• Edgar, el coleccionista

La ladrona de tristeza

Aproveché las mansas horas de la madrugada para comentarle a mi amada Aurora un tema que me afligía. Los dos últimos velatorios que había oficiado, terminaron con una descompostura horrible de los asistentes. No sólo les dolía muchísimo la cabeza y el estómago, sino que se sentían extrañamente confundidos y melancólicos, con una desdicha inexplicable. Lo primero que pensamos, con Tristán, mi asistente, fue en alguna intoxicación.


Desechamos pronto la teoría: nosotros mismos consumimos todas las bebidas y alimentos ofrecidos durante las despedidas, y no tuvimos ninguno de los síntomas. Tampoco era viable pensar en una fuga de gas, cuyo sistema revisamos de todos modos.


-Tengo una idea sobre lo que está ocurriendo. Puedo estar equivocada, pero no lo creo. Lo más seguro es que Lucrecia haya estado en tu funeraria.


-¿Quién es Lucrecia?


-Una hechicera. O bruja. O como quieras llamar a alguien que posee ´´el don´´.


-Pues no me parece, Aurora. De haber alguien con esas características, Tristán o yo le hubiéramos detectado.


-Mi querido Edgard: ustedes poseen el poder sobre las fuerzas del aire y del fuego, que capta las energías espirituales. Yo lo tengo en menor grado. Pero dispongo más desarrollados, los de la tierra y el agua, que cuidamos en el culto de la Pacha Mama. Esta mujer los tiene, y los usa para el mal, de pura vanidad.


´´Hay entidades diferenciadas, arraigadas al plano terrenal, que algunas personas con el espíritu enfermo convocan para pedir poderes.


´´A uno de estos entes acudió Lucrecia alguna vez, solicitando longevidad y belleza.


´´El ser que invocó se las otorgó. Lo que ella necesita para disponer de ellas, es alimentarse con energía de tristeza, odio o miedo.


´´La descubrí cuando tiempo atrás incendiaron el paraje donde vivo.


´´Se acercó entre los voluntarios con la excusa de ayudarnos, pero capté qué clase de ser era, y cómo devoraba el dolor y el terror de la situación que vivimos, como si fuera una golosina, enfermando a los afligidos, robándoles su fuerza vital.


´´Tuve que reprimir mi enojo, y con la ayuda de otros miembros del culto, le pedimos que se fuera.


-¿Y cómo se expulsa a alguien así?


-Nos concentramos en transmitir, a la vez que la invitamos a retirarse, todo el amor, la paz y buenos pensamientos posibles.


´´Fue como derretirle una careta con ácido: su hermosura impactante, de la que se vale para hacerse lugar en donde intenta infiltrarse, se desfiguró en el acto, mientras chillaba como un buitre. Nunca vi una mujer tan fea y vieja. No sé la edad que tendrá, Edgard, pero me atrevo a decirte que es milenaria.


´´Y es nómade. Va de un lugar a otro a alimentarse de dolor ajeno. Cuando se siente fuerte y renovada, se marcha a otro sitio, dejando a las personas a las que le robó su esencia muy enfermas y deprimidas.


´´El mundo es un coto de caza interminable para ella. Creo que se ha encaprichado con nuestro pueblo, pues vienen pasando cosas espantosas desde hace largo tiempo.


´´La puedes atrapar y expulsar en el próximo velorio. Te aseguro que va a asistir. Le salieron bien sus anteriores visitas.


-¿Cómo la reconozco?


-Aunque trate de disimular su extraordinaria belleza, la verás como a una jovencita de grandes ojos pardos rasgados, con reflejos dorados, de piel morena, y una larga cabellera castaña. Tiene una figura que no deja indiferente a ningún hombre, y un aire de tierna inocencia. Para más detalles, usa un broche en el pelo que imita una llama de metal, en simbolismo del odio que arde en la tierra.


Me ruboricé al darme cuenta de que la había visto en los dos velorios. No pensé que fuera raro, dado que nuestro pueblo es pequeño, y siempre hay conocidos en común. Aurora se rió al ver mi cara.


-No te avergüences, Edgard. Era lógico que te fijaras en ella. Apuesto a que Tristán también le prestó bastante atención.


´´Ahora que sabes de quién se trata, deben estar alertas, y para evitar que dañe a los asistentes robándoles su energía de tristeza, no deben dejarse ganar por el enojo.


´´Recuerda: sentir amor, es lo peor que pueden hacerle. Con estas premisas muy claras, y habiendo aleccionado a Tristán, sólo bastó esperar. Y efectivamente: apareció en el velatorio, con cara de aflicción. Nos acercamos a ella, en forma discreta, para no alarmarla.


-Disculpe usted, señorita. Tenemos que pedirle un gran favor. Una dama está descompuesta, con un ataque de nervios por el dolor de la pérdida, en nuestra oficina. No podemos calmarla. ¿Sería tan amable de acompañarnos, para ver si logra tranquilizarla? Quizás al ver a una linda jovencita, que le hable dulcemente, se sienta mejor…


Lucrecia se iluminó con una sonrisa espectacular. Se debía estar relamiendo interiormente con la posibilidad de darse un gran banquete con la angustia de la supuesta afectada. Enorme fue su sorpresa, cuando al ingresar a la oficina, Tristán trabó la puerta, y puso música clásica a todo volumen.


-El tema preferido del difunto, señorita…


-¿Qué está pasando? ¿Por qué me encierran acá?


-Sabemos quién eres, Lucrecia. Y queremos que te marches, en paz.


Antes de que siquiera atinara a gritar, por sobre el volumen de la música, le impusimos las manos con los pensamientos más nobles que pudimos evocar. Capté, emocionado, el afecto que Tristán sentía hacia mí, por haberlo ayudado, y la magnitud de sus sentimientos hacia aquellos que atesoraba en su corazón.


Por mi parte, vivencié intensamente todo el amor que siento y sentí en mi vida. El espectáculo que presenciamos, no me lo olvidaré jamás. El hermoso rostro de adolescente se transfiguró en el de una anciana horriblemente deforme. Sus bellos ojos mutaron a dos globos saltones, con venas negruzcas que palpitaban en forma impresionante. La naricilla perfecta se agrandó hasta una dimensión increíble, ganchuda y llena de verrugas peludas. Su boca de pimpollo tomó la forma de una pútrida caverna, en donde colmillos amarronados custodiaban una bífida lengua verde.


Su piel de porcelana se cubrió de pliegues, arrugas y manchas, semejantes al cuero de un reptil prehistórico. El esbelto cuerpo se encorvó y retorció, con el aspecto de un esqueleto maltrecho cubierto de pellejos purulentos.


La melodía clásica enmascaró bastante su grito de ave de rapiña herida. Con la agilidad de una araña horrorosa, trepó hasta la ventana, chillando de forma espantosa. Dejó caer en su huida el broche de su cabello, que de sedoso y tupido, pasó a ser una mata de hebras grises y ralas.


El objeto pasó del rojo ígneo al color mustio de la ceniza de un fuego extinguido. Y, obviamente, ahora es parte de mi colección. Al margen de esta bruja espantosa, todos conocemos muy bien a gente común que se regocija con el sufrimiento ajeno. No le demos lugar en nuestras vidas a personas que disfrutan con el mal. Tarde o temprano, por mucho que se disfracen, terminan mostrando su verdadero rostro asqueroso y miserable.


Los saludo desde La Morgue, mis amigos, invitándolos a disfrutar de mis historias y objetos coleccionados.

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