LA GARRAPATA

Elvira vino a pautar los trámites del velatorio de su esposo.

Gonzalo, antes de fallecer, estuvo meses en coma.

Antes de caer en ese estado, por un ACV, martirizó a su mujer con un control asfixiante y opresivo durante años.

Elvira no podía tener amistades, ni visitar sin él a sus parientes.

Su ropa era supervisada meticulosamente, sus compras contabilizadas centavo a centavo.

No le permitía tener redes sociales en el móvil, el cual era revisado aleatoriamente, cuando lo requería.

Sus salidas para hacer las compras de la casa se transformaron en una tortura: debía cumplir un horario, más allá de las demoras que no estaban en sus manos.

Todo comenzó cuando recién se casaron. Elvira era maestra. Manejaba su dinero, y amaba su trabajo.

Gonzalo la convenció de abandonar su carrera docente, para hacerse cargo del hogar a tiempo completo, por un tiempo, al menos. Le dijo que no quería verla agobiada, y que él trabajaría por los dos.

Se entusiasmó en principio con la idea, porque planificaba tener un hijo.

Pero nada de lo que soñaba se concretó.

Gonzalo le dijo que no era momento de agrandar la familia. Lo sería cuando lo ascendieran en su trabajo. Él mismo le alcanzaba los anticonceptivos, y la instaba a tomarlos delante de él.

Luego llegó en forma sutil y progresiva una vorágine de maltrato psicológico y físico que ella normalizó, al estar prácticamente aislada, y tener como única voz a Gonzalo.

Si la casa no brillaba como un espejo, si la comida no estaba lista en determinado horario, si era detectada hablando con alguna vecina mientras hacía las compras, recibía un odioso sermón, donde se le recordaba que era una inútil, que jamás tendría un niño con una esposa tan haragana, que nunca podría llegar a ser una buena madre. Que se mirara al espejo: nadie, excepto él, querría a una mujer tan desprolija, dejada y torpe.

Lo escuchó tantas veces, que lo creyó.

Cuando se sintió absolutamente abrumada, comenzó a añorar su tarea como maestra: recordaba esa época como un período feliz en su vida. Quizá volviendo a tener independencia económica, su esposo la miraría de otro modo.

Pero, por el contrario, plantearle su anhelo a Gonzalo trajo una etapa horrible: comenzaron los golpes. La acusó de querer salir de la casa para buscar una amante. Cualquier fallo en el estricto cronograma de tareas y horarios impuestos generaba crueles golpizas.

Más de una vez debía salir a la calle con anteojos oscuros para ocultar sus ojos morados e hinchados, y sacos en pleno verano, para que no se le notaran las huellas de las manos de su esposo marcadas en sus delgados brazos.

Fue durante una sesión de esas torturas cotidianas, que Gonzalo cayó al suelo inconsciente. Elvira, horrorizada, se sintió incluso culpable del estado de su torturador, y llamó a una ambulancia.

Aunque Gonzalo no tenía actividad cerebral, Elvira no estuvo de acuerdo con quitarle los sostenes vitales. En su alienación por tanto tiempo de maltrato, se creía responsable de prolongar la vida de su nefasto esposo.

Sin ingresos económicos, pidió urgente un cargo, y lo obtuvo de inmediato, ya que había sido siempre una excelente maestra.

No bien se reintegró al trabajo, dividiendo su tiempo entre el hospital, la escuela y la casa, comenzó a sentir un malestar espantoso. Era un peso que agobiaba su espalda con un dolor horrendo, y le dificultaba respirar bien. Además, tenía la cabeza siempre a punto de estallar. Pese a que su condición empeoraba día a día, y que se desmayó en dos ocasiones en el aula, con voluntad sobrehumana prosiguió con su tarea docente.

No bien entró a verme a mi oficina, Tristán, mi querido colaborador, me hizo un gesto con el rostro: él había visto lo mismo que yo.

Elvira tenía pegada en su espalda y parte posterior del cráneo una enorme y repulsiva garrapata, con un malvado rostro humano. Gonzalo prefirió usar su energía espiritual antes de partir para mortificar a su esposa, tomando esa horrenda forma, solo perceptible para quienes tenemos el don, y se alimentaba del dolor y la aflicción de Elvira, que llevaba meses sufriendo ese peso siniestro, sin que los médicos supieran explicar la causa de su malestar.

Cuando Elvira me contó su historia, la abominación que cargaba sin saberlo, estaba en su máximo esplendor: hinchada casi a reventar, con asquerosas pústulas de las que manaba un repulsivo líquido verdoso. Pero nada era tan deleznable que el rostro malvado de Gonzalo, expresando el placer odioso de chupar la energía vital de su esposa.

_ Señora Elvira. ¿Confiaría en mí si le digo que podríamos aliviar sus molestias?

_ Por supuesto. Me han hablado mucho de usted, Edgard. Pero no comprendo cómo, teniendo en cuenta su oficio, podría ayudarme… ¡Perdón, no quiero ser grosera!

Me dio mucha pena. La pobre mujer se sentía mal por todo lo que decía y hacía, fruto del maltrato desalmado que había recibido por años.

_ No tiene por qué pedir perdón. ¿Me creería si le dijera que de una forma extraña Gonzalo la está dañando ahora mismo?

_ ¡Ay, Edgard! He sentido eso desde que retomé mi carrera docente, pero pensé que era un castigo por desobedecer a mi marido, y que estaba loca….

Mientras hablábamos, el rostro de la inmunda garrapata se retorcía de odio, y le infligía más dolor a su mujer.

_ Sé que está sufriendo en este mismo momento. Permítanos, a Tristán y a mí intentar liberarla del dolor.

_ ¡Por supuesto!

Tristán se alineó conmigo. Impusimos las manos ante Elvira, sentada ante nosotros.

El espantoso parásito la mortificó, extrayendo su energía, y la pobre se desmayó.

Cuidando de que no se cayera de la silla, tratamos de emitir nuestro don hacia la horrenda cosa mutante pegada a Elvira.

_ ¡Asquerosa abominación, deja en paz a esta persona, y elévate hacia la luz!

La respuesta fue un gesto de furia cargado de desprecio, y el cuerpo de la garrapata creció, hinchándose de una forma horrorosa, con las pústulas hediondas manando su inmundo líquido, que quemaba lo que tocaba como ácido.

Entonces, nos miramos con Tristán, y asentimos. Obramos como si el ´´bicho´´ fuera físico. Pese a nuestra repugnancia, apretamos abrazando con fuerza el horroroso bulto del cuerpo. La baba verde nos quemaba al resbalar sobre nosotros, y la cara de Gonzalo, además de odio, mostraba miedo y dolor.

Con un esfuerzo tremendo, hicimos estallar al ente.

Se fue ´´desinflando´´ hasta empequeñecerse, soltándose de la espalda agobiada de Elvira.

Cuando cayó al suelo, con el tamaño de una nuez, lo levanté asqueado, al comprobar la minúscula cara de Gonzalo, enferma de odio y furia. Tristán me alcanzó un frasco.

Allí se quedará, en los estantes de mis piezas de colección, hasta que abandone sus emociones dañinas, y logre trascender.

Al despertarse Elvira, y sentirse libre del macabro peso que la aplastó durante meses, lloró de alivio y agradecimiento.

Una vez terminado el velatorio y entierro del malévolo Gonzalo, podrá hacer una vida normal.

Pueden asistir ustedes también, si lo desean, y ver de paso la asquerosa garrapata con rostro humano apresada en un frasco.

Tratemos siempre de estar atentos a esos parásitos malsanos que descargan su violencia contra sus parejas, aislándolas y torturándolas. Ser indiferente ante estos casos, es ser cómplices también.

Ya están invitados nuevamente a La Morgue. De todos modos, sé que en algún momento pasarán por aquí…

Edgard, el coleccionista

@NMarmor