• Edgar, el coleccionista

LAS LARVAS DE LA MUERTE (HISTORIAS DEL CUADERNO NEGRO)


Queridos amigos: a raíz de un episodio que me aconteció hace poco, quiero contarles sobre un escrito que encontré en el cuaderno de tapas negras de mi padre.

En él me explica que hay una gran cantidad de poderes.

El de mi amada Aurora, según lo que deduzco, está directamente relacionado a las fuerzas de la naturaleza.


El de Tristán, mi querido ayudante y amigo, está en sincronía con el que yo poseo, pero es más poderoso que el mío, ya que tiene condiciones de captar cosas que yo no puedo.

Mi don, hasta donde entiendo, tiene el propósito de encaminar las almas hacia el descanso eterno, y luchar contra las fuerzas que se opongan en ese proceso.

Quizá por eso, mi padre me explica un detalle que yo desconocía sobre el “desencarnar” de los espíritus.


Al morirnos, se desprende nuestra alma inmortal. Pegada a ella, existe una entidad energética parásita, que se alimenta de tristezas y obsesiones con los restos físicos de las personas.

Estas “cosas”, para quien tiene la capacidad de visualizarlas, tienen un aspecto de repugnantes larvas gigantescas, y se pegan a las personas que propician sus apetencias por el dolor y el morbo por la muerte, y contaminan sus vidas y hogares con malas energías, trayendo desdicha y miseria.

Mi padre me menciona que mi medio hermano me odia por mi capacidad de dar ascensión a las almas perdidas, que él anhela para transformarlas en elementos dañinos, en sus prácticas oscuras. No tiene muchos recursos para apresar espíritus, pero sí para controlar las inmundas larvas de la muerte, y manipularlas a gusto.


Hace unos días, tomábamos café con Tristán casi a la madrugada, habiendo terminado un velatorio.

Tristán me advirtió que mi prendedor de cristal estaba oscureciéndose, así que nos preparamos para otro ataque de mi malvado medio hermano, Velasco.

Cerbero, mi mastín, empezó a gemir lastimeramente, mientras olisqueaba la puerta que daba al jardín.

Escuchamos sonidos guturales, gruñidos, y pronto, la rotura de la puerta, que le dio paso a una horda de cadáveres en distintos estados de putrefacción, con las larvas que les referí anteriormente trepadas sobre sus cabezas descompuestas, como inmundas garrapatas.

Por lo que entendimos, tenían toda la intención de ingresar al salón donde tengo mi colección, y saquearla.

Impusimos nuestras manos ante el horrendo grupo, creando un débil campo de fuerza, que a duras penas los frenaba, mientras gruñían, pobres esclavos sin alma ni cerebro, títeres de mi nefasto hermano, desprendiendo pedazos de carne podrida en su lucha por cumplir su misión de esclavos.

—Edgard, trate de seguir conteniéndolos. Yo voy a intentar algo diferente.

Ante mi atónita mirada, Tristán se acercó a cada uno de los zombis. Desprendió con sus manos las larvas, y las aplastó entre sus dedos, salpicándose de un asqueroso líquido verde negruzco, que olía aún peor que los muertos, mientras gritaba a toda voz:

—¡Aquí no tienes poder, ni espacio, ni control!

Las horrendas larvas emitían un chillido espeluznante al caer, explotadas, quedando en el piso como cáscaras vacías, muy parecidas a la piel de la muda de una serpiente, pero con escamas movedizas, como si se negaran a morir del todo.

Al arrancar esas abominaciones de las cabezas de los difuntos, estos cayeron en mi casa. Reconocí a muchas personas cuyos velorios había oficiado en distintos momentos. Me dio pena y rabia la profanación que habían sufrido, usados como marionetas para hacerme daño.

Junté en un gran frasco los restos de las larvas, conjurando la oración de Tristán, y lo llevé con mi colección.


No tuve más remedio que llamar al comisario Contreras para que me ayudara con el tema de los cuerpos, para devolverlos a sus tumbas.

El pobre hombre casi se muere de la impresión. Con una brigada de hombres discretos, hizo gala una vez más de su inapreciable amistad, retirando los difuntos, y justificando la profanación del cementerio lo mejor posible.

Me queda poco tiempo ante una confrontación frente a frente con mi perverso medio hermano, y ruego a las fuerzas del bien, al universo, y al Altísimo, me permita doblegar al mal y su reinado.

Mis queridos amigos: las larvas de la muerte son reales. Contaminan en verdad de tristeza a las personas obsesionadas con ideas oscuras, los que juegan con la ouija, y los que se valen de brujerías para obtener algún beneficio. No los atraigan a sus vidas con prácticas dañinas.



Los espero, como siempre en La Morgue, mi colección a disposición de ustedes, con todas sus historias.



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