• Edgar, el coleccionista

La ambulancia embrujada



Hola, mis queridos amigos.


Hoy, para variar, les voy a contar sobre una persona viva.


Tristán se acercó un día a la funeraria, muy afligido por su situación. Estaba en libertad condicional, y su supervisor le pedía que consiguiera un trabajo. Fue muy honesto conmigo.


Me confesó que nadie lo empleaba, más por su aspecto, que por sus antecedentes penales. Estaba desesperado. Yo era su última alternativa. Había caído preso por pequeñas raterías. Nunca conseguía empleo.


Percibí en él una energía positiva muy especial. Creo que nadie coincidiría conmigo, al verlo. El pobre hombre, delgado hasta los huesos, era contrahecho. Sufría una notoria renguera.


Además de una cara deforme, con los ojos desalineados, de color verde agua, casi transparente, que inquietaban a la gente. Me contó que era alcohólico y que estaba en rehabilitación, además.


Sin dudarlo, no sólo le ofrecí contratarlo como ayudante, sino también, un cuarto en el fondo de la funeraria para que no tuviera que seguir pagando la pensión donde paraba. Aceptó, conmovido y agradecido de que alguien, por primera vez en su vida, le diera un voto de confianza.


Comenzó conduciendo la ambulancia donde trasladábamos los cuerpos, sin inconvenientes. Un día, se demoró mucho más de lo previsible. Empecé a dudar de poder cumplir con los plazos de tiempo del servicio si no llegaba pronto. Sospeché de algún accidente, y me afligí.


Cuando estaba a punto de dar parte a la policía, apareció Tristán, lívido y tembloroso.


¡Hombre! ¿Estás bien? ¡Me tenías muy preocupado!


Es que, mire, don Edgard, tenemos que hablar.

¿No habrás estado bebiendo?


Para nada, aunque confieso, que ganas no me han faltado.


Mira, Tristán. Hacemos una cosa. Terminamos de oficiar este velatorio, y luego hablamos largo y tendido. Lo que sea que te ocurra, seguramente, tendrá una solución. Trae pronto el difunto, para prepararlo, que apenas voy a llegar a tiempo con los horarios pautados.


Vi que palideció aún más y, tragando saliva, fue a cumplir mi mandado con pinta de estar al borde del desmayo. Empecé a sospechar el motivo de su malestar. Cuando terminó el velatorio me encontré con él en mi oficina.


Estaba muy demacrado. Le serví un café bien cargado, y mientras bebía con manos temblorosas, comenzó a contarme:


Don Edgard, yo estoy muy agradecido con usted. Se ha portado tan bien, conmigo, pero tengo un problema. Desde que estoy cerca suyo, veo cosas muy raras. Más de lo habitual. Siempre pensé que estaba un poco loco, y por eso, sumado a mi aspecto, empecé a beber, y, ya sabe. Caí muy bajo. Cuando estaba borracho, jamás veía nada extraño. Y lo de hoy, señor Edgard, superó todo lo extraño que yo pueda soportar sin perder la chaveta. Cuando venía de camino del hospital, fuera del pueblo, empezó a funcionar mal la ambulancia. Se paraba, quedando muerto el encendido. Como conozco algo de vehículos, sabía que no había ningún motivo lógico en el fallo. De la nada, conseguí darle arranque. Pese a que el día es templado, dentro de la ambulancia descendió la temperatura de golpe. Empecé a tiritar. Sentí que no estaba solo. Cuando miré el retrovisor interno, casi me muero del susto. Tuve que frenar de golpe. Un grupo de demonios espantosos me miraban con odio, sentados sobre la camilla del cuerpo. Créame, Don Edgard. Eso no fue lo peor. Cuando miro a mi costado, veo sentado al lado mío a un engendro espantoso. Fíjese que, al lado de él, yo soy un galán de cine. Era un ser con toda la piel cubierta de gusanos, con los globos oculares salidos de las órbitas, que me mostraba una lengua negra, partida en dos como las víboras, pero larguísima. Cuando anteriormente veía rarezas, cerraba con fuerza los ojos, hasta que conseguía algo para tomar, y desaparecían. Hice lo mismo esta vez, pero no se fueron. Casi me hago encima. Mi primer impulso fue salir corriendo, y alejarme de esos espantos, pero no era justo portarme así con usted. Así que hice algo que me enseñó mi madre, cuando niño: me puse a rezar como un poseso todas las oraciones del devocionario, una y otra vez, los ojos fijos en la ruta. Seguía sintiendo las presencias horrendas a mi alrededor, pero recitar las plegarias me hacía sentir protegido, aunque estuviera medio desmayado del terror. Cuando llegué, a duras penas, y usted me dijo que volviera a la ambulancia, creí que me iba a caer redondo. Pero, con mis rezos, lo logré, Don Edgard. Lo peor de todo, es que sé que no me va a creer, como me pasó toda la vida, cuando se lo contaba a los demás…


Te equivocas, Tristán. No solamente te creo. Te voy a pedir que me acompañes al vehículo, y solucionaremos juntos el problema.


¡Ay, no! ¿Es necesario? No quisiera ver ni de lejos esa ambulancia maldita.


Confía en mí. No te va a pasar nada.


El hombre se persignó, y me acompañó, rengueando. Abrí la puerta trasera, y tal como dijo mi buen ayudante, unos horrendos demonios me recibieron con unas muecas repulsivas. Yo percibí la verdad de la visión, y para sorpresa de Tristán, sonreí.


¡Oigan, ustedes! ¿No les da vergüenza andar asustando a la gente? Pese al disfraz de ultratumba que llevan, los conozco. Oficié sus velorios. Sé que han sido buena gente en vida. Bueno, no todos, pero no soy quién para juzgar. Siento el desconcierto que tienen. Los sorprendió la muerte de golpe, y tienen temor de cruzar al más allá. Créanme. Van a un lugar hermoso, lleno de luz, y de perdón para aquellos que no están con su conciencia tranquila. Ya no teman en marcharse.


Los supuestos demonios mostraron su verdadera imagen espectral, develando a vecinos del pueblo recientemente fallecidos, con cara de tristeza y arrepentimiento.


Para que vean que existe la bondad, Tristán rezará para ustedes sin rencores, y yo lo acompañaré en sus plegarias.


Tristán tomó la mano que le extendí, y con expresión solemne, comenzó la recitación, a coro conmigo. Nuestras voces comenzaron a resonar con una vibración muy especial, que nos repercutía en el pecho.


Una brisa cálida se arremolinó a nuestro alrededor y, en los árboles cercanos, los pájaros emprendieron vuelo pese a lo avanzado de la noche. Y cantaban, como si fuera el alba.


Los espectros relajaron sus facciones en sonrisas aliviadas y empezaron a desvanecerse en una mansa luminosidad, dejando una nívea pluma sedosa en el lugar donde se había presentado cada uno. Las recogí.


Esplendían energía positiva de transmutación. Habíamos "exorcizado" a la ambulancia. Y tenía varias piezas de recuerdo. Tristán me siguió nuevamente hasta la oficina, con desconcierto y satisfacción. Serví nuevamente café.


No puedo creer lo que pasó, Don Edgard.


Créelo, Tristán. Nunca estuviste loco. Tienes un don. El mismo que poseo yo. Por algo el destino te trajo hasta mi puerta. Ya no debes temer. Te ayudaré a interpretar las "cosas raras" que ves, y tú me ayudarás a mí con esas cuestiones, para las cuales, siempre he estado solo. Te enseñaré mi colección, y te contaré cada una de las vivencias que encierra.


Tristán me abrazó, con los ojos llenos de lágrimas. Por primera vez en su vida, no se sentía un fenómeno circense.


Eso es lo que vale darle un voto de confianza a un ser humano: la posibilidad de quitarle innumerables cargas de encima y una nueva oportunidad de creer en las bondades de la vida.


Los invito a La Morgue, para contarles todas las historias que esconden los muertos. Y algunos vivos. Los espero, mis amigos. Como siempre.


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