LA MANO DEL LADRÓN

EDGARD, EL COLECCIONISTA

LA MANO DEL LADRÓN


Augusto estaba absolutamente harto, cansado e indignado de los robos que venía sufriendo en su comercio.

Con mucho esfuerzo, había logrado montar una tienda de artículos electrónicos en el pueblo.

La primera vez, el ladrón entró rompiendo una ventana de iluminación, enrejada, casi a la altura del techo, al amparo de la noche.

Su pericia le permitió desconectar la alarma, más no la cámara, que estaba escondida.

En seguida reconoció al delincuente: era Ruperto, un joven conocido por todos.

Aunque la filmación no era muy nítida, era clara la identidad del maleante.

Pese a que el comisario consiguió una orden de allanamiento, al no encontrar nada de lo robado en la casucha del muchacho, no pudieron arrestarlo, dada la falta de definición del vídeo.

El segundo robo ocurrió con la violación de la puerta principal, y el botín fue mayor.

Ocurrió lo mismo que la primera vez: no se pudo hacer nada.

Dispuesto a que no volviera a ocurrir, ya sin fe en la justicia ni en la ley, a pesar de las súplicas de su esposa, Augusto tomó la determinación de tomar en sus manos el asunto: decidió pernoctar en el local, fingiendo que se retiraba, y retornando por una puerta trasera en forma muy discreta.

Antes de cumplirse el tercer mes del primer incidente, la vigilia encarnizada de Augusto dio sus frutos: nuevamente la puerta principal fue vulnerada, pese a todas las medidas de seguridad.

Agazapado tras el mostrador, sobre el que se lucía una valiosísima consola de juegos, Augusto aguardaba, con una filosa hacha firmemente aferrada.

Cuando la mano de Ruperto se acercó a la consola, iluminado por la linterna con la que alumbraba sus fechorías, con una agilidad felina, Augusto salió de las sombras, y se la cercenó a la altura de la muñeca, manchando con el chorro de sangre casi todo el local.

Gritando como un cerdo en el matadero, el tipo huyó, desesperado, dejando su mano mutilada en posesión de Augusto, que, silbando alegremente, fue a la parte posterior del negocio, y trajinando con enseres de limpieza, se abocó a dejar asépticamente impecable su local.

Colocó la mano en un frasco con formol, y sin molestarse en denunciar el incidente, volvió feliz a su casa, sin explicarle nada a su mujer, y escondiendo su trofeo.

En principio, le llamó la atención que los desgarradores gritos del tipo no hubieran alertado a nadie. Luego reflexionó sobre eso y llegó a la amarga conclusión de que la gente, ya sea por temor o indiferencia, hacía oídos sordos la mayoría de las veces a los ruidos y voces de la noche, atrincherados en la seguridad de sus hogares, y sin deseo de involucrarse en problemas ajenos.

Abrió el negocio al día siguiente en forma normal, y les pidió a unos chicos, a cambio de unos pesos, que limpiaran la vereda y el reguero de sangre que seguía más allá de ella, arguyendo que seguramente había habido una pelea de perros o gatos.

Los muchachitos lo hicieron, pero dijeron que el rastro de sangre llegaba muy lejos, y que les tomaría mucho tiempo seguirlo. Conforme, Augusto les pagó generosamente, y los despidió, agradecido.

Extrañamente, nada se supo de Ruperto.

Por la madrugada, Augusto comenzó a despertarse por un tintineo insistente.

Venía de un cuarto cercano a su habitación, que le servía de depósito de su mercadería, oficina de contabilidad, y donde estaba escondido el frasco.

Ante la insistencia del ruido, abrió el viejo ropero del que procedía el sonido: horrorizado, vio como la mano tocaba con los dedos el vidrio, valiéndose de las uñas para hacer sonar el frasco, pese a estar amortiguado por el líquido.

Con los ojos desorbitados, observo el dedo, que tocaba la pared vítrea, y luego indicaba con el índice en dirección al sur.

Cerrando de golpe la puerta del ropero, se fue a la cocina, donde se sirvió una más que generosa dosis de aguardiente, sopesando la situación.

No era hombre de creer en brujerías y cosas raras, pero reconocía que la carga de estrés vivida en los últimos tiempos podía jugarle malas pasadas en su cabeza, provocándole alucinaciones visuales y auditivas.

Con una segunda dosis de alcohol, se fue a dormir, lamentando al otro día la resaca que le taladró el cráneo.

Para su espanto y disgusto, otra vez fue despertado, la noche siguiente, por el mismo sonido.

Aterrado, se dirigió al infausto ropero, donde nuevamente el dedo insistía en golpear el vidrio, y señalar hacia el sur, moviéndose con una determinación diríase implorante.

Nuevamente acudió al aguardiente, pero no se acostó.

Con el mayor de los cuidados para no despertar a su esposa, que roncaba pacíficamente, ignorante del horroroso drama del esposo, se vistió en silencio, y con un arma en el bolsillo, tomó la dirección señalada por el macabro dedo, a sabiendas que por ahí se hallaba el páramo donde Ruperto tenía su casucha.

Al llegar, se sorprendió de no encontrar ninguna traba ni cerradura en la puerta: pudo ingresar sin inconvenientes, con el revólver temblándole en la mano.

Lo que encontró superó cualquier imagen de su peor pesadilla.

El lugar, precario y desaseado, estaba encharcado de sangre.

Entrando en un cuartucho, sobre un inmundo catre empapado, yacía Ruperto, con la muñeca envuelta en unos trapos sucios que chorreaban líquido escarlata. El resto del brazo, hasta el hombro tenía un enfermizo color morado, casi negro.

El olor era nauseabundo, y Ruperto gemía quedamente, ardiendo en una fiebre que parecía recalentar el lugar.

Aguantando las náuseas, hizo una llamada anónima a emergencias, y se escapó, horriblemente espantado.

Aunque la ambulancia llegó rápidamente, ni siquiera la amputación del brazo engangrenado salvó la vida del muchacho, que expiró a los pocos minutos de efectuado el procedimiento: la infección había avanzado demasiado.

Augusto, enterado del deceso, averiguó todo lo que pudo.

Se enteró que Ruperto había crecido en una familia donde los golpes, las drogas y la delincuencia eran el día a día de su vida.

Sus padres no se preocuparon nunca por él, que pasó por innumerables hogares de acogida, de donde terminaba huyendo, y siendo institucionalizado, hasta que cumplió la mayoría de edad. Encontró la casita abandonada, la ocupó, viviendo de raterías, y negocios turbios, ya que nadie jamás se molestó en mostrarle otro camino viable, o le dio cariño para buscar ayuda.

Augusto se sintió muy mal.

Pensó, en primera instancia, entregarse a la justicia.

Le contó a su mujer la horripilante historia. Ella le convenció de que nada remediaría quedando preso.

Le sugirió, en cambio, ya que no tenían hijos, ofrecerse como familia de acogida, con el compromiso de inculcar valores y amor en algún jovencito descarriado, y expiar así la terrible falta incurrida.

Además, se encargaron de pagar el velatorio de Ruperto.

Cuando Augusto vino a pautar la ceremonia, traía una bolsa con él, y muy nervioso, terminó contándome la historia que lo atormentaba.

Me dio el desagradable frasco, “para que el chico no se marche incompleto”.

Me rogó que no lo delatara. No lo hice.

Sé que Ruperto pudo marcharse en paz. Su mano, flotando en el frasco, hizo un saludo final, antes de ocupar un lugar en los estantes de mi colección.

Ahora Augusto y su señora están criando a dos niños, a un paso de adoptarlos, y brindándoles las oportunidades que Ruperto no tuvo.

No creo que el hombre consiga drenar la enorme carga de remordimiento, pero ser recibido por los chicos con una sonrisa al regresar de su trabajo, le alivia el peso de la culpa.

En cuanto a la mano, de vez en cuando hace un gesto de asentimiento, pulgar para arriba, como un macabro emoticón, pero dejando la sensación de que su dueño por fin encontró la paz en otro plano…

Queda abierta la invitación para que me visiten en La Morgue.

Hay mucho para ver, y mucho para contar.

Los espero. Siempre…

Edgard, el coleccionista

@NMarmor





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