• Edgar, el coleccionista

Lágrimas de fuego



Hola, queridos amigos. Quiero contarles una historia de un penar muy especial.


La señora Dalma vino a arreglar la ceremonia funeraria de Torcuato, su esposo, agotada por haberlo cuidado durante meses durante su enfermedad terminal. Había en el temblor de su voz y sus manos algo más que cansancio y tristeza.


Le pregunté con sutileza el motivo de su inquietud. Mi don emerge sin que lo busque, instando a las personas a abrirse, y hablar de sus aflicciones con franqueza.


Señor Edgard: estoy muy asustada. Desde hace mucho tiempo. Y es la primera vez que menciono el asunto. Siempre percibí, en mí madurez, que cada vez que tenía intimidad con mi marido, alguien me observaba con odio. Es inexplicable.


"En más de una ocasión, sentía una quemadura en distintos lugares del cuerpo. En principio, trataba de minimizar el asunto, diciéndome que eran ideas mías, pero las marcas en mi piel contradecían mis intentos de obviar el fenómeno. Cuando Torcuato enfermó, se hicieron más frecuente las agresiones. Tengo cicatrices que lo demuestran.


"Pero lo más terrible fue anoche, cuando falleció mi esposo. Al acercarme para besar sus labios, todavía tibios, y despedirme, apareció una horrenda mujer carbonizada, mostrándome los dientes, como un perro a punto de morder. De sus ojos siniestros, corrían lágrimas de fuego, que saltaban sobre mi persona. ¡De allí venían los ataques que siempre me mortificaban!


"Aterrada, le grité que se fuera. Y lo hizo. Pero antes, hizo caer una de sus lágrimas sobre mí, y prendieron fuego la manga de mi vestido.


"Lo apagué rápidamente. Ahora, señor Edgard, temo que esa abominación, que intentó siempre separarme de mi esposo, me calcine viva. Sé que es una locura lo que le estoy contando.


No, Dalma. No lo es. Déjeme averiguar a respecto. Le prometo encontrar alguna salida. ¿Me permitiría usted tocar una de sus heridas?


Sin dudar un instante, me extendió el brazo, donde la marca de una fea quemadura iba sanando. La rocé con suavidad, cerrando los ojos. Me invadieron imágenes terribles, que me conectaron con la naturaleza de lo que había atacado a Dalma.


Señora, le agradezco su confianza. Creo saber cómo intentar solucionar esto. Puede descansar tranquila. Haré todo lo posible para que no vuelva a torturarla ese ser.


Muchas gracias, Edgard. Estoy realmente agotada. Física y mentalmente.


Cuando se retiró, llamé a Tristán, mi ayudante, y le relaté lo ocurrido. Atento a mis instrucciones, nos tomamos las manos, e invocamos a Tiara. Porque así se llamaba quien alguna vez había habitado el mundo de los vivos, y que ahora era un ente siniestro. Elevé un pedido para que se presentara ante nosotros. Sentí la energía de Tristán respaldando mi mandato, ya que Tiara no quería venir voluntariamente.


Finalmente, apareció. Un asqueroso olor a carne podrida quemada acompañó su llegada. Era una imagen de pesadilla: el espectro de una mujer carbonizada, con sus desorbitados ojos sin párpados manando lágrimas de fuego.


Tiara, escúchame: debes perdonar, y perdonarte. Créeme que es el único camino para que tu alma descanse en paz. Cometiste el error de creer en las promesas de un hombre que no te merecía. Te puedo jurar que Dalma no tiene la culpa del desamor de Torcuato. El incendio que provocaste para vengarte de ellos, te atrapó a ti, y pereciste de un modo espantoso. Torcuato no te dejó por Dalma. En realidad, nunca te quiso. Él también se equivocó. Se tentó con tu belleza, y se valió de su posición para usarte. Jamás su mujer supo de ti. Te invito, Tiara, a dejar atrás el dolor que te atraviesa desde hace tantos años, y encontrar el descanso celestial.


Pese a que nos enseñó, amenazante, sus dientes, tal como Dalma contó, con Tristán la sorprendimos envolviéndola en un abrazo, vibrando de amor para aplacar su ira, a riesgo de que nos quemara vivos.


Pese a su inicial resistencia, empezó a llenarse con el sentimiento que desesperadamente tratábamos de transferirle. Dejamos de sentir el hedor nauseabundo. El horrendo espectro chamuscado transmutó en una jovencita de etérea belleza. Soltamos el abrazo. Ella comenzó a llorar. Esta vez, sus lágrimas, aunque se deslizaban con apariencia ígnea, eran de alivio.


Cuando cayeron al piso, se cristalizaron. Cruzó los brazos sobre su pecho y sonrió tímidamente. Con una expresión de calma inefable se despidió y estalló en gotas de fuego líquido, que se solidificaron al caer.


Había conseguido soltar la agónica tristeza y furia que ató su alma a este mundo por demasiado tiempo, haciendo foco de su odio a Dalma, como la causante de su desgracia. Juntamos con Tristán las "lágrimas de fuego" que cubrían el piso. Eran bellas piedras rojas, iridiscentes, que hoy forman parte de mi colección.


El amor es una de las fuerzas más poderosas de este universo. Sólo conjurándolo, puede haber sanación. Les dejo un consejo, mis amigos: jamás jueguen con los sentimientos ajenos. Son un tesoro a cuidar y valorar.


Los espero, como siempre, en La Morgue, para contarles todas las historias de mi colección.

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