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PICADILLO


Vino a visitarme el comisario Contreras. Necesitaba hablar con alguien no impresionable.

Lo denunció la madre, Edgard. Pero a la vez, admitió que el niño y ella eran víctimas del fallecido.

Cuando llegamos, el chico, de unos doce, seguía acuchillando a su padrastro en los testículos.

La imagen era dantesca: el muchacho, los objetos del cuarto y las paredes estaban empapados de sangre, al igual que el cadáver, al que le habían cortado previamente la lengua y arrancado los ojos, y la señora que denunció el hecho.

Pese a que le gritamos, rogándole que cesara, Nahuel no dejaba de manejar mecánicamente el cuchillo, salpicando también pedazos de carne picada y jirones de tela del bóxer del tipo.

Tuvimos que llamar a un médico, para que, con nuestra ayuda, lo sedara con una jeringa.

Ya casi fuera de órbita por el fármaco, Nahuel soltó el cuchillo, pero su movimiento, tembloroso por el cansancio muscular, prosiguió un buen rato antes de desvanecerse.

Clarisa, su madre, nos contó que su pareja, Hernán, era muy agresivo con ella y su hijo, y que comenzó su espiral de violencia de una forma tan gradual y progresiva. Una parte de ellos naturalizó esa conducta, sintiéndose, incluso, culpables, por las ridículas acusaciones de faltas de ambos, hacia el sostén económico del hogar, situación que no les dejaba de repetir constantemente, hasta meter el concepto de “mantenidos” a una mujer que trabajaba desde el hogar, vendiendo comida para afuera, y asumía todos los quehaceres interminables de ama de casa, ayudada por un voluntarioso Nahuel, que no bien volvía del colegio, le prestaba su apoyo.

“Inútiles”, “vagos”, “buenos para nada”, eran las cosas más suaves que recibían madre e hijo cuando Hernán llegaba de su trabajo de oficina, y no estaba lista la cena.

Luego pasó a la violencia física, pegándole a Clarisa y Nahuel por cualquier cosa que él consideraba un error.

La pequeña empresa doméstica fue intervenida por el funesto tipo, sacándole a la pobre mujer el dinero que hacía con gran sacrificio, aduciendo, que “el entretenimiento de los inútiles le hacía incrementar los costos de energía que debía pagar todos los meses, por culpa de los mantenidos”.

Nahuel le rogó que se fueran de esa casa infernal, donde no eran dueños de nada, y encima recibían golpizas y malos tratos.

Clarisa le prometió a su hijo que huirían, pero que debían juntar algo de dinero, sin poner en alerta a Hernán, por lo que trabajarían con más ahínco, escondiendo parte de las ganancias para financiar el escape.

Con la esperanza latiendo en el corazón, el niño acompañó con todo su empeño a su madre, aguantando estoico la brutal conducta de su padrastro, tratando de no darle excusas para exasperarlo.

En un estado de agotamiento casi inhumano para un chico de su edad, Nahuel regresó del colegio, y escuchó gritos de su madre: el padrastro había regresado antes del trabajo, y vaya a saber cómo, descubrió la maniobra con el dinero. A fuerza de golpes, le hizo confesar a Clarisa el escondite.

Luego de robarlo, se quitó el cinturón, y comenzó a azotarla con brutalidad, y luego, excitado por la indefensión de su mujer, quiso violarla.

Nahuel, al observar en silencio e inadvertido la brutalidad de la escena, sigiloso y veloz tomó el cuchillo de rebanar carne de su madre, y con un grito mezcla de asco y furia, se abalanzó sobre Hernán.

Con una energía bestial, vio la cara asombrada del hombre, horrorizado, y sin soltar el cuchillo, con los dedos engarfiados, le arrancó los ojos, y aprovechando el grito estridente, para apresar con sobrenatural rapidez la lengua del abusivo, y se la rebanó.

Acto seguido, mientras Hernán se ahogaba con su propia sangre, pasó a acuchillar en los testículos al hombre, con una energía demencial, sin preocuparse por su deceso. Creo que si no hubiésemos llegado, el chico hubiera seguido por horas picando el cadáver.

Ahora el muchacho, internado, era monitoreado para ver como evolucionaba de lo que parecía un brote psicótico, fruto de la violencia sufrida.

Su madre también quedó internada.

Con toda seguridad, ambos quedarían libres de todo cargo, dadas las circunstancias atenuantes.

Tenga por seguro, Edgard, que cuando concluyan los protocolos judiciales, le traeré el cuchillo carnicero con que Nahuel redujo a picadillo los testículos de Hernán.

No sé si el grandísimo hijo de su madre tuvo tiempo de darse cuenta lo que le ocurrió, si alcanzó a sufrir, o el shock que lo transcurrió le obvió el horror de la matanza. Usted me lo contará más adelante, cuando le toque despedir lo que… quedó de él. Tengo curiosidad, mi amigo…

Y así fue que llegó el impresionante cuchillo a los estantes de mi colección.

Tuve que colocarlo en un recipiente, porque, aunque llegó brillante de tan limpio, cuando ciertas energías atraviesan el aire, se empapa de sangre y pedazos de carne muy, muy pequeños…

Pueden venir a observarlo cuando quieran, llegándose a La Morgue.

Por si tienen dudas de cuáles pueden ser las consecuencias de desplegar violencia sobre los inocentes, se las sacan observando el filo y brillo, casi diría hambriento, del arma blanca que destella en los estantes de mi colección, si no les toca verlo los días en que se cubre de sangre y carne picada…

Muy buen fin de semana, mis amigos.

Nos vemos en un próximo velatorio…

@NMarmor

Edgard, el coleccionista



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