LOS HONGOS DE LA NEGACIÓN

Diego fue uno de los tantos obreros que quedó sin trabajo cuando la fábrica, en las afueras del pueblo, cerró sus puertas.

La mayoría de los ex empleados buscaron nuevas actividades, y lograron salir adelante.

Solo Diego, obstinadamente, se negaba a iniciar otro plan, buscar un nuevo empleo o emprender un negocio. Para la total desesperación de su familia, repetía una y otra vez que la fábrica reabriría sus puertas nuevamente, y él sería tomado en primer lugar, por su fidelidad a la empresa.

Su esposa tuvo que conseguir dos empleos, y hasta los niños colaboraban vendiendo dulces para mantener la economía familiar, que se desmoronaba, ante la tozudez de Diego, que lo único que hacía era ir en bicicleta varias veces al día hacia el predio abandonado de la fábrica, para verificar si detectaba alguna actividad.

La cadena que cerraba la entrada ya estaba oxidada, y las malezas cubrían el parque de la entrada, pero él insistía en esas infructuosas visitas.

Con la falta de dinero, la casa se empezó a deteriorar: lo que ganaba Lía solo alcanzaba a duras penas para poner un plato de comida en la mesa.

Cuando, luego de una temporada de lluvias, comenzaron a prosperar rajaduras e innumerables goteras, Lía intimó a Diego a deponer su actitud:

--La casa se está desmoronando, Diego. Es insano para los niños vivir respirando la humedad y el moho. Si no consigues un trabajo en un mes, nos iremos de aquí.

--¡Pero Lía, confía en mí! ¡Estoy seguro de que reabrirán muy pronto la fábrica, y en vez de contratarme como obrero, me pondrán en un puesto de jefe! ¡Ya verás, amor! ¡Ten paciencia!

--Hemos tenido demasiada paciencia. ¿No te da pena que tus hijos anden vendiendo dulces para mantener la casa, mientras tú pierdes el tiempo con tus sueños de loco? Escucha: está lloviendo de nuevo. Ya suenan las goteras, y se pudren de humedad las paredes. Un mes, Diego. No más…

En vez de recapacitar, Diego salió bajo la lluvia en su bicicleta hacia el predio de la fábrica, inspeccionando una vez más el lugar abandonado, casi siniestro bajo la tormenta.

Una vez cumplido el plazo, Lía empacó con lágrimas en los ojos, mirando los muebles arruinados, las paredes cuarteadas y manchadas de verdín, y a Diego, desmoronado en un sillón enmohecido sin reaccionar ante la realidad.

--Saluden a su padre, niños.

--¿Por qué no vienes con nosotros, papi? Donde vive la abuela, seguramente consigues un buen trabajo…

--No chicos. Me quedaré aquí, y cuando tenga nuevamente en un puesto en la fábrica, iré por todos ustedes. Lo prometo.

Sin el dinero que traía Lía, muy pronto Diego se quedó sin alimentos.

Ahora, sus paseos en la bici, aparte de llevarlo a la fábrica diariamente, lo conducían a cazar pajaritos y ardillas para comer.

La temporada de lluvia se hizo más intensa: parecía no parar más.

Las humedades de la casa le dieron lugar al crecimiento de hongos, gigantescos y carnosos y multicolores en todos lados: estaban invadidas las paredes, los techos, los muebles…

Como era casi imposible salir bajo la cortina imparable de agua, sin acceso a cazar, Diego comenzó a cocinar los hongos para mitigar el hambre.

Mientras los comía, se sentía eufórico. Tenía visiones de la fábrica reinaugurando sus actividades, y él, vestido con traje, recibiendo la felicitación de los directivos, aplaudiéndolo, entregándole un puesto ejecutivo.

Luego se despertaba en el suelo húmedo, entumecido y aletargado, con el tintineo de las goteras sonando en las ollas puestas para juntar el agua, con retorcijones en los intestinos.

Pronto se quedó sin suministro eléctrico y gas, al no pagar las facturas.

Comenzó a quemar sus muebles arruinados, haciendo hogueras dentro de la casa, para darse un poco de calor y cocinar los hongos, que se multiplicaban en forma asombrosa.

Recién cuando terminó la temporada de lluvias, un pordiosero que entró en la vivienda, creyéndola abandonada por el estado de deterioro, para buscar refugio, encontró horrorizado una momia sonriente, toda cubierta de hongos perfectos, con sus sombreritos como techos de casitas de duende.

El comisario Contreras me refirió el caso, entregándome uno de esos hongos, de colores vivos, para que lo guardara, y me avisó que pronto llegaría el cuerpo de Diego para ser despedido.

--Usted qué opina, Edgard: ¿Diego enloqueció por comer los hongos, o ya estaba “tocadito” desde antes?

--Pienso que Diego estaba enfermo de algo muy dañino: la negación. No afrontar la realidad lo llevó a perder su familia, su casa, y su cordura. La verdad, cuando muestra su cara más dura, es difícil de hacerle frente. Amparándose en su negación, prefirió perderse, antes que atreverse a un cambio. Fíjese, Contreras, que por lo que me contó, su cadáver mostraba una sonrisa de felicidad: eligió morir en una forma indigna y miserable, creyendo sus propias mentiras, y ser encontrado como una momia putrefacta plagada de hongos.

--No sé cómo se atrevió a comerlos. Tienen un aspecto maligno. Me da náuseas hasta tocarlos. Me costó desprender el que le traje. Solo lo hice porque deseaba que lo viera…

Y así fue a parar el exótico hongo a mi colección. El haber sido arrancado del cadáver que lo alimentaba no afecta sus colores psicodélicos, ni su extraña manera de crecer.

Supongo que se alimenta de mentiras y malas energías, y lo puedo considerar un “control de plagas espirituales”. Pero es cierto que, de solo verlo, causa repulsión y estremecimiento…

Si quieren verlo personalmente, pasen por La Morgue. Si crece ante su presencia, seguramente nos daremos cuenta de que tienen una negación dañina implantada en su corazón…

Buena semana.

Edgard, el coleccionista

@NMarmor

Imagen tomada de la red