maléfico ser era una entidad del inframundo que se alimentaba de las bajas frecuencias de energía que los seres humanos emanamos cuando nos invade la pena. Se había ensañado con nuestro pueblo, y se estaba dando un festín, creciendo y fortaleciéndose de nuestra melancolía y pesares.

Este inmundo ente había nacido de la misma maldad humana. Llevaba tiempos inmemoriales en otras dimensiones, pero habitó la tierra desde que la gente comenzó a tener razón e inteligencia, y, desgraciadamente, malos pensamientos y deseos, los cuales eran una golosina deliciosa para el monstruo, que se deleitaba en el caos, la maldad y sus consecuencias.

Indignados, los tres, coordinados al unísono sin haberlo planeado, comenzamos a arrancarle los negros tentáculos, provocándole un dolor que lo hizo retorcerse, y ennegrecerse más aún, si eso era posible.

Hasta los asquerosos gusanos de sus sangrientos ojos globulosos se desprendían de él, intentando huir del sufrimiento que la mutilación le provocaba.

Envalentonados, continuamos nuestra tarea de desposeer a la criatura de sus maléficos apéndices, mientras le gritábamos los insultos más agraviantes que nos inspiraba ese horrendo vampiro de tristeza, al cual el prestigioso doctor Freud le dio el nombre de “pulsión de muerte”, lo cual no era desacertado en el campo de la psicología y la ciencia, pero que, en nuestra presencia, habíase corporizado, y era responsable de los innumerables decesos del pueblo.

Cuando el ser ya no pudo tolerar la tortura de la ablación de sus inmundos tentáculos, se movilizó en un oscuro torbellino, abriendo una especie de agujero negro en el aire, y llevándose el aire helado que había traído, se esfumó tal y como vino.

No creo que lo derrotáramos. Solo lo debilitamos un poco, y seguramente volverá, en algún otro lugar, para reestablecerse con el dolor y el sufrimiento. Pero no creo que eso ocurra pronto.

En cuanto a los tentáculos, aún fuera de su aborrecible dueño, se retorcían y azotaban el aire en forma maléfica.

Los depositamos en una enorme cuba de vidrio, muy bien cerrada, y quizá como una broma, Aurora marcó con un beso su labial en el cristal, enfureciendo a los pedazos del ente, que parecían vibrar de odio ante la burlona muestra de afecto.

En mayor o menor grado, muchas personas son hacedoras de malas energías que influyen en decisiones trágicas. Somos responsables de nuestros actos, pero lo ideal es rodearnos de gente buena, que tenga para dar amor y empatía.

Si alguien no se alegra con tus triunfos, y parece regodearse en tus derrotas y tristezas, no dudes en tomar distancia, sin rencor ni resentimiento. Solo aléjate. Créeme que es lo mejor que puedes hacer.

Los espero, amigos, en La Morgue, para que puedan ver los maléficos tentáculos ladrones de tragedias, en los estantes de mi colección, anhelando seguir haciendo daño, pero neutralizados por el amor y la buena vibra…

Seguramente, pronto liberarán mi pueblo de su aislamiento…

Edgard, el coleccionista

@NMarmor




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