• La Chica Llamada Cuervo

La última casa de la calle

Desde que era chica había soñado con vivir en la última casa de la calle, me imaginaba que viviendo ahí se resolvería todo, estaría lejos de mi familia y en un lugar tan grande nadie me podría encontrar. Claro, eso pensaba antes de saber que la gente puede caminar kilómetros con el propósito de lastimarte.


En fin, todos los días veía la casa y veía dentro de sus ventanas, se veía vacía pero había algo ahí que me llamaba.

Empecé a meterme al jardín de la casa a escondidas, se veía muy cuidado a pesar de que nadie viviera ahí, era como si la casa misma quisiera mantenerse de pie y lucir bien.

Me sentía en paz ahí, en silencio, pero siempre terminaba mi tiempo de estar sola y tenía que volver. Al irme sentía un suspiro detrás de mí pidiéndome que me quedara, pero no podía hacerlo, así que siempre me iba.


Poco a poco empecé a llevar plantas, flores, abono, todo para cuidar el jardín, se iba haciendo más grande al rededor de mí, sentía cómo la casa me lo agradecía, inclusive escuchaba el seguro de la puerta abrirse para invitarme a entrar, pero temía entrar y romper la ilusión.


En uno de mis viajes a cuidar el jardín me encontré a alguien observando la casa, me avergoncé enormemente al creer que él era el dueño de la casa y que me vería metiéndome a escondidas. Él se rio al ver las flores que llevaba, pero me explicó que lo habían contratado para cuidar el lugar. Me invitó a entrar, dentro, no sólo al jardín.

La casa era muy grande por dentro, muchas escaleras y puertas escondidas, pero casi no había muebles. Imaginé dentro de mi cabeza cómo decoraría todo, cómo la haría mía.

Él me contó que nunca nadie se muda a la casa por más de tres meses, esa es la fecha máxima, yo exclamé que si yo pudiera me quedaría ahí por siempre, el hombre sólo sonrió.



Empezó a oscurecer y tenía que volver, iba de vuelta a una casa que parecía una caja de cartón y rodeada de gente que no me agrada, siempre me ha dado pena decir que quería deshacerme de mi familia, "mudarme", eso sonaba más sutil. Así que en la puerta de la casa, mientras él sostenía mi mano pidiendo que yo no me fuera, le confesé ese secreto.

El hombre me miró tan fijamente que sentí cómo todo el mundo a mi alrededor se hacía más estrecho y me preguntó qué tanto estaba dispuesta a dar por no tener que volver. Solté su mano y me fui.

El camino a mi casa fue confuso, entre más me alejaba de la casa más se llenaba de niebla la calle y los árboles parecían cubrir todo el cielo. Había olvidado cómo llegar. Di vueltas pero siempre volvía a la misma calle y a ver de frente la casa. Estaba convencida de que había enloquecido, así que me senté en una banqueta y comencé a llorar.

Tenía que haber una forma de volver, sólo tenía que concentrarme, recordar, pero tenía la impresión de que había otra cosa que tenía que recordar, había algo que estaba olvidando.


Caminé de regreso a la casa, al parecer sólo sabía ese camino. Mientras caminaba me empezó a doler la cabeza y comencé a sentirme cansada. Mis zapatos lucían como si hubiera caminado kilómetros, estaban llenos de lodo y mis manos estaban sucias, pero sólo había salido a la calle. Me acerqué a la casa, todo estaba oscuro, sólo alcanzaba a ver la luz parpadeando en la puerta principal. Me sentía segura ahí, entré y subí a las habitaciones.


Recorrí el camino a oscuras como si yo ya viviera ahí, encontré una recámara con una cama y dormí ahí.

Al despertar, todas las ventanas tenían las cortinas abiertas y se podía oler el café recién hecho en la cocina ¿La casa me estaba dando la bienvenida? Opté por pensar que sí, y bajé. La cocina estaba vacía, no había muebles ni cafetera, pero el olor a desayuno llenaba el lugar.

No entendí, así que salí al jardín, sólo ahí todo tenía sentido.

Me recosté en el pasto tratando de recordar cómo llegué ahí por primera vez, pero había olvidado el camino, olvidé el rostro de mi familia, sólo sabía que había gente esperándome, pero no podía recordar quiénes eran.


Convencida de que tenía que volver a mi verdadero hogar, me levanté y caminé hacia la puerta principal, pero al momento de poner mi mano en la manija escuché que alguien tocaba el piano. Giré pero no había nadie, estaba sola en toda la casa pero la música seguía sonando.

Desesperada abrí la puerta y me aventé a salir de ahí, sin embargo choqué contra el cuerpo de un hombre, era él, quien cuidaba la casa. Me sonreía pacíficamente. Lo empujé para salir de ahí, pero él me llevó de vuelta adentro.

Caminamos y poco a poco se difuminó el sonido del piano.


-¿Qué está pasando? - pregunté

-¿No me recuerdas?


De nuevo mis pies estaban llenos de lodo, mis manos sucias y las de él manchadas de sangre. Fue entonces cuando recordé. Supe que había corrido kilómetros por el bosque cuando él me encontró ahí dentro, él me explicó que trató de explicarme que no iba a hacerme daño, pero yo seguí corriendo. Me contó cómo cuando tropecé él trató de rescatarme, pero era muy tarde, vio en mí esa expresión de terror y la sangre no se detenía así que golpeó mi cabeza contra una roca y dio fin a todo. Durante días antes él me había estado observando, sabía cuánto me gustaba el jardín, así que decidió que ahí era donde iba a enterrar mis restos.


Fuimos juntos al jardín, puse flores de nuevo sobre mi tumba, con mis manos sostuve mi cadáver que estaba sirviendo de abono y volví a estar en paz.


Él dice que van varias veces que me encuentra merodeando fuera de la casa, perdida en la calle, preguntando cómo volver; entonces es cuando él me lleva de vuelta adentro y me vuelve a contar la misma historia.

En ocasiones no es él quien me encuentra, por lo que ahora los vecinos saben que si me ven deben de dirigirme de vuelta al jardín, sólo ahí recordaré todo, aunque sea por un momento.




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