• Edgar, el coleccionista

Legado familiar




Hola amigos.


Quiero contarles una anécdota de mi infancia.


Yo tenía un hermano gemelo idéntico, Eduard. Éramos inseparables.


Nos complementábamos en forma perfecta. Era como si pensáramos en equipo, o nos leyéramos el pensamiento.


Un día, el que cumplíamos doce años, se nos ocurrió jugar en los techos de la funeraria, mientras mi madre preparaba el festejo.


Corriendo en forma temeraria, nos movíamos como gatos. Pero Eduard tropezó con una teja floja, y cayó, rompiéndose el cuello.


Fue terrible.


Sentí como si una parte mía se hubiera quebrado en forma irreversible.


Pese a observar el desmadejado cuerpo de mi hermano desde arriba, en una posición horrendamente antinatural, mientras se escuchaban los primeros gritos y lamentaciones, desde la casa familiar, Eduard continuaba a mi lado. Me miró tristemente, y apoyando su mano, que se sintió como una corriente helada sobre mi hombro, hizo con el dedo sobre sus labios un gesto de silencio.


Yo asentí, y bajé del techo, seguido todo el tiempo por él.


Cuando pasó la pesadilla de llamar a la policía, y se brindó el permiso de disponer del cuerpo, mi padre, trastornado, pero estoico, habló conmigo.


Me dijo que ahora era el único heredero de una empresa familiar centenaria, y que la desgraciada ocasión era propicia para aprender la profesión.


Me dio el material para cambiarme y me hizo entrar a un sector de la funeraria que hasta entonces me tenía vedado: la sala donde se preparaban los cadáveres.


Eduard yacía en una camilla, tapado a medias con una sábana manchada por sangre.


Los ojos le habían quedado desviados por la caída, mirando la nada, cada uno en una posición diferente. Al ver la extraña postura de su cuello no había dudas sobre la causa de su muerte.


Su boca estaba abierta, como queriendo emitir un último grito, que jamás saldría, que había quedado atrapado por la eternidad.


Yo, ya vestido con un guardapolvo que me quedaba grande, me sentía mareado, viéndome a mí mismo yaciendo en la plancha de acero inoxidable, y sintiendo la presencia helada de Eduard, que oprimía mi hombro, como para darme aliento.


Padre comenzó los procedimientos.


Presencié y asistí las incisiones, drenajes, costuras, rellenos y arreglos de un cuerpo idéntico al mío, mientras la imagen de Eduard asentía, en señal de apoyo.


En ningún momento me mareé, ni dejé escapar el llanto que me oprimía el corazón. No quería decepcionar a papá, que se mostraba orgulloso de mi compostura.


Fue un trabajo arduo dejar presentable a mi hermano.


Hubo que cerrarle los ojos cosiéndolos estratégicamente.


Cuando mi padre usó sus conocimientos para hacer lo propio con su boca, sentí un crujido espeluznante. Otro más terrible le precedió cuando acomodó su cuello destrozado.


Luego desplegó su pericia con el maquillaje. Me dio instrucciones precisas de cómo usarlo, con un tono de voz estremecido que jamás olvidaré.


Cuando llegó el momento de vestirlo, Eduard parecía dormido plácidamente.


Papá era un artista.


Ni mi madre, ni nadie que lo viera en su velatorio se llevaría la terrible imagen de un cadáver retorcido, mancillado por la muerte violenta de la fatal caída.


Se llevarían el recuerdo de un niño con el aspecto de descansar tranquilo.


La experiencia me conmocionó particularmente.


Oficié a la par de mi padre como anfitrión en el velorio, vestido formalmente.


Se había muerto mi otra mitad. Y yo había aprendido el arte de embellecer la partida de esa parte mía que negaba a marcharse, ya que Eduard me acompañaba, sin que nadie más que yo pudiera verlo.


Recién cuando llegó el momento de cerrar el ataúd, mi hermano me hizo un gesto de despedida, y otro que entendí muy bien. Se golpeó el pecho espectral, y señaló el mío.


Asentí. El habitaría mi persona. No perdería nunca la dualidad de mi gemelo.


Así es como mi cumpleaños, es también el día de mi muerte.


Nacer, y morir. La ambivalencia del existir. Yo la tengo, y la cuido como un tesoro.


Y también es otro bello tesoro el legado familiar que recibí ese día. Único e inapreciable.


Quiero que piensen en sus seres queridos.


Que sepan cuidarlos y disfrutarlos, porque la muerte acecha constantemente.


Y créanme, amigos. Los muertos no hablan.


Se llevan sus secretos para siempre.


Los saludo afectuosamente, mis amigos.


Los espero.


Siempre los espero…

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