• Edgar, el coleccionista

La familia


Hola, mis queridos amigos. Les voy a contar un suceso que me impactó bastante. Tristán, mi ayudante, me contó que estaba preocupado.


Señor Edgard: vienen a mí almas en pena, con una aflicción que no descifro. Sufren. Es más que seguro que acudan a usted.


Estaré prevenido, mi buen Tristán.


Ese día vino a visitarme el comisario Contreras. Me refirió un caso particular que lo tenía muy intrigado.


Vine a comentarle, Edgard, porque sé que puede orientarme. Estoy investigando en el cementerio. Alguien está robando cadáveres de sus tumbas.


¿Escuché bien?


Lamentablemente, sí. Se llevan los cuerpos, y dejan en los ataúdes cruces de madera pintadas de negro.


Interesante, Contreras. ¿Y si le digo que podría intuir por dónde viene el problema? No es que sepa bien de qué se trata, pero una pista, puede haber.


Por eso vine aquí, Edgard. Confío en sus… corazonadas.


Quedé en llamarlo apenas tuviera novedades. Y no se hicieron esperar. Como dijo Tristán, se me apersonaron las apariciones de varios adultos y niños, con gestos suplicantes. Llamé a mi asistente y me dirigí a los espectros: "Guíennos, por favor".


En una macabra procesión, salieron a la oscuridad de la noche, alumbrando el camino con sus luces fatuas. Nos adentramos en el campo. Pude vislumbrar que por donde pasaban los fantasmas, el pasto se secaba de inmediato. Vibraban a una frecuencia de profunda negatividad.


Llegamos a un ranchito precario. Lo conocía. Era la morada de Etelvina. Tragamos saliva. Toqué la puerta. Nos atendió, con su cara de bebé viejísimo, los grandes ojos azules abiertos desmesuradamente, como deslumbrados por un asombro constante. Una nívea cascada de cabello le caía bajando por su magro trasero, como la capa de una virgen en desgracia. Vestida con harapos negros, con un rosario como cinturón y adorno, nos sonrió cordial, la boca desdentada, de labios amoratados.


¡Hola! ¡Buenas noches! ¿A qué debo el honor de esta visita?


¿Podemos pasar, Etelvina?


¿Los conozco?


Sí. Posiblemente a mí, y no lo recuerde.


Mil disculpas por mi mala memoria, Adelante.


La sala de estar, sumamente humilde, estaba pulcramente ordenada. Los espectros tenían un aspecto tristísimo y disgustado. No era para menos: los cadáveres que los albergaron estaban dispuestos en distintas poses en el hogar de Etelvina.


¿Les ofrezco algo de tomar? ¡Ay, que soy maleducada! ¿Cómo se llaman? Así les presento a mi familia…


Él es Tristán. Soy Edgard.


Mucho gusto. Él es mi esposo dijo, señalando el cuerpo de un otrora hombre fornido. Pese a mi excelente trabajo de embalsamador, los ojos se habían descompuesto, y un tufo pútrido flotaba por sobre el aroma de los múltiples ramos de jazmines que adornaban la morada. Ellos son mis padres, y allá están mis suegros. En aquel rincón verán a mis niños jugando. Son muy traviesos.


El zumbido de los moscardones era la cortina musical del espantoso espectáculo. Parecía una pesadilla infernal: los cadáveres semi descompuestos posando macabramente, y la inocente sonrisa de Etelvina, los ojos luminosos de felicidad por tener a quién presentar a su "familia".


Ella es mi mejor amiga concluyó, abrazando los restos de una mujer de edad media, con el cráneo destrozado. Etelvina le había sacado el tocado de flores con que disimulé el accidente que le costó la vida—. Es un gusto. Lamento que nos tengamos que ir.


¿Tan pronto? ¡Apenas llegan!


Lo siento. Nos veremos pronto. Salimos de allí con el pecho oprimido. Fuimos donde el comisario, a contarle las novedades.


Vaya. Es muy triste, además de horroroso. Etelvina siempre estuvo sola. Creció en un orfanato. Vivió con el dolor de no pertenecer a una familia. Cuando formó la propia, una desgracia se la llevó. Fue la única sobreviviente de un vuelco en automóvil. Después de eso, su cabeza no funcionó nunca muy bien. Pero jamás hubiera imaginado que llegaría al punto de hacer lo que me relata. Es increíble que una ancianita tan frágil haya podido cavar las fosas y llevarse los cuerpos tan lejos, sin que nadie la viera.


Lo único que la vida no le robó a Etelvina, fue su voluntad de tener a quien amar.


Mandaré a mi gente para que maneje esto en forma discreta. No quiero un circo alrededor. Y trataré de llevar a la pobre donde puedan cuidarla, y no se sienta sola.


Se los agradecemos, Contreras.


Yo estoy eternamente agradecido con ustedes. No podría haberlo resuelto solo. ¿Puedo ayudarles en algo?


Le pediría, de ser factible, las cruces que encontró en los ataúdes.


Por supuesto. Nos retiramos, seguidos por el séquito de almas en pena. Cuando llegamos, fuimos presentando, una a una, las cruces a cada espectro, que se eclipsaba, tornando de blanco radiante la ennegrecida madera. Más adelante visitamos a Etelvina en el hospital psiquiátrico. No pareció reconocernos. Estaba sentada junto a una ventana, mirando a la nada, hablando con un rayo de sol, sonriendo plácidamente. Sólo cuando le dejé una cruz blanca en el regazo, su mano apretó la mía, y su mirada azul se fijó en mis ojos con una profundidad estremecedora.


Salude, por favor, a los míos. A usted lo escuchan.


Claro que sí. Pero yo sé que a usted también.


Un destello cruzó su mirada. Luego se volvió vacua, y continuó flotando en el vacío. El resto de las cruces esplendentes forman parte de mi colección.


Pienso, después de esto, que todos damos por sentado, como algo natural y que nos pertenece por derecho, el afecto de nuestros seres queridos. Y no es así. Creo que debemos valorar eso por sobre todas las cosas.


Los saludo esperándolos en La Morgue, como siempre. Buena vida, feliz muerte.

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