LA TRAMPA

En un barrio de bajos recursos en mi pueblo, un ladrón se empeñaba en robar a la gente humilde sus pocas pertenencias.

Luego de que Néstor, el delincuente en cuestión, consideró que ya no era seguro realizar arrebatos, (despojaba a las mujeres de sus bolsos o carteras, tapando su rostro, y huía con la agilidad de un atleta, esfumándose como un fantasma), prosiguió con entradas a los hogares que quedaban desprotegidos, por la ausencia de sus habitantes en horarios laborales, o en viajes que surgían.

Nadie sabía cómo averiguaba el maleante la información que le proporcionaba la vía libre, o cómo neutralizaba alarmas, cámaras y vulneraba las cerraduras y candados más seguros del mercado.

Hasta conseguía pasar la brava vigilancia de perros irascibles con un rotundo éxito, dejándolos dormidos, drogados, sin hacerles daño.

Néstor observaba furtivamente las viviendas, camuflado con disfraces con los que pasaba desapercibido, y realizaba una ficha de cada casa, con fotos, esquemas y datos. Eran tan buenos y detallados, que lleva a pensar por qué no usaba su pericia en alguna actividad legal y productiva.

La policía no conseguía apresarlo, por lo que los vecinos estaban indignados. En poco tiempo, armaron una comisión que se juntaba por las noches, clandestinamente, ya que sus intenciones no eran muy benévolas.

Decidieron darle a Ernesto una lección ejemplar.

Le tendieron una trampa.

Un hombre que vivía solo, Agustín, recibió en pleno día, a la vista de todos, una compra de electrodomésticos importante. Se encargó de hacer en público una llamada, solicitando a un vecino que echara una miradita de cuando en cuando a su casa, ya que se había enfermado su madre, y debía marcharse.

Nadie en el pueblo tenía dinero como para semejante envío: lo que recibió Agustín fueron cajas vacías de un flete, escenografía fraguada como anzuelo.

Néstor, por supuesto, lo mordió.

Por la forma de la casa, la manera más rápida y segura de acceder a la misma era trepar al techo, lo cual era sumamente fácil, por una medianera con una guía metálica para una bella enredadera florida.

A la madrugada del supuesto viaje de Agustín, el ladrón se llegó con una furgoneta negra, con las luces apagadas, silenciosa y preparada para cargar el botín.

Él mismo también vestía de negro, confundiéndose con la oscuridad nocturna.

Confiado y tranquilo, luego de neutralizar una alarma bastante primitiva, y desviar las miras de las cámaras, trepó por la guía metálica hasta el techo a dos aguas, moviéndose con la agilidad de un gato.

Lo que nunca imaginó es que el punto donde debía pisar para bajar hacia el patio interno estaba engrasado con una sustancia resbalosa que lo hizo perder pie, y caer en el medio del patio.

Tampoco esperaba la filosa lanza que lo atravesó en su caída, quedando empalado por ella.

Trastornado de pánico y dolor, gritó como un poseso.

Se encendieron, entonces, las luces, y se vio sometido al escrutinio de los vecinos agraviados.

--¡Miren! ¡Es el hijo de Norita! ¡Se debe estar revolviendo en su tumba!

--Tan joven, y tan descarriado. ¡Lamentable!

--¡Ayúdenme, por favor! ¡Se los suplico!

--No te lo mereces. ¿Cómo pudiste despojarnos de nuestras pocas pertenencias, sabiendo que somos todos humildes trabajadores, tal como era tu pobre madre?

¿Por qué no nos pediste apoyo en su momento? No te hubiéramos dado la espalda…

--¡Les suplico perdón! ¡Me duele la espalda! ¡No puedo moverme!

--Caíste sobre una lanza que preparamos para ti. Nos cansamos de sentirnos violados e ignorados. Nos robaste y humillaste. Te reíste de nosotros. De ser por mí, esperaré a que te mueras desangrado, lleve el tiempo que lleve.

--Yo propongo echarle a mis perros, los que él drogó hace unas semanas, así se lo comen vivo…

--Pienso que deberíamos prenderlo fuego, cuidando de no incendiar la casa.

--¿Y si lo cortamos en pedacitos, uno por cada objeto que nos robó?

Néstor, absolutamente horrorizado por las crueles opciones propuestas por los vecinos, e ignorando que eran pautadas de ante mano para darle una lección, y que Agustín ya estaba por llamar a una ambulancia y a la policía, se desesperó de terror e impotencia.

Su joven cuerpo no toleró tanto miedo, y luego de convulsionar violentamente, falleció, no antes de gritar: “¡Perdón, mamá!”.

Nada pudieron hacer los médicos cuando llegaron a la truculenta escena.

Hubo una pelea entre los vecinos y la policía, donde los primeros le reprochaban a las fuerzas del orden su impericia, que había provocado el uso de la justicia por mano propia, ignorando que el experto ladrón tenía solo dieciocho años, y que era un miembro cercano de la comunidad.

La policía repudió la crueldad del método utilizado, y se llevó a todos los integrantes del complot.

Luego de presentar pruebas y contra pruebas, quedaron libres, con una sentencia en suspenso, y una culpa y dolor en el alma que los acompañaría el resto de sus vidas.

Quiénes no habían sido víctimas de las fechorías de Néstor, se ocuparon de elevarlo prácticamente al lugar de un santo mártir, asesinado por un grupo de psicópatas sádicos, dividiendo al pueblo en dos bandos, y multiplicando querellas y discordias.

En el propio velatorio del muchacho, solventado por una colecta, tuvimos que manejarnos con muchísimo tacto para calmar los ánimos, ya que los agravios e insultos hubieran ocasionado una reyerta lamentable.

Cuando se fueron los belicosos asistentes, el espíritu de Néstor se materializó, atravesado con la lanza que no le hubiera quitado la vida de no haberse aterrorizado por las bravatas supuestamente aleccionadoras.

De sus tristes ojos manaban lágrimas negras, y tenía un gesto de anhelante desesperación: quería terminar con su calvario.

Con mi querido asistente, Tristán, impusimos nuestras manos, orando y trasmitiendo energía sanadora.

En un punto, Néstor dejó de llorar. Su rostro torturado se relajó, y la lanza, en llamas, se carbonizó, quedando solo su punta, que cayó al piso con un sonido similar al del tañido de una campana.

Aliviado, se llevó una mano al corazón, y antes de un agradecido saludo, nos señaló el objeto en el suelo. Luego, cada vez más luminoso, estalló en chispas deslumbrantes que se elevaron y esfumaron.

Tomé la punta de la lanza, que cobró el aspecto de plata, y vi que tenía un nombre grabado: “Nora”.

Creo que Néstor se despidió pidiendo perdón a su madre por el camino torcido que tomó al morir ella, su único sostén y apoyo.

De lo ocurrido solo me quedan conclusiones tristes. No voy a romantizar la decisión de delinquir de Néstor, pese a su juventud e inexperiencia: pudo haber elegido otro modo de subsistir, pedido ayuda…

Los vecinos, aunque cansados de los robos, no debieron nunca intentar la justicia por mano propia.

Los que no sufrieron los hechos delictivos fueron absolutamente imprudentes en victimizar a Néstor de manera tal en que quienes le tendieron la trampa se vieran como monstruos desalmados.

La policía debió ocuparse más activamente del tema, pese a su real falta de recursos, y de que el comisario es mi amigo: podían haber evitado una tragedia, conteniendo a la gente, y brindando vigilancia, al menos.

Dios me perdone si estoy equivocado, pero cuando demasiados grupos se adjudican la verdad y la razón, el resultado solo es el caos y el sufrimiento.

Creo que lo que ocurre a nivel mundo, avala mi visión…

Una vez más quedo a su disposición para mostrarles la nueva adquisición de mi colección, la punta de la lanza, y los demás objetos, con sus historias y energías.

Los espero en La Morgue, como siempre. De todas maneras, tarde o temprano, llegarán aquí. Es inevitable.

Buen fin de semana.


Edgard, el coleccionista

@NMarmor



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