LA ÚLTIMA MELODÍA DE AMOR

Mi amada Aurora me trajo a una chica con una larga historia para contar.

Malena, tenía un rostro hermoso y triste. Muy triste.

--Señor Edgard, le contaré mi caso a riesgo de ir presa. Ya no aguanto más la aflicción con la que cargo. Aurora me dijo que usted me podría ayudar…

--Hable tranquila, por favor.

--Hace un año conocí a Adolfo. Nos enamoramos al cruzar nuestras miradas.

Siempre fue un perfecto caballero.

Cuando le consulté sobre sus actividades, me contó que vivía de la renta que le daba su buen desempeño en la bolsa de valores, y que se dedicaba a pintar.

Tenía una extraña colección de obras: mujeres maduras, desnudas, sin rostro. Así eran todas sus pinturas.

Cuando le pregunté sobre la ausencia de facciones, en contraste con el gran detalle que ponía en los trazos de los cuerpos, me explicaba que así conservaba el misterio de la femineidad en su momento de mayor esplendor.

A mí me parecían inquietantes, pero él parecía feliz con sus trabajos, así que no opiné, y disfruté de su compañía. Me daba el suficiente espacio para desarrollar mi labor profesional, me apoyaba económicamente, y me acompañaba sin invadirme. Era la relación perfecta.

Compró una casa para que viviéramos juntos. Me dio un montón de dinero para que la decorara a mi gusto. Sería ama y señora del hogar, con una pequeña condición: el cuarto más iluminado se lo quedaría él, para pintar, y chequear por la computadora sus inversiones. Sería su lugar privado e individual.

Me pareció lógico y aceptable.

Nos mudamos y disfrutamos una vida de pareja perfecta.

Solo había algo que me confundía. Cada vez que intentaba hablar de su pasado, de su familia, él se ponía incómodo, y me decía que prefería dejar recuerdos desagradables de lado. Ahora era feliz y pleno, conmigo, y eso era todo lo relevante de su vida.

Terminé aceptando su punto de vista: confiaba que con el tiempo pudiera abrirse, y compartir su dolor.

Yo, en cambio, le conté que mi madre había muerto en un hotel, en el baño, posiblemente por un resbalón que la hizo caer en la ducha. Por ese entonces, estábamos distanciadas: yo no aceptaba que se hubiera divorciado de mi papá.

Suponía que tenía un amante, y que él se llevó todo su dinero y propiedades. Hasta un investigador privado concluyó en decirme que la persona que se había quedado con sus bienes había obrado como un fantasma, sin dejar rastros financieros de la transacción, ni evidencia de delito o estafa.

Él me consolaba, diciéndome que debía recordar los buenos momentos con mi mamá, y dejar de lado las cosas que me incomodaron. Y que se sentía agradecido a esa mujer desconocida por haberme traído al mundo y brindarle el amor de su vida.

Entonces yo me sentía feliz y apoyada, y seguía nuestra rutina de cuento de hadas.

Un día, observando sus pinturas, vi que una de las anónimas mujeres plasmadas tenía en el muslo la misma marca de nacimiento en forma de estrella que mi mamá.

También noté que el cabello llevaba el peinado que ella usaba habitualmente.

No quería preguntarle a Adolfo a respecto. Algo en mi interior me llevó a guardar silencio.

Íbamos generalmente una vez al mes a aprovisionarnos en los grandes mercados de la ciudad, y adquirir algún capricho que se nos ocurriera.

Me excusé de acompañarlo en esa ocasión con la molestia de un cólico muy intenso, rogándole que me trajera un calmante al volver, y dándole una larga lista de cosas que necesitaba.

Me preguntó, afligido, si no quería que se quedara conmigo, y pospusiéramos la compra. Le pedí que por favor se fuera sin mí, que aprovecharía para descansar.

No bien se marchó, entré a la habitación que era su reducto. Estaba con llave, pero yo había guardado una copia de todas las llaves cuando adquirimos la casa.

Intenté ingresar a su ordenador, pero tenía clave, y ninguna de las que probé funcionó.

Frustrada, busqué en un archivero, lleno de carpetas con aburridos datos de fluctuaciones bursátiles. Al reacomodarlas como estaban, sentí un sonido hueco en el cajón, y descubrí una serie de cuadernos numerados, en un doble fondo que se deslizaba con la base, que era la tapa del escondite.

Fascinada, me adentré en la vida oculta de mi pareja. No se llamaba como me había dicho, ni tenía estudios de negocios como yo creía.

Se había criado en un orfanato, abandonado en su primera infancia por su madre, que, instada por un amante, prefirió desprenderse de su hijo antes que perder la oportunidad de mejorar su propia vida.

Comenzó a albergar un amargo resentimiento por las mujeres.

Era rebelde y agresivo.

Huyó de la institución siendo adolescente, menor de edad, luego de seducir a una funcionaria madura, a la que despojó de todo su dinero, y dejó muerta de un golpe en la cabeza, en una oficina en desuso.

Se llevó con él su expediente, y mucha documentación, con la que se fraguó identidades falsas.

Valiéndose de su gran atractivo, se dedicó a cortejar mujeres mayores adineradas, y con su astucia conseguía saquearles sus bienes. Tenía un fichero de cada una de ellas, con el detalle de las pertenencias robadas, fotos, detalles de la relación, identidad fraguada usada, y la forma de ultimarlas.

Ese aspecto de la narración me puso los pelos de punta.

Con toda la frialdad del mundo, las invitaba a una noche de amor en un hotel, y cuando entraban a la ducha, les golpeaba la cabeza, rompiendo algún punto de apoyo o manija del cuarto, haciendo parecer que las mujeres habían resbalado, y caído al no conseguir frenar el golpe por el asidero deficiente.

Todos los crímenes quedaron catalogados como muertes accidentales, ya que no había ningún indicio de violencia o robo en el lugar.

Cuando descubría que las víctimas habían sido despojadas con anterioridad de sus bienes, era imposible rastrear el paradero del misterioso acompañante, en cada caso aislado. Y si alguien hubiese atado cabos, el joven amante que se veía borrosamente en las cámaras de los hoteles tenía aspectos diferentes: rubio, moreno, pelo largo, rapado, lentes oscuros, capuchas, etc.

Realmente había aprendido sobre finanzas, ya que trasladaba hábilmente los bienes robados a una cuenta en el exterior, que efectivamente usaba para invertir en la bolsa, pero era una sociedad anónima cuyo rastro era prácticamente imposible de seguir.

Con el estómago revuelto llegué a la ficha donde estaba la foto de mi madre.

La describía como a una mujer emocionalmente frágil, atractiva, de baja autoestima. Incluía una foto de ella, y un resumen de los bienes con los que contaba tras su divorcio.

Y, por supuesto, el relato del golpe en la cabeza en un hotel de mala muerte. En este caso, mamá no murió con el salvaje ataque, por lo que tuvo que sostener su cabeza y asfixiarla obstruyendo sus vías respiratorias. No entiendo cómo es que nadie chequeó eso al encontrar su cadáver desnudo en la ducha…

Luego, entre otras horripilancias, contaba que disfrutaba pintando a sus víctimas, con su memoria fotográfica, y que las plasmaba sin rostro porque para él no eran personas: eran clones malvados de su madre, que dejaban todo a cambio de un amante que las complaciera. No consideraba lo que hacía una mala acción, sino una especie de justicia, equilibrando así su balanza, el dolor del abandono, y una manera de aplacar el odio de esperar todos los años de su infancia que su mamá volviera a buscarlo.

Luego de avanzar en la espantosa lectura, llegué al punto en que yo aparecí en su vida. Me describía como a un ángel de la redención, y proclamaba que yo era el premio que la vida le había brindado después de tanto sufrimiento.

Con sumo cuidado, acomodé todo como estaba antes de mi incursión a su reducto.

Amparada por la excusa de seguir dolorida, no me levanté de la cama al regresar él de la ciudad. Creo que tenía, incluso, un poco de fiebre.

Muy solícito, Adolfo, o como se llamara, me trajo un calmante, que me tomé sin protestar.

Mientras él acomodaba la mercadería que había traído de la ciudad, en mi cuarto apareció una luz verdosa, y para mi absoluto horror, una horda de mujeres mayores desnudas, con el cráneo roto, se materializaron delante de mí, incluida mi madre, extendiendo los brazos putrefactos en un gesto de súplica agobiante. Reprimí un grito de terror. No me querían hacer daño. Buscaban justicia.

Temblando, choqueada, asentí y les prometí que las ayudaría.

Se esfumaron, pero yo las sentía muy cerca de mí, observando mis movimientos con sus ojos agusanados.

En el silencio de la noche, escuché cuando Adolfo llenó la bañera, y puso música.

Le gustaban los baños de inmersión, con una canción de fondo que los dos adorábamos, y decíamos que era nuestra. Estaba grabada en bucle, para disfrutarla por un largo rato.

Me acerqué al baño sigilosamente, y cuando supe que ya estaba en la tina, abrí suavemente la puerta.

--¡Hola, mi vida! Se te ve demacrada… Quizá deberías acostarte nuevamente. O podríamos compartir la bañera, a ver si mejora tu cólico.

--Nuestro tema está sonando…

--Sí. Lo amo. Porque te representa…

Tomé el anticuado aparato enchufado, haciendo saltar un poco el CD, con un hipo musical.

--¿Qué haces, Malena?

--¿No crees que es peligroso tener un artefacto eléctrico tan cerca del agua? Podría ocurrir un accidente…

--No te aflijas. Soy muy cuidadoso. Puedes dejarlo allí donde estaba.

--Ocurren muchos accidentes en los baños. Sobre todo, en los baños de los hoteles. Hay tantas mujeres que se resbalan en la ducha, y se rompen la cabeza, como mi madre…

En ese momento, los espectros se materializaron en el recinto, y Adolfo se puso del color de la cera.

Aterrorizado, intentó salir de la tina, pero yo arrojé el reproductor de música al agua, y se electrocutó, convulsionando en una macabra danza, antes de que se cortara el suministro eléctrico por la sobrecarga.

En la oscuridad, los fantasmas, irradiaban una luz verdosa, y me permitieron ver el espantoso estado del cadáver de Adolfo. Ellas, por el contrario, adquirieron el aspecto que debían haber tenido antes de morir, sin las torturadas facciones del dolor de la injusticia que habían sufrido. Me acompañaron fuera del baño, y se esfumaron. La última en marcharse fue mi mamá. Sentí su amor, y sé que ella también percibió el mío.

Dentro del horror, fue un buen momento.

Denuncié lo ocurrido como un accidente. Expliqué la costumbre de mi pareja de bañarse con el artefacto eléctrico cerca, y las veces que le había pedido que no lo pusiera, pero él estaba muy aferrado a ese viejo cacharro, concluí llorando.

Nadie me puso en duda.

Usted, Edgard, si quiere, podría contar la verdad sobre su muerte, y yo terminaría presa.

El punto es que, si bien los espectros de las víctimas de Adolfo se marcharon, él no me deja. Lo siento todo el tiempo junto a mí.

Así que, además de venir a arreglar su despedida, aconsejada por Aurora, le pido por favor que aleje a ese ente de mi vida. Ya no soporto su mirada implorante y el olor a carne quemada, cable fundido, y su horrible aspecto. Hacen que me den ganas de matarme…

--Malena, tranquila. Oficiaremos el velatorio, y me encargaré de que el espíritu atormentador consiga la paz eterna. Y si no es merecedor de ella, al menos, se marchará de este plano para siempre.

--¡Muchas gracias! ¡Estoy volviéndome loca! He estado al filo del suicidio…. Por favor, tenga: es el CD con el tema que yo creía representaba nuestro amor. No quiero verlo nunca más…

Pude realizar tranquilamente el velatorio, y darle paz al asesino. Él entendió su culpa, y renunció al resentimiento y al apego enfermizo a Malena.

En cuanto al tema musical, es de una banda muy, muy conocida. Una canción icónica.

Estamos cerca del día de los enamorados, y estoy seguro de que muchos de ustedes se la dedicarán al amor de su vida, por eso no les voy a decir el nombre.

Por supuesto, si desean venir a visitarme, el CD está en los estantes de mi colección, y pongo la música cuando quieran.

Saben que los estoy esperando…


Edgard, el coleccionista

@NMarmor









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