LA BRÚJULA

Amadeo es un señor grande, viudo y jubilado.

El médico, tras su último chequeo, le recomendó un urgente cambio de dieta y estilo de vida.

Para indignación del hombre, que se sentía bien, y sano, el doctor le hizo un largo listado de alimentos prohibidos, (los que más consumía y disfrutaba), y le recomendó iniciar caminatas para bajar los niveles glucémicos.

A regañadientes, se dijo que lo haría a su modo, que implicaba una que otra “trampita”.

Decidió dar su primer paseo, hasta la plaza del pueblo, pero llevó como colación un tremendo emparedado con todo lo que le habían vedado de consumir. Como un acto de humor, le agregó una hoja de lechuga, que, a su entender, lo hacía saludable.

Llegar hasta la plaza se le hizo mucho más difícil que lo que había pensado.

Años de sedentarismo transformaron su objetivo en un verdadero agobio: llegó agotado, transpirado, y sin aliento.

Se sentó, refunfuñando en el banco de la plaza, dispuesto a dar cuenta de su suculento sándwich antes de retornar, cuando un objeto brillante llamó su atención.

Casi gritando por el tirón que le dio la espalda al agacharse, tomó un objeto hermoso del piso: era una brújula.

Maravillado, la observó desde todos los ángulos. No bien lo hizo, la aguja pareció haberse vuelto loca: giraba sin sentido, hasta detenerse con un norte inexacto, que parecía brillar en forma extraña.

Por otro lado, en la cara opuesta, tenía una tapa, conformando un relicario.

Lo abrió con curiosidad, descubriendo en su interior la foto de una bellísima joven, con una hermosa bebé. Era enigmático, pero tenía la sensación de conocer esos rostros, los cuales, teniendo en cuenta su vida y rutinas, no encajaban dentro de su círculo social.

No obstante, no podía dejar de sentir que las había visto alguna vez…

Amadeo quedó tan impactado, que, en vez de devorar su suculenta merienda, guardó la brújula en el bolsillo, y reflexionando sobre el raro origen del objeto, se volvió a su casa, caminando despacio, pero con paso decidido, sopesando el evento.

Sin poderse sacar de la cabeza su hallazgo, al día siguiente, decidió salir a caminar con la brújula en mano, para ver si descubría algo sobre la misma.

Sin preparar ningún bocadillo, y con ropa cómoda, observó la brújula, que pareció vibrar con un cosquilleo entre sus manos arrugadas. Otra vez la aguja se movió locamente, señalando, iluminada, un norte errático.

Decidió seguir el camino señalado por el exótico aparato, con una rara sensación de expectación y desasosiego.

La ruta que tomó lo llevó a un camino en desuso, de tierra, y por él avanzó hasta que el cansancio lo instó a regresar.

La brújula parecía haberse recalentado. Amadeo, sin saber el porqué, sentía que el objeto le daba la aprobación.

Satisfecho con su jornada de caminata, se puso como meta retomarla al día siguiente.

Y así lo hizo: la brújula insistió en marcarle el viejo camino ya trazado, y el hombre, orgulloso de la nueva energía que le permitía avanzar tanto trecho sin agotarse, llegó, luego de cruzar un campo de arbustos y espinos, al viejo cementerio del pueblo.

Exploró el lugar, absolutamente desolado. Lápidas antiguas con inscripciones casi ilegibles, maleza creciendo entre las tumbas de siglos pasados…

Una vibración lo sacó de su observación, sacudiéndose en sus manos, con la aguja muy iluminada marcando un punto en particular: un antiquísimo panteón casi en ruinas, de aspecto macabro.

Con mucho temor, pero una determinación que no sabía de dónde le salía, Amadeo se acercó a la construcción semiderruida.

La puerta, otrora cerrada por seguridad con una cadena, mostraba a la misma rota, tirada en el suelo plagado de malezas.

Tragando saliva, abrió la hoja de madera podrida, y un olor nauseabundo lo abofeteó horriblemente: podredumbre y carne quemada.

El hombre sacó un pañuelo para cubrirse la nariz, y el móvil, para iluminar el lugar, cuyas grietas no le permitían al sol suficiente espacio como para dejar entrar a pleno sus rayos.

La luz del celular le dejó vislumbrar una escena terrorífica, mientras la brújula vibraba locamente: dos cuerpos casi totalmente calcinados: uno adulto, y otro mucho más pequeño.

La brújula palpitó como un corazón, y a Amadeo se le escaparon lágrimas de los ojos espantados: estaba casi seguro de que los cadáveres correspondían a la joven y la bebé del relicario escondido en el aparato.

Salió del macabro recinto, y buscó un banco para reponerse.

El artilugio se puso tibio, y su mente se iluminó de repente: ¡ahora recordaba quiénes eran las caras de la fotografía!

Hacía unas semanas, una joven mamá había desaparecido junto a su pequeña hijita.

Difundieron su imagen en la televisión, y en las redes sociales: la chica había sido víctima de violencia por parte de su pareja, pero el tipo no pudo ser acusado, debido al desconocimiento del paradero de las víctimas.

Si bien estaba en la mira de la justicia, sin cuerpos, no había delito…

Ahora, se dijo Amadeo, con lágrimas de amarga rabia, tendrían lo que necesitaban para apresar al canalla…

Y llorando, como alma en pena, se recompuso, y llamó a la policía.

Se quedó esperando en el enmohecido banco del cementerio hasta que llegaron los efectivos policiales.

Luego de que se procediera, el comisario Contreras acercó a Amadeo a su casa, enterándose de que las víctimas no tenían a nadie que se hiciera cargo del funeral.

Amadeo, conmovido, prometió ocuparse de los costos del mismo, absolutamente afectado por la triste historia.

El comisario le recomendó hablar conmigo, y así lo hizo el hombre.

Me confesó que estaba sufriendo, pensando en el horrible destino de la jovencita y su bebé, y me mostró la brújula, pidiéndome que no lo tomara por loco al contarme lo sucedido.

Le dije que le creía, palabra por palabra. Lo que no le dije, el que vi las almas de las víctimas, que se despedían ascendiendo con un gesto de paz, y que, a través de sus vibraciones, me dieron a entender que la brújula, herencia de un abuelo, había llegado a manos de Amadeo por ser un buen hombre, y muy sensible. Aparte, si no se ponía en actividad pronto, lo más probable es que hubiera fallecido, por su tozudez a seguir las instrucciones del médico.

Le prometí que rezaría por el descanso de las difuntas, y oficiaría el velatorio más bello que se pudiera recordar en el pueblo, y le hice una oferta: me haría cargo yo de todos los gastos, si me dejaba la brújula relicario, para orar por las víctimas.

Por otro lado, le aseguré que el comisario, amigo personal, no descansaría hasta que la justicia terrenal acorralara a la inmunda alimaña que había segado dos jóvenes vidas.

Y Amadeo se fue tranquilo, con la idea de tomar caminatas todos los días, y cuidar más su dieta: nunca se sabe cuándo la vida pueda depararle a uno una aventura…

Así que la brújula está ahora en los estantes de mi colección. Cuando vibra, estoy muy atento, porque sé que puede ser el anuncio de alguna persona desvalida buscando ayuda.

Los invito, mis amigos, a llegarse por La Morgue, y a prestar mucha atención a las señales que nos anuncian que alguien está siendo víctima de violencia o abuso.

Amadeo no pudo prestar su mano a tiempo, pero quizá nosotros tengamos esa oportunidad. No lo ignoremos nunca, porque seremos cómplices…

¡Buena semana!

Edgard, el coleccionista

@NMarmor



Entradas destacadas