Humedad

Fernanda le temía al agua.

Había mencionado en repetidas ocasiones que nunca había querido aprender a nadar, se imaginaba que una alberca podía ser una tumba, que al abrir los ojos debajo del agua, toda esta entraría dentro de su cuerpo y la ahogaría en ese momento.


Logró pasar gran parte de su vida sin entrar a una alberca, sólo a veces metía los pies pero no dejaba que nada más de su cuerpo se sumergiera ahí, pero desde afuera podría ver a todos los demás nadar con todo su cuerpo dentro del agua. Quería gritarles, advertirles que estar ahí sólo los llevaría a la muerte, pero no lo hacía, sólo los veía fijamente intentando entender por qué disfrutaban esa sensación.


La vida pasaba y Fernanda se mantenía lejos de cualquier contacto con el agua, inclusive la lluvia la alteraba, así que siempre cargaba con un impermeable amarillo para evitar sentir las gotas sobre su piel; sin embargo una noche que iba de regreso a casa, cayó una tormenta tan grande que atravesó su impermeable.

Debajo de él usaba un suéter grueso, siempre usaba ropa extra por alguna emergencia como esta, sin embargo la lluvia era tan intensa que no podía detenerla, seguía cayendo sobre ella.


Corrió, pero el agua formaba un río sobre el pavimento y no podía dar pasos firmes, sentía cómo sus botas de hule se resbalaban. El cemento se volvía suave y no la dejaba avanzar.

Su ropa pesaba mucho ya que estaba completamente mojada, pero no quería dejarla, eso significaría sentir la lluvia con su piel, así que siguió avanzando, pero con cada paso que daba sentía cómo su cuerpo no la ayudaba, parecía que de hecho se estaba haciendo más débil y más pequeña, era como si todo su ser se disminuyera al contacto del agua.

Pero no gritó, sabía que abrir la boca significaba dejar que la lluvia entrara en ella así que aunque el pánico la invadía, continuó caminando en silencio.


Tras dos pasos, sus piernas se rindieron y se dejó llevar. Cayó sobre un charco, que la absorbió y la llevó por el río.

El agua entraba por sus orejas, su nariz, sus ojos, todo ella estaba inmensa de humedad, y seguía viajando por el agua. Llegó una ola que la cubrió por completo y fue así como el agua llegó a sus pulmones. Fernanda se impulsó, trató de salir por aire pero era demasiado tarde.

Sus brazos pelearon contra el agua, inclusive abrió los ojos para tratar de encontrar un camino, pero la chica fue llevada como una muñeca de trapo hasta una alcantarilla.

Ahí, en el fondo del agua que la sumergía, al final sintió paz, era su cerebro desconectándose, dejándola ir sin dolor.


Cuando el cuerpo de Fernanda llegó a la Morgue seguía pesado por el agua que absorbió, tras unos días en el sol, volvió a su normalidad. Ahora ella juega en la tierra y siempre la mantenemos lejos en los días nublados.




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