• Edgar, el coleccionista

Manos oscuras



Hola, mis queridos amigos.


Quiero contarles la historia del velorio del ladrón del pueblo.


Llegó llorando a verme Encarnación, la mamá de Dimas, contándome que habían acuchillado a su hijo, en una reyerta, en la cárcel.


Ella había solicitado el cuerpo, aún a sabiendas de que no tenía forma de costear sus exequias.


Me rogaba, desesperada, que aceptara un cuadro del difunto como pago por el servicio, con la promesa de efectivo a futuro, cuando, al no tener que gastar fortunas en el abogado que se llevaba todo su dinero, pudiera abonarme.


Cuando vi la obra quedé embelesado. Era un desnudo femenino, exquisitamente nimbado en un claroscuro de luces y sombras.


Le dije que con la pintura quedaba todo cubierto.


Dentro de su desolación, esto la reconfortó.


Le pedí ver la producción completa de esa faceta oculta del tristemente célebre delincuente del pueblo.


Ella me llevó con gusto a su hogar, y me mostró una bellísima colección pictórica al nivel del artista más profesional.


Retratos, paisajes, abstracciones.


¿Cómo una persona con semejante talento había terminó arrancando carteras de las mujeres, y rapiñando casas desocupadas?


Encarnación me contó que Dimas, deprimido al no poder vivir de su arte, había comenzado, instado por malas juntas, a consumir drogas.


Dejó de pintar y se dedicó a las raterías.


El velatorio fue muy triste.


Nadie del pueblo se acercó a despedirse. Ni siquiera su padre, que sentía vergüenza por el daño infligido por su hijo, y el rencor que todos sentían por él.


Así que yo acompañé a Encarnación, escuchando las anécdotas de la labor artística de Dimas, y la tristeza de su caída libre a la delincuencia.


Cuando concluyó la ceremonia, y quedé solo, me acerqué al ataúd. Instantáneamente, apareció el espectro del difunto, con semblante desesperado. En la tétrica blancura de la muerte, mostraba sus manos extendidas, teñidas de un negro grotesco de suciedad.


Comprendí su mensaje, y le hice una señal de asentimiento.


Antes de cerrar el cajón, corté las manos pecadoras.


Las traté con conservantes, le coloqué un pincel en la derecha y una paleta de colores en la izquierda, anexándolas al cuadro que me había dado Encarnación como si estuvieran pintando la obra.


Dimas apareció sonriente, mostrándome sus manos limpias y blancas.


Le pedí que no se marchara, que tenía aún algo por hacer.


Organicé, con las autoridades del pueblo, muy reacias en un principio, una exposición con sus obras.


Para total sorpresa de todos, fue un éxito.


La producción artística del ladrón no sólo fue reconocida, sino también vendida, y a muy buenos precios.


Cuando terminó el evento Dimas se nos presentó a Encarnación y a mí.


La abrazó, en una mezcla de súplica de perdón y despedida aliviada, y una señal de agradecimiento hacia mí.


Luego se desvaneció etéreamente con una sonrisa feliz, dejando a su madre sumida en una enorme paz espiritual.


¿Por qué será, señor Edgard, que se le dio esta oportunidad en vida? Se hubiera salvado de la cárcel, el pecado y la deshonra.

Quizá no tuvo la humildad de pedir ayuda a tiempo. Lo importante, es que partió en armonía, y que el pueblo, de alguna manera, lo ha perdonado.


Hoy tengo en mi colección particular, colgado,  el cuadro de Dimas, con sus manos pintándolo hasta la eternidad.


Aunque no hay forma de excusar la delincuencia, es muy importante brindar ayuda a aquellos que se encuentran abrumados, desesperados o deprimidos. 


Son muy susceptibles de caer bajo consejos malvados.


Cuando sabemos de alguien que está a punto dar un mal paso, no debemos escatimar recursos para intentar salvarlo.


Porque la muerte, amigos, llega en el momento menos esperado, con muy pocas posibilidades de remediar los malos actos.


Los saludo desde la morgue, recordando las anécdotas de mi colección, y esperándolos, para compartirlas con ustedes.


Ya les dije que SIEMPRE los espero.


Porque, de una forma u otra, es muy probable que terminen bajo mis particulares cuidados.

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