Los pálidos pies de la doncella

Autor: Aldebarán de Canis


Una estela de sangre deja a su paso. Corre desnuda en el derruido cementerio, intentando no ser atrapada por la sombra maldita que la sigue con pasos quedos. La luna brilla esplendorosa en su cuarto menguante, y a lo lejos escucha el aullido de un canino asustado.


Ella voltea ante algo que cruza entre los árboles de la derecha; el pánico ya se ha apoderado de ella, y la contorsión de sus blancas piernas no se debe solo al miedo, sino al dolor de su vientre herido por las garras de la bestia. Tiene que esconderse lo más pronto posible. No quiere que su vida termine en las fauces de aquello que la está persiguiendo.

Sigue avanzando entre las lápidas. El sonido del crujir de las ramas bajos sus pies desnudos la

hace estremecerse. Las laceraciones en su cuerpo la hacen darse cuenta de que aún se encuentra viva, de que ha logrado salvar su vida de aquel monstruo necrófago que la ha estado torturando durante tanto tiempo. Sin embargo, tiene que alejarse de su madriguera; tiene que salir fuera de ese camposanto cuyos mausoleos ocultan ceremonias indecibles, donde los pálidos demonios devoradores de carne humana invocan la presencia de seres más terribles que los de sus preceptos terrenales. Así que avanza entre la indeseable árida tierra, donde los árboles arcanos se alzan haciendo crecer sus grotescas raíces en su interior, alimentándose de la descomposición de los congéneres silenciosos que se postran bajos las tumbas.


Su pecho late fuertemente. Tropieza, pero vuelve a levantarse en medio de temblores y arcadas. Aquello no es lo importante. No importa si tiene profusas heridas en su cuerpo. No importa que se encuentre desnuda en medio de una fría noche invernal, que esté en un cementerio o que muera. Lo único que ella desea es no ser alcanzada por la criatura que le persigue.

Ella ha visto todo lo que hace en el interior de los mausoleos que la rodean.

Ha visto cómo tortura a sus víctimas, cómo las devora y cómo las mastica lentamente, escuchado el crujir de huesos entre sus dientes, el viscoso masticar de intestinos y toda clase de órganos que aquello ingiere.

Ha escuchado sonidos guturales emerger de sus cavidades y ha olido el fétido hedor de su boca.

Así que corre... no solo para salvar su alma humana de ser tomada por el que mora en los abismos. Avanza sin importar nada, cruzando lápidas, ofrendas caídas, montículos y piedras. Siente cómo aquello se mueve entre los árboles, cómo brinca entre las lápidas. Escucha el arrastrar de sus patas arrugadas y ásperas. Está cada vez más cerca. Sus pies ya no pueden seguir corriendo.

Ha perdido mucha sangre, y su agotamiento la hace decaer y disminuir su carrera. Ahora escucha un gruñido profundo que penetra la noche, siente que algo se lanza hacia ella con un alarido que hace temblar a las estrellas. Siente esa cosa fría abrazando su cuerpo y sus grandes dientes que le desgarran la garganta.


Ahora su cuerpo ya no siente nada.

– Mierda – Exclama, Alfred, tras escuchar los alaridos.


Busca entre sus ropas la linterna, y toma el machete de al lado del tronco. Se levanta, y va en dirección al lugar del que provino tan estridente sonido. Pasea la linterna en los recovecos oscuros, en busca de algún indicio que delate lo que hace unos segundos fue tan estremecedor.


– De seguro los chacales han tomado a uno de esos entrometidos.


Se ajusta el sombrero, y sigue recorriendo el camposanto durante varios minutos. Cuando su

linterna topa con horrible figura encorvada.


– Oh, por Dios – Exclama, mientras se persigna con mano temblorosa.


Un ser espantoso yace agazapado entre dos grandes lápidas. La palidez de su espalda y las

vértebras de su columna que sobresalen entre su carne, lo delatan como algo inhumano.

Muestra su rostro, carente de expresividad alguna, con una boca dotada de largos dientes irregulares y amarillentos, observándolo con ojos carentes de iris y de una profunda negrura maligna.

El sonido de carne siendo masticada, y la imagen de dos delicados pies blancos sobresaliendo de su boca, hacen que el velador quede en un estado de shock antes de ser la siguiente víctima del ghoul.




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